La Tradición divina es la palabra de Dios que se ha transmitido oralmente en el pueblo de Dios. Completa la Revelación Divina. Nos transmite verdades de la fe que no están en la Sagrada Escritura y la interpreta auténticamente por el Magisterio solemne y ordinario de la Iglesia.
El magisterio solemne de la Iglesia, formulado principalmente por las definiciones de los concilios ecuménicos y las definiciones ex cátedra de los Sumos Pontífices, casi no ha tratado nada de los temas propiamente ascéticos y místicos.
La Iglesia intervino muchas veces para aclarar y determinar las verdades reveladas por Dios, básicas para la ascética y la mística: la elevación del hombre al estado sobrenatural, el origen de la vida divina; el pecado original y sus consecuencias; la redención realizada por nuestro Señor Jesucristo; la regeneración del hombre por la gracia santificante; el mérito que hace crecer en nosotros la vida divina; los sacramentos que alimentan la vida sobrenatural; la Santa Misa en la que se aplican los frutos de la redención.
El magisterio ordinario de la Iglesia lo ejerce en ascética y mística de dos maneras: teórica y prácticamente. La enseñanza teórica negativa con la condenación de la doctrina de los falsos místicos, y positivamente en la doctrina de los verdaderos ascetas y místicos, los Padres de la Iglesia y la vida de los santos.
La Iglesia ha condenado la doctrina de los falsos místicos. En los primeros siglos fueron condenados los Encratitas y los Montanistas; en la Edad Media, los Fraticelos y varios místicos alemanes; en los tiempos modernos, los quietistas.
A lo largo de los siglos se ha elaborado una doctrina común sobre los fundamentos de la ascética y la mística. Los medios necesarios para llegar a la perfección cristiana. Los diversos estados por los que hay que pasar. En algunos temas hay controversia sobre cuestiones secundarias. La aprobación tácita que da la Iglesia a esta enseñanza común es, para nosotros, certeza absoluta de verdad.
La enseñanza práctica de la ascética y la mística la tenemos en la vida y escritos de los santos. Ellos vivieron la vida sobrenatural en todos sus grados. A ellos tenemos que imitar bajo la protección de la Reina de los ángeles y de los hombres, la Virgen Purísima.
Los procesos de beatificación y canonización de los santos demuestran que se puede vivir la santidad, la perfección cristiana, en este valle de lágrimas, y las alegrías y gozos que concede Dios nuestro Señor.
