Mons. D. José Guerra Campos - Domingo de Ramos

¡Viva Jesús Sacramentado!
¡Viva y de todos sea amado!

¡Viva María Santísima! ¡Viva!

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Porque Dios es el que llama a todos a la fe y sólo Él sabe quiénes responden con fe más pura, por eso los pastores tutelan las expresiones legítimas de la fe contra ciertos despotismos ilustrados. Ocurre, por ejemplo, que en nombre de la liturgia se pretenden excluir ciertas formas de devoción popular recomendadas por la Iglesia. A veces el desprecio se extiende a toda forma de culto, y se trata de justificarlo con apelaciones equívocas a objetivos muy buenos: como cuando Judas dijo que el obsequio de María de Betania a Jesús debiera haberse reservado para los pobres (7).

Deberíamos aprender de Jesús, precisamente cuando se enfrenta con un caso límite, dentro de su invectiva más dura contra los hipócritas; cuando recrimina a los fariseos porque cumplían, hasta en minucias, lo prescrito sobre los diezmos, mientras desatendían lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia, la buena fe. ¿Qué les aconsejará? Si nos fiáramos de algunos profetas de ahora, supondríamos que les diría: ¡Dejaos de diezmos, y practicad la justicia…! Jesús les dice que “hay que hacer lo uno, sin omitir lo otro” (8).

Ante todas las formas de confusión es saludable volverse a Jesucristo. Si creemos que Él, el mismo que murió y resucitó hace veinte siglos, vive con nosotros, a través de los tiempos, creemos también -como Él dice- que “el Cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (9).

He aquí otras palabras suyas: “Se levantarán muchos falsos profetas, que engañarán a muchos…; se enfriará la caridad de muchos; mas el que perseverare hasta el fin, ése será salvo” (10).

(29 de mayo de 1972).

Notas:

(7) Jn. 12, 3 ss.

(8) Mt. 23, 23; Lc. 11, 42.

(9) Mt. 24, 35.

(10) Mt. 24, 11-13.