Jesús resucitado se aparece a María

¡Viva Jesús Sacramentado!
¡Viva y de todos sea amado!

¡Viva María Santísima! ¡Viva!

Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Hace muchos años, leí la meditación de la aparición de Jesús a la Santísima Virgen del Padre Granada. Tomé unos apuntes que ahora aprovechamos. En los Ejercicios Espirituales, San Ignacio de Loyola dice: “Primero, apareció a la Virgen María lo cual aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho diciendo que apareció a tantos otros, porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: (¿También vosotros estáis sin entendimiento?) San Ignacio amaba firmísima y tiernamente a la Virgen María, Madre de Dios.

Jesús amaba a su Madre con amor infinito. Si, pues, Jesús se apareció para consolar a los amigos ¿Cómo no iba a consolar antes y más cumplidamente a su Madre? El amor a su Madre hizo que Jesús acelerará tanto el instante de su resurrección que apenas pudiera decirse que quedaban cumplidas las profecías, cuando casi era de noche, en la madrugada del domingo, se alzó glorioso del sepulcro.

Nadie como la Santísima Virgen se había asociado a los dolores de la Pasión de Cristo era justo en consecuencia que ella fuera la primera en contemplar la victoria de su Hijo.

Terminada la sepultura de Jesús, María baja del Calvario, quizás con la corona en sus manos, y con San Juan y las piadosas mujeres se retira a Cenáculo.

¡Qué lentas pasaron aquellas horas desde la tarde del viernes al amanecer del domingo! En oración altísima, llena de dolor, recordaba las escenas que había presenciado, las palabras últimas de su Hijo, la agonía ¡Le veía muerto en la cruz primero y después en sus brazos!

Pero llena de esperanzas recordaba las palabras del mismo Salvador anunciando su resurrección al tercer día. Pasó el sábado, y alboreaba  la mañana del domingo, cuando, inundando su habitación de torrentes de luz gloriosa, se presentó su Hijo delante de ella. Como resplandeció en los ojos de la Madre aquel rostro lleno de gracia. Ver el cuerpo del Hijo resucitado y glorioso mirando los ojos divinos de su Hijo resucitado la Virgen queda extasiada.

Las aberturas de las llagas, que eran para la Madre cuchillos de dolor, ahora las ve convertidas en fuentes de amor. Al que vio sufrir entre ladrones, ahora lo ve feliz acompañado de ángeles y santos. Al que le recomendaba desde la cruz al discípulo, ve como ahora extiende sus brazos amorosos y le dice: “mamaíca mía”.

Al que tuvo muerto en sus brazos, ahora lo ve resucitado ante sus ojos. La Virgen lo besa y lo abraza, enmudecida de alegría no puede hablarle. María no se cansa de mirarle, recreando su espíritu en aquella hermosura glorificada. La cabeza que en la cruz estaba tan fatigada y hundida en el pecho, ahora se alza con majestad y gracia. El cabello, enredado, lleno de sangre, ahora está ordenado y peinado, enmarca su rostro de hermosura incomparable. Su frente sombreada de espinas, ahora resplandece limpia y hermosa bañada por el sol de la Divina claridad. Los ojos eclipsados por la muerte, brillan ahora y lucen como el Cielo, rebosantes de dicha y felicidad.

Sus manos taladradas por los clavos, caídas y sin vida al pie de la Cruz, ahora radiantes de celestial belleza las tiene cogidas y enlazadas con las de su Madre, tierna y amorosamente.

Sólo ha quedado una señal de los tormentos pasados ¡las cinco llagas! Pero con  color de púrpura resplandecen a manera de rosas en sus manos y pies, y de encendido rubí en el costado.

Los santos y los ángeles estaban embobados contemplando la hermosura de la Virgen Santísima. ¿Estaría allí San José? ¿No sería uno de aquellos santos cuyos cuerpos resucitaron? ¡Cómo se gozarían los Santos Esposos con su Hijo! ¡Regina caeli laetare! ¡Alégrate Reina del Cielo!

Y nosotros aprendamos el camino de llegar al triunfo animándonos a cualquier sacrificio en vista del premio eterno que nos merece.

(Romanos 8:18): “Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros”.

¡Cristo ha resucitado!

¡Cristo está vivo en el sagrario!

¡Cristo vive con nosotros!