Obra Cultural

Nuestra Señora de la SaludLas noticias que la prensa mundial publica acerca del SIDA son cada vez más aterradoras. El Gobierno británico ha decidido emplear el equivalente de cuatro mil millones de pesetas en una campaña de divulgación para la que cuenta con «spots» publicitarios en todos los medios de comunicación social y la distribución de 23 millones de folletos entre las familias de todo el país. El ministro de la Seguridad Social, Norman Fowler, ha pronosticado que durante el próximo quinquenio morirán en Inglaterra a causa del SIDA, de cuarenta mil a cien mil personas. También en Italia están a punto de lanzar una campaña semejante a la inglesa.

La peste del siglo XX

El síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) es una enfermedad hasta ahora desconocida y que, debido a su rápido crecimiento, está produciendo actitudes de verdadero pánico: se le llama ya «la peste del siglo XX». Su transmisión, por lo que hasta ahora se sabe -que no es mucho- se realiza a través de los fluidos corporales, particularmente la sangre, el semen y, probablemente, también la saliva. Los más propensos a contraer la enfermedad son, por lo tanto, los drogadictos que se inyectan frecuentemente con jeringuillas no esterilizadas, los que reciben transfusiones de sangre de personas infectadas y los que se entregan a una actividad sexual desordenada, mayormente los homosexuales. En Inglaterra, por ejemplo, de las 610 víctimas de la enfermedad, sólo cuatro eran heterosexuales: tres hombres y una mujer.

Un buen amigo mío, que conoce el tema y la situación actual, me dice que la incidencia del SIDA en España es, proporcionalmente, una de las más elevadas del mundo. Cree que la cifra de los 241 casos declarados de SIDA, de los que han fallecido 147, es inferior a la real. La situación de estos enfermos de SIDA es triste y desesperada. Todos hemos leído en la prensa el caso de un niño de tres años, hijo de una mujer muerta por el SIDA, que no fue admitido en varias escuelas de Vizcaya. Se sabe, además, que en Madrid el personal sanitario de algún hospital se ha negado a prestar asistencia profesional a los enfermos de SIDA por temor al contagio, y que las familias abandonan a los individuos enfermos, a veces quitándoles cuanto tienen y dejándolos abandonados en los pisos, en donde nadie acude a remediar sus necesidades y su terrible soledad.

El problema es muy grave, y ver a esa pobre gente maltrecha por una lacra que les va causando la muerte, lenta e inexorablemente, destroza el corazón a cualquiera. Hasta ahora, tan sólo una persona verdaderamente extraordinaria como es la Madre Teresa de Calcuta, ayudada en este caso por el Arzobispo de Nueva York, está haciendo la obra de misericordia de recoger a esos enfermos en una de sus casas.

Carta a los Obispos

En el contexto de esta situación, la Santa Sede, por lo mismo que el problema de la homosexualidad se ha convertido en tema de debate, ha publicado a través de la Sagrada Congregación de la Doctrina de la Fe una «Carta a los Obispos de la Iglesia Católica acerca de la atención pastoral a las personas homosexuales». Era lógico que la aparición de este documento produjera un impacto notable en la prensa de todo el mundo. Pero algunas de estas reacciones, simplistas y apasionadas, ponen de manifiesto que muchos no han captado el significado del documento.

Un elemento que hay que destacar de entrada, desde el punto de vista de la moral, en que se sitúa lógicamente el documento mencionado, es que en él no se habla de homosexuales o heterosexuales, sino de «personas homosexuales». Esta distinción tiene su trascendencia y el propio documento lo explica al decir: «La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, no puede ser definida por una referencia limitada únicamente a su orientación sexual. Cualesquiera personas que vivan en la tierra tienen problemas y dificultades personales, pero tienen también oportunidades de crecimiento recursos, talentos y dones que les son propios. «La Iglesia quiere que se considere a la persona en su identidad fundamental: ser criaturas, y, por la gracia, hijos de Dios, herederos de la gloria eterna».

