Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

La Leyenda Negra en nuestros días  (8)

Catedral_de_México“No se puede leer sin profundo horror, el relato de las atrocidades que siguieron al descubrimiento de América. La España monárquica arrastrará eternamente el baldón. La Iglesia católica, por mucho que hagan los autores asalariados por ella, no se lavará jamás de esta ignominia; ella fue, a la verdad, en todas estas cosas, la gran inspiradora del poder civil; y, por consiguiente, su culpabilidad es inmensa (115). ¿Acaso no tenía a la monarquía entre sus hábiles manos? En suma, el vampiro ibérico no se volvía hacia América sino para chupar su oro, su oro con su sangre”.

(115) El autor ha arrojado de una bocanada toda su ponzoña. ¡La Iglesia!, he ahí el blanco último de los tiros de la Leyenda Negra.


“Las posesiones españolas eran, de la misma manera que las portuguesas, entregadas a sátrapas venidos de la Península, que traficaban con hombres y con cosas, amasaban al abrigo de todo control fortunas rápidas, y volvían a toda prisa a su patria para gozar en paz del fruto de sus expoliaciones”.


“La Audiencia Real, verdadero ministerio de la iniquidad, juzgaba en última instancia las causas civiles o criminales, excepto cuando el valor del litigio excedía de 10.000 escudos”.

(Cita a Ernesto Charton): “Pero los españoles han descuidado el estudio de las fuentes de riqueza de las provincias que habían conquistado; han ignorado el nombre y hasta la existencia de varios grandes ríos que hubieran podido transformarse en importantes arterias comerciales. Entregados exclusivamente a la explotación del oro, no se les ha ocurrido jamás dirigir la mirada al futuro, y han desdeñado los útiles trabajos que hubieran abierto a las generaciones futuras una fuente inagotable de bienestar. España, que se proclamaba la reina de los dos mares y de los dos mundos, no ha sabido sino destruir, nada ha fundado grande ni durable”.

“Los españoles dejaban que las ruinas se amontonasen a su alrededor. Las rutas desaparecieron, los puentes se hundieron, los diques se rompieron, los canales de riego se obstruyeron. Pronto no quedó nada de lo que el genio de las naciones indígenas había creado bajo el imperio de los incas (116).

(116) Rutas, puentes, diques, canales… ¿qué más?, ¿rascacielos? Verdaderamente soñamos. Nos creeríamos en el siglo XX, y no en medio de los incas, que ni siquiera conocían la escritura. ¡Y destruir, además, todo eso para luego tener que volver a construirlo con ímprobos esfuerzos, en un trabajo de siglos…! Diríamos que aquellos conquistadores estaban locos, si no supiéramos las dificultades de Pizarro para poder hacer correr sus caballos por los miserables senderos indígenas y para conducirlos a través de puentes colgantes construidos con troncos de árboles. Pero, en todo caso, si admitimos la existencia de esas construcciones, émulas de las romanas, admiremos al menos la fuerza y la paciencia del puñado de conquistadores que, acosados por miles de enemigos, consiguieron derribar tan ingentes obras. 5.000 kilómetros de carretera -nos dice Déberle en otro pasaje de su libro- fueron destruidos por las huestes de Pizarro (!)… ¡A qué extremos de ingenuidad o hipocresía conducen las pasiones de secta!

Por otra parte, la agricultura estaba abandonada. América podía producir exquisitos vinos, comparables a los de Madera y El Cabo. El olivo podía darse allí admirablemente, pero España prohibía el cultivo de las viñas y los olivos en América, a fin de poderla vender sus vinos y aceitunas. Todo establecimiento de manufacturados estaba prohibido”.

San Juan Pablo II: “Me urgía reconocer y agradecer ante toda la Iglesia vuestro pasado evangelizador. Era un acto de justicia cristiana e histórica”. (Zaragoza 10-10-1984)