¡Viva Jesús Sacramentado!
¡Viva y de todos sea amado!
¡Viva María Santísima! ¡Viva!

09 jueves Abr 2020
Posted in Oraciones

09 jueves Abr 2020
Posted in P. Manuel Martínez Cano

Padre Manuel Martínez Cano mCR.
El cuerpo de Jesucristo quedó en el sepulcro unido a su divinidad. El alma unida a la divinidad bajó al seno de Abraham, lugar donde estaban retenidas las almas de los justos del Antiguo Testamento que habían muerto sin tener que satisfacer ninguna pena por sus pecados pero que no podían entrar en el Cielo hasta la muerte del Señor.
Los santos en el Limbo vivían en continuo anhelo de la llagada del Señor. Allí estaría Adán y Eva. Abel y los profetas. Cada uno traía alguna noticia. Simeón: «El Mesías ya está en la tierra; ha comenzado su obra redentora». San José, alma de singular hermosura. San Juan el Precursor, envuelto en rojo manto de sangre. Por fin vieron a Cristo, gozoso por ver el fruto de su Redención.
Pasaron las horas necesarias para que se cumplieran las Escrituras y las profecías, y llegó la resurrección. ¡Prisión, llagas, azotes, golpes, escarnios, cruz, lanzada…! ¡Varón de dolores! De pronto el alma de Jesús volvió a unirse con su cuerpo y a animarlo ¡Qué transformación más sorprendente! ¡Gloria!
(Mateo 28, 1-10): “Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del Cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: “Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo he anunciado”. Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos”.
De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “Alegraos”. Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: “No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.
El cuerpo resucitado de Jesucristo se revistió de las cuatro dotes sobrenaturales que, según el Apóstol San Pablo han de recibir los cuerpos de los resucitados de los bienaventurados, además de su perfección natural.
(1ª Corintios 15, 42): «Pues así es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción y resucita en incorrupción. Se siembra en vileza y se levanta en gloria. Se siembra en flaqueza y se levanta en poder. Se siembra cuerpo animal y se levanta en cuerpo espiritual”.
Hemos de procurar que estas dotes adornen nuestra resurrección espiritual. Seamos pues:
1º. Impasibles e inmortales. Que no volvamos a morir por el pecado mortal ni nos dejemos impresionar de los afectos desordenados que antes afectaban a nuestra alma, debilitándola y disponiéndola a la muerte eterna. El infierno.
2º. La claridad hemos de procurarla por el buen ejemplo, que ilumine a cuantos nos rodean y les ponga de manifiesto las virtudes de nuestra alma santificada.
3º. La agilidad, en la prontitud en responder a las inspiraciones de Dios, a las órdenes de la obediencia, a los dictados de la caridad y aún a las manifestaciones del gusto de nuestros hermanos.
4º. La sutileza en el vencer los obstáculos que a nuestro paso se oponen para alcanzar la santidad.
La resurrección fue el gran triunfo de Cristo:
1º. Triunfó de la muerte. Atroces tormentos, crucifixión, lanzada, embalsamiento, con 32,700 kg de una mixtura de mirra y óleos. Los mismos enemigos sellaron el sepulcro y lo custodiaron. (Lucas 24, 5): «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?». Con Cristo también nosotros vencemos la muerte.
2º. Triunfó de sus enemigos. Parecía que los vencedores fueron sus enemigos. Lo crucificaron. Pero al amanecer del domingo ¡Cristo resucitó! Con este Rey nada hemos de temer de los enemigos. Lo más que pueden hacer es matar el cuerpo, nunca nuestra alma.
3º. Triunfó de sus amigos. ¡No creían en Él! ¡No creían que había resucitado! y se llamaron con razón «Testigos de la resurrección».
08 miércoles Abr 2020
Posted in Artículos

Javier Travieso nació en Badajoz en 1952, entró en los misioneros claretianos, fue ordenado sacerdote en 1976, y después de estudiar en Roma llegó a Perú. En 2009 fue designado Obispo Auxiliar de Trujillo y en 2014 el Papa Francisco le nombró Obispo del Vicariato San José del Amazonas.
San José del Amazonas, en Perú, es un vicariato apostólico de unos 180.000 habitantes dispersos en poblados de los ríos Amazonas, Napo, Putumayo y Yavarí, de los que el 75% son católicos. No hay carreteras y todo el transporte se realiza por los ríos. Es terreno de extrema pobreza abandonado por el Estado durante décadas.
El vicariato mantiene doce parroquias, una leprosería, un hospital, 14 centros de salud, cuatro colegios, dos internados y dos centros para discapacitados. Todo se organiza entre 13 sacerdotes, colaborando con religiosas y catequistas que tienen que atender 700 centros de población muy dispersos.
08 miércoles Abr 2020
Posted in Miguicas

