Interrogatorio de Pilato a Jesús

Al anunciar el Jubileo del año 2000, San Juan Pablo II escribía: “Que la admiración por los mártires de todos los tiempos esté acompañada, en el corazón de los fieles, por el deseo de seguir su ejemplo, con la gracia de Dios, si así lo exigieran las circunstancias” (Incarnationis mysterium, 29 de noviembre de 1998). “También hoy creer en JESÚS, seguir a JESÚS… conlleva una opción por Él -decía el mismo Papa a los jóvenes de las Jornadas Mundiales de la Juventud de 2000- y, no pocas veces, es como un nuevo martirio: el martirio de quien, hoy como ayer, es llamado a ir contra corriente para seguir al divino Maestro, para seguir al Cordero a dondequiera que vaya (Ap 14, 4)… Quizás a vosotros no se os pedirá la sangre, pero sí ciertamente la fidelidad a Cristo. Una fidelidad que se ha de vivir en las situaciones de cada día. Estoy pensando en los novios y su dificultad de vivir, en el mundo de hoy, la pureza antes del matrimonio. Pienso también en los matrimonios jóvenes y en las pruebas a las que se expone su compromiso de mutua fidelidad. Pienso, asimismo, en las relaciones entre amigos y en la tentación de deslealtad que puede darse entre ellos…” (19 de agosto de 2000).

¿Qué significa perder su vida a causa de JESÚS? –pregunta a su vez el Papa Francisco-. “Eso puede llegar de dos maneras –responde el Santo Padre-: explícitamente confesando la fe, o implícitamente defendiendo la verdad… ¡Cuántas personas rectas prefieren ir a contracorriente, con tal de no negar la voz de la conciencia, la voz de la verdad! A vosotros jóvenes os digo: Id a contracorriente y tened este orgullo de ir precisamente a contracorriente… ¡Cuántas personas pagan a caro precio el compromiso por la verdad! Una de ellas es san Juan Bautista. Juan murió a causa de la Verdad, cuando denunció el adulterio del rey Herodes y de Herodías” (13 de junio de 2013).

“La confrontación entre la posición de la Iglesia y la situación social y cultural actual -escribía San Juan Pablo II- muestra inmediatamente la urgencia de que precisamente sobre tal cuestión fundamental se desarrolle una intensa acción pastoral por parte de la Iglesia misma: “La cultura contemporánea ha perdido en gran parte este vínculo esencial entre Verdad-Bien-Libertad y, por tanto, volver a conducir al hombre a redescubrirlo es hoy una de las exigencias propias de la misión de la Iglesia, por la salvación del mundo. La pregunta de Pilato: ¿Qué es la verdad? (Jn 18, 38), emerge también hoy desde la triste perplejidad de un hombre que a menudo ya no sabe quién es, de dónde viene ni adónde va. Y así asistimos no pocas veces al pavoroso precipitarse de la persona humana en situaciones de autodestrucción progresiva. De prestar oído a ciertas voces, parece que no se debiera ya reconocer el carácter absoluto indestructible de ningún valor moral… el hombre ya no está convencido de que sólo en la verdad puede encontrar la salvación. La fuerza salvífica de la verdad es contestada y se confía sólo a la libertad, desarraigada de toda objetividad, la tarea de decidir autónomamente lo que es bueno y lo que es malo. Este relativismo se traduce, en el campo teológico, en desconfianza en la sabiduría de Dios, que guía al hombre con la ley moral. A lo que la ley moral prescribe se contraponen las llamadas situaciones concretas, no considerando ya, en definitiva, que la ley de Dios es siempre el único verdadero bien del hombre” (Encíclica Veritatis splendor, 6 de agosto de 1993, núm. 84).

A la inversa, “Cristo manifiesta, ante todo, que el reconocimiento honesto y abierto de la verdad es condición para la auténtica libertad: Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres (Jn 8, 32). Es la verdad la que hace libres ante el poder y da la fuerza del martirio. Al respecto dice JESÚS ante Pilato: Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad (Jn 18, 37). Así los verdaderos adoradores de Dios deben adorarlo en espíritu y en verdad (Jn 4, 23). En virtud de esta adoración llegan a ser libres. Su relación con la verdad y la adoración de Dios se manifiesta en JESUCRISTO como la raíz más profunda de la libertad” (Ibíd., núm. 87).