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La fe y la ciencia no solamente no son incompatibles, sino que se hermanan perfectamente. Jamás ninguna verdadera sentencia científica se opondrá de verdad a la Revelación. Con esto afirmamos al mismo tiempo que la ciencia humana, maravillosa en sus conquistas, jamás tampoco abarcará el con tenido de la fe. En definitiva, la ciencia también viene de Dios al descubrir los misterios y procesos de la naturaleza, creada por el poder omnipotente y definitivo del Señor.

Indudablemente la Sagrada Eucaristía es la síntesis de toda la obra de Dios. Y en la Eucaristía la Iglesia tiene su secreto, su cielo y su esperanza. En Ia Eucaristía está realmente presente el mismo Jesucristo en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Así consta en los Evangelios y en las definiciones infalibles de la Iglesia. Y he aquí que ahora, en nuestros días, la ciencia viene a ofrecer un argumento más en favor de la Eucaristía. El hecho es el siguiente. En Lanciano, pequeña población italiana situada a cuatro kilómetros de la autopista de Peschara-Bari, hay una iglesia dedicada a San Longino. En el siglo VIII, un monje de la Orden de San Basilio, después de la Consagración padeció una fuerte tentación contra la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía. De pronto sus ojos contemplan la maravilla. La Sagrada Hostia se convierte en un pedazo de Carne y el Sanguis en coágulos.

Como decimos han pasado doce siglos, o sea, 1.200 años. Y el relicario en el que se contiene la Sangre y la Carne del milagro se guardan y adoran en la Iglesia de San Francisco, de Lanciano. El 18 de noviembre de 1970, los frailes menores conventuales, con autorización de la Santa Sede, confiaron a los profesores Linoli y Bertelli, este último de la Universidad de Siena, el análisis de tales reliquias. El 4 de marzo de 1971, estos profesores dictaminaron sus conclusiones que han sido publicadas en muchas revistas científicas y en la obra de Bruno Sammaciaccia, titulada « II Miracolo  Eucarístico di Lanciano», traducida ya al francés.

Los principales caracteres del análisis se pueden sintetizar así:

-La carne es verdaderamente carne, la sangre es verdaderamente sangre.

-Ambas pertenecen a una persona humana.

-La Carne y la Sangre son de una persona VIVA.

-La Carne y la Sangre son del mismo grupo sanguíneo (AB).

-El diagrama de esta sangre corresponde al de una sangre humana que habría sido extraída de un cuerpo humano EN EL MISMO DÍA.

-La carne está constituida de tejido muscular del CORAZON (miocardio).

-La conservación de estas reliquias, dejadas en su estado natural durante siglos y expuestas a la acción de agentes físicos, atmosféricos y biológicos, es un fenómeno extraordinario, e inexplicable.

Algo incontestable

En el libro de Bruno Sammaciaccia hay una información exhaustiva de los análisis y una documentación fotográfica de 26 clisés. Dios se complace en presentar ante nuestra generación algo realmente incontestable, para reafirmar nuestra fe en la Eucaristía, tal como Jesucristo instituyó y las enseñanzas dogmáticas de la Iglesia confirman. En la Eucaristía está el mismo Jesucristo. Y en la Eucaristía está el corazón de toda la fe y de nuestra inmortalidad. En Lanciano, a la vista de cualquier hombre, está una evidencia que rubrica el Evangelio y toda la enseñanza católica. Diríamos que el milagro de Lanciano es como la firma, en nuestros días, de lo que Pablo VI enuncia infaliblemente en el Credo del Pueblo de Dios, del 30 de junio de 1968. Dice Pablo VI:

«CREEMOS QUE LA MISA CELEBRADA POR EL SACERDOTE, representante de la persona de Cristo, en virtud del poder recibido por el sacramento del Orden, y ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo Místico, es el Sacrificio del Calvario, hecho presente sacramentalmente en nuestros altares. »CREEMOS QUE DEL MISMO MODO QUE EL PAN Y EL VINO CON SAGRADOS POR EL SE¡\JOR EN LA ÚLTIMA CENA SE CONVIRTIERON EN SU CUERPO Y EN SU SANGRE, que iban a ser ofrecidos por nosotros en la Cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo glorioso, y reinante en el cielo, y creemos que la misteriosa presencia del Señor, bajo lo que sigue apareciendo a nuestros sentidos igual que antes, es una presencia verdadera, real y sustancial.