Padre Martínez m.C.R.
* Estamos más seguros que los niños que dicen: dos y dos son cuatro. Acaba el tiempo. Sigue la eternidad.
* Extraña mucho que no se predique sobre las apariciones de la Virgen María y sus mensajes para la salvación de las almas.
* La democracia moderna es una ilusión. Somos hombres libres para hacer el bien. No para matar a inocentes. Aborto.
* El «igualitarismo», niega la jerarquía (soldado-capitán; padre-hijo; albañil-arquitecto). Niega el orden. Es tiránico.
* El modernismo odia a Santo Tomás de Aquino porque enseñó la verdad para siempre. La verdad siempre es verdad. No cambia.
* «Rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad que la sigue. Demostremos que somos lo que creemos» (San Cipriano).
* Por el sacramento del Bautismo, Dios nos da la vida sobrenatural. Por el pecado mortal perdemos la vida sobrenatural. No participamos de la vida divina.
* Estamos viendo que el cuerpo muere. Los ojos no nos engañan. Estamos convencidos que el alma no muere. Es inmortal. Nos lo dice el entendimiento.
07 martes Abr 2020
Posted in Guerra Campos

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973
Cualquiera que fuere la causa, sería bueno que, al menos, los sacerdotes recordásemos la prevención de San Pablo a Timoteo, cuando le dejó en Éfeso con el encargo de requerir a algunos «que no enseñasen doctrinas extrañas ni se ocupasen en fábulas…, más a propósito para engendrar vanos problemas que para servir al designio de Dios fundado en la fe» (2).
Con San Pablo sintonizan las reiteradas advertencias del Concilio, del Papa y distintos episcopados, que podrían condensarse en esta confesión de un excelente teólogo francés: «Los sacerdotes no tenemos por misión predicar nuestras dudas, sino predicar la fe» (3).
En otros casos la ambigüedad es intencionada: para dar curso en la Iglesia, al amparo de una significación admisible, a otra que -según repiten en lecciones y escritos- constituye «un nuevo modo de entender la fe». Se dirá, por ejemplo, que «la fe es vida» -lo cual es muy cierto-; pero se dirá para significar una creación espontánea del creyente, desligada de la verdad transmitida por la Iglesia; se hablará de «desmitificar la fe» -lo que sería tolerable, si por mito se entendiesen las adherencias extrañas que pueda haber en algunas personas–; pero es para vaciar la fe de los hechos sobrenaturales (Encarnación, Resurrección, etc.), que son su misma entraña (4).
Notas:
(2) 1ª Tim. 1, 3-4. Las palabras del apóstol nos ponen delante el empeño actual de algunos en «problematizar», como ellos dicen, y su inapetencia por el oficio apostólico de «edificar».
El mismo San Pablo dice a Timoteo en la segunda carta: «Vendrá tiempo en que no sufrirán la sana doctrina; antes, por el prurito de oír, y conforme a sus pasiones, se buscarán maestros y aparcarán los oídos de la verdad» (2ª Tim. 4, 3).
(3) El teólogo Nédoncelle, en el coloquio de Estrasburgo, de diciembre de 1971. El Concilio Vaticano II encarga a los sacerdotes que sean «asertores intrépidos de la verdad, a fin de que los fieles no sean llevados de acá para allá por todo viento de doctrina» (Decreto sobre los presbíteros: PO. 9). Hay sobre esto una excelente instrucción del episcopado alemán. Véanse las exhortaciones doctrinales publicadas en 1971 por el episcopado español.
(4) Otro ejemplo: se dirá sí, como por un resorte automático, a codo cambio de posición; pero sin garantizar si el desplazamiento, calificado siempre de «avance»‘ es en realidad hacia adelante o hacia atrás; sin discernir si el «no» opuesto al «inmovilismo» ataca una parálisis enfermiza, o más bien desacredita la fidelidad vital…