Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los Papas de la colonización (1825 – 1939) (12)

“Quarto abeunte saeculo” (2)

Cristobal Colón - Las navesAl Pontífice Alejandro VI se apresura en seguida a escribirle para solicitar de él obreros apostólicos. La razón que da para que el Sumo Pontífice acoja su demanda es la siguiente: “Espero que, con la ayuda de Dios, podré extender el Evangelio y el nombre de Jesucristo en amplias regiones”. Y—así lo creemos—el gozo inunda su corazón cuando escribe desde Lisboa a Rafael Sánchez, a la vuelta de su primer viaje a las Indias: “Sean por siempre dadas gracias a Dios, que benignamente ha concedido tan felices resultados, gócese Cristo en la tierra cual se regocija en los cielos, al ver la próxima salvación de tantos pueblos entregados hasta ahora a la perdición”; y cuando pide a Fernando e Isabel que sólo los cristianos católicos vayan al Nuevo Mundo, y que ellos solos puedan tener relaciones comerciales con los indígenas, alegando que “solamente había intentado—con su expedición y sus esfuerzos—que la religión cristiana creciera y fuera honradas”. De esto se dio perfecta cuenta Isabel, que había entendido a Colón mejor que nadie. Más aún, consta que tal fue el motivo que abiertamente fue propuesto a esta piadosísima mujer, de espíritu varonil y recio corazón. Ella había asegurado que Colón se lanzaría un día animosamente al vasto mar “para realizar por la gloria de Dios una grandísima proeza”. Y, cuando Colón volvió del segundo viaje, le escribió, haciéndole saber que “todos los gastos que ella había hecho para las expediciones de Indias, y los que en adelante haría, los daba por muy bien empleados, ya que mediante ellos se conseguiría la extensión de la religión católica”.

Si no fuera así, ¿de dónde podía provenir tanta constancia y tanta fortaleza de ánimo para sufrir hasta el último momento lo que Colón tuvo que sufrir, de no haber una causa más que humana? Contrarios pareceres de parte de los eruditos, repulsas de los príncipes, tempestades del mar enfurecido, vigilias frecuentes que más de una vez llegaron hasta hacerle perder el uso de la vista. A ello hay que añadir las guerras contra los bárbaros, las infidelidades de compañeros y amigos, las conspiraciones de malvados, las perfidias de los envidiosos, las calumnias de los detractores, los grillos puestos al inocente. Necesariamente hubiera sucumbido ante tanto y tan grandes trabajos, si no le hubiera animado la plena comprensión de la hermosísima empresa que veía había de ser tan gloriosa para el nombre cristiano, y de tanto provecho para la salvación de ingentes multitudes. La excelencia de la magna gesta aparece ilustrada de una manera maravillosa por las circunstancias del tiempo en que se realizó. Colón, a la verdad, descubrió América poco antes de que la Iglesia fuese agitada por una violenta tempestad. En cuanto, pues, es lícito al hombre apreciar, por los acontecimientos de la Historia, las vías de la divina providencia, parece que verdaderamente vio la luz aquella gloria de Liguria, por singular designio de Dios, para reparar los males infligidos por Europa al nombre católico. Era ciertamente la Iglesia la que debía tomar a su cargo la empresa de llamar a los indios a la religión cristiana. Esta obra, ya desde el principio comenzada por ella, la continuó después, impulsada por una caridad sin límites; y hoy día la continua, habiéndola llevado estos últimos tiempos hasta la apartada Patagonia (144).

(144) El 1 de junio de 1879, los dos primeros misioneros salesianos llegaban a los confines de Patagonia. En los años siguientes, los hijos, de Don Bosco obtuvieron éxitos sorprendentes, en aquel extremo boreal del continente americano. (Véase Vida de San Juan Bosco, por LEMOYNE-FIERRO, pág. 598, Madrid, 1957.)