»Cristo no puede estar así presente en este Sacramento más que por la conversión de la realidad misma del pan en su Cuerpo y por la conversión de la realidad, misma del vino en su Sangre, quedando solamente inmutadas las propiedades del pan y del vino, percibidas por nuestros sentidos. Este cambio misterioso es llamado por la Iglesia, de una manera muy apropiada, transubstanciación. Toda explicación teológica que intente buscar alguna inteligencia de este misterio, para estar de acuerdo con la fe católica, debe mantener que en la realidad. misma, independientemente de nuestros espíritus, el pan y el vino han dejado de existir después de la Consagración, de suerte que el Cuerpo y la Sangre adorables de Cristo Jesús son los que están desde ese momento realmente delante de nosotros bajo las especies sacramentales del pan y del vino, como el Señor ha querido para darse a nosotros en alimento y para asociamos en la unidad de Cuerpo Místico.

»La existencia única e indivisible del Señor en el cielo no se multiplica sino que se hace presente por el Sacramento en los numerosos lugares de la tierra donde se celebra la Misa. Y sigue presente, después del sacrificio, en el Santísimo Sacramento que está en el tabernáculo, corazón viviente de cada una de nuestras iglesias. Es para nosotros un dulcísimo deber honrar y adorar en la santa Hostia que ven nuestros ojos al Verbo Encarnado que no pueden ver, el cual sin abandonar el cielo se ha hecho presente ante nosotros.»

Nuestros deberes

Nuestros deberes con la Eucaristía son de adoración y de amor. Por ello recordemos la obligación de agradecimiento, que grava la conciencia de todo cristiano, de asistir a Misa todos los domingos y fiestas de guardar. También de comulgar con la mayor frecuencia posible, y siempre con las debidas disposiciones. Nunca se puede comulgar en pecado mortal, ni por mucho dolor y arrepentimiento que tuviera de los pecados. La comunión es comida de vivos. El alma en pecado mortal es un cadáver. Los cadáveres no se alimentan. Por esto hemos de comulgar con el alma luminosamente vivificada por la gracia santificante. Comulgar en pecado mortal es un horrendo sacrilegio. No hay que olvidar las visitas al Santísimo, como ha recordado Pablo VI en la «Mysterium fidei», en cuya intimidad encontraremos grandes gracias de fe, fortaleza y perseverancia. Son normas de referencia eucarística las que insertamos aquí:

NO permanezca usted en pie durante la Consagración en la Santa Misa. Es el momento cumbre del Santo Sacrificio y la postura de los fieles debe testimoniarlo. Las rúbricas del misal así lo señalan: «ESTARÁN DE RODILLAS, A NO SER QUE LO IMPIDA LA ESTRECHEZ DE LUGAR O LA AGLOMERACIÓN DE LA CONCURRENCIA O CUALQUIER OTRA CAUSA RAZONABLE .. Esta causa razonable puede ser una lesión en rodillas o piernas, la acentuada ancianidad, etc.

NO recite en voz alta las palabras: «Por Cristo, con Él y en Él a ti Dios Padre Omnipotente en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y gloria por los siglos de los siglos» Estas palabras con las que termina el Canon de la Misa o plegaria Eucarística son privativas del sacerdote. Pertenecen al Conjunto de la Consagración de la Misa; no son palabras de devoción. Los fieles deben contestar en voz alta AMÉN cuando el ministro sagrado ha terminado de recitar estas palabras. Se trata de una corruptela que debe exterminarse.

NO recite, ni en voz baja siquiera, la fórmula de la Consagración. Son las palabras que convierten el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, las que hacen el Sacramento de la Eucaristía y son, por tanto, exclusivas del sacerdote.

El milagro de Lanciano, en plena actualidad, demuestra científica mente que el Evangelio es verdad indiscutible. Como afirma el sabio doctor Michele Villette, en un telegrama al profesor Linoli: La exclamación: Y EL VERBO SE HIZO CARNE, se perpetúa hasta nosotros en el milagro de Lanciano, permitiendo después de doce siglos que la ciencia rinda un testimonio a la realidad del Sacrificio Eucarístico… Seamos cristianos consecuentes con lo más real del mundo: CRISTO PRESENTE EN LA EUCARISTÍA.

QUIEN, AGITADO POR LAS BORRASCAS DE ESTE MUNDO, REHUSA ASIRSE A LA MANO AUXILIADORA DE MARÍA, PONE EN PELIGRO SU SALVACIÓN ETER NA, decía el Papa Juan XXIII. Y es apoyarse en María rezar cada mañana y cada noche, con fe y atención, las TRES AVEMARÍAS, para suplicarle nuestra salvación eterna. Dichosos los padres que las enseñan a sus hijos, los esposos que las rezan juntos.