marcelino menendezMarcelino Menéndez y Pelayo
Cultura Española, Madrid, 1941

Tal fue la vida exterior del más grande de los Reyes de Castilla: de la vida interior, ¿quién podría hablar dignamente sino los ángeles, que fueron testigos de sus espirituales coloquios y de aquellos éxtasis y arrobos que tantas veces precedieron y anunciaron sus victorias? Pero aun en lo meramente humano, fue tal la grandeza de San Fernando, que en aquel siglo, tan fecundo en grandes monarcas, ninguno puede encontrarse, que ni en perfección moral, ni en la prudencia política, ni en el éxito constante y progresivo de sus empresas, a un tiempo militares y civilizadoras, pueda disputarle la primacía. No es preciso para esto, exornarle por indiscreto celo con títulos que no le corresponden. San Fernando no escribió ni preparó las Partidas, ni otro ninguno de los cuerpos legales que llevan el nombre de su hijo; pero mostró el camino de llegar a la unidad de derecho, ya sometiendo a cierto plan la concesión de fueros municipales, ya dilatando y esforzando cuanto pudo la autoridad del Fuero Juzgo, único cuerpo general de leyes que hasta entonces poseía la nación, aunque anticuado ya y deficiente como elaborado y compuesto para un estado social tan diverso. No fundó el Consejo Real de Castilla ni se valía de una Academia de doce sabios, como candorosamente creyó el autor de sus Memorias; porque esos doce sabios son una ficción oriental, y el libro castellano que registra sus dichos, es traducción de sentencias árabes bien conocidas; pero con esos libros y otros semejantes, quiso inculcar suavemente a sus súbditos la noción pura de la moral y del derecho, y prepararlos para una legislación futura, basada en principios abstractos y de razón, para lo cual todavía no estaban maduros los tiempos, como luego lo mostró el fracaso de la empresa de su hijo, culpable sólo de haber desatendido el elemento histórico, .queriendo lograr de un salto la perfección. El mismo Alfonso el Sabio lo confesaba, haciendo justicia al talento de su padre, con todo el candor propio de su grande alma. «Más él, como era de buen sesso, et de buen entendimiento, et estaha siempre apercibido en los grandes fechos, metió mientes et entendió que como quier que fuese bien et ondra del, et de los suyos en facer aquello quel conseiaban, que non era su tiempo de lo facer, mostrando muchas razones buenas que non se podía facer en aquella sazón… porque los omes non eran aderezados en sus fechos…»

Rasgos hay en la vida de San Fernando que resultan durísimos para nuestro sentir moderno: guerras de tala, devastación y exterminio; pena de fuego aplicada de continuo a los herejes: rasgos en que no conviene ni insistir demasiado ni defenderlos con razones sofísticas, ni menos disimularlos con interesada cautela. Pero quien tenga en cuenta la diferencia de los tiempos, las costumbres jurídicas del siglo XIII, a las que el Santo Rey se atemperó, y no olvide el principio de que la santidad no excluye errores de juicio, aunque implique virtud en grado heroico, no podría menos de exclamar leyendo la historia de San Fernando: {<Admirable es Dios en sus Santos.» (Mirabilis Dominas in sanctis eius). Grande y providencial en todas partes el siglo XIII, presenta en España de un modo tan evidente las huellas de un designio y ley superior, que es imposible dejar de reconocer la acción eficaz de la mano divina que reúne en el espacio de cien años al vencedor de las Navas; al conquistador de Córdoba y de Sevilla; al conquistador de Mallorca, de Valencia y de Murcia; al fundador de la Orden de Predicadores; al grande Arzobispo de Toledo, padre de la historia nacional; al primer poeta español de nombre conocido; al Rey legislador, astrónomo y sabio, que descorre y hace patentes los arcanos del firmamento, mientras que deposita y hace germinar la semilla de la filosofía moral en el corazón de su pueblo; al organizador y sistematizador del Derecho Canónico; al Rey de los hebraizantes cristianos y de los controversistas anti judaicos, y finalmente, al maravilloso genial e iluminado filósofo que construye como nueva escala de Jacob el arte y método del ascenso y descenso del entendimiento.