Tendencia y actividad homosexual

Una matización asimismo importante en el tema que nos ocupa es la distinción entre personas que tienen una tendencia o condición homosexual y personas que se entregan a actividades homosexuales, es decir, a actos de lujuria contra naturaleza. La condición o tendencia homosexual heredada no es pecado, pero los actos homosexuales, privados de la finalidad esencial de la sexualidad humana, son clasificados como actos intrínsecamente desordenados, que en ningún caso pueden merecer la aprobación por parte de la moral cristiana. Esta distinción es paralela a la que se da en otros órdenes, por ejemplo, entre personas de tendencia alcohólica, y personas que se emborrachan con frecuencia; entre personas de condición obesa, y personas que arruinan su salud por entregarse sin mesura a excesos en el comer y el beber.

Lo importante para la ascesis y la vida cristiana que subyace en el fondo de estas distinciones, es la existencia o no de las virtudes adquiridas de la castidad y la sobriedad, para contrarrestar las pasiones de nuestra naturaleza desordenada a consecuencia del pecado original. Tan sólo la virtud adquirida con el esfuerzo pertinente y la ayuda de la gracia divina -que obtendrán recurriendo a los sacramentos y a la oración- pueden lograr el equilibrio y la liberación de la persona, a pesar de sus deficiencias e inclinaciones enfermizas.

La causa de la homosexualidad

La «Carta a los Obispos acerca de la atención pastoral a las personas homosexuales», constituye el primer documento de la Santa Sede centrado exclusivamente en el complejo problema de la homosexualidad; pero no la primera toma de posición por parte del Magisterio eclesiástico a este respecto. El año 1975, la misma Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una «Declaración sobre algunas cuestiones de ética sexual», Persona humana, en la cual se advertía a los pastores de almas acerca del deber de comprender la condición homosexual y de juzgar con prudencia la responsabilidad y culpabilidad de los actos homosexuales particulares.

A ciencia cierta no se sabe cuáles son las causas que provocan la condición homosexual; la teoría actual se inclina hacia la pluralidad de factores: genéticos, endocrinológicos, psicológicos y ambientales. Pero la práctica médico-psiquiátrica funciona sobre la base de la distinción entre homosexuales de tendencia transitoria y curable, y los de tendencia incurable, debida a factores constitucionales patológicos. Ya la Declaración de 1975 se hacía eco de esta distinción.

Interpretaciones excesivamente benévolas

Entre las discusiones que surgieron después de Persona humana no faltaron algunas «interpretaciones excesivamente benévolas», como dice la mencionada carta. Algunas de aquellas interpretaciones consideraban las tendencias menos curables como «justificadoras de las relaciones homosexuales en una sincera comunión de vida y amor, análoga al matrimonio». Esta es una de las tesis del Profesor Curran, recientemente separado de la cátedra de Teología Moral de la Universidad Católica de Washington, en los Estados Unidos. Ante estas «interpretaciones excesivamente benévolas» la Carta puntualiza: «La inclinación particular de la persona homosexual, aunque en sí misma no es pecado, no por eso deja de constituir una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista de la moral. Por este motivo, hay que considerar a la inclinación misma como objetivamente desordenada». Esta conclusión de la moral católica, que la Carta de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe justifica con una extensa exégesis bíblica -motivada por la opinión de algunos que afirmaban que en la Biblia nada se dice sobre el tema de la homosexualidad que sea condenatorio- concuerda con el juicio de los expertos de la Organización Mundial de la Salud, OMS, que califican a la tendencia homosexual como «anómala y desviada».

La presión ejercida sobre las autoridades eclesiásticas por parte de algunos teólogos y grupos de homosexuales en favor de una aprobación moral de la actividad homosexual, ha sido muy fuerte en estos últimos años. La «Carta a los Obispos» habla de grupos cada día más numerosos, sin citar ningún nombre.

La virtud de la castidad

Cabe decir que han surgido también algunos grupos cuya finalidad está de acuerdo con los principios de la moral. Uno de ellos es el grupo de homosexuales Courage, organizado en Nueva York en 1980 para buscar soluciones positivas a su problema científico: dando sentido a la propia castidad e incluso celibato; buscando una entrega decidida a Cristo mediante el servicio a los demás; fomentando la meditación y la práctica de los sacramentos, especialmente la confesión y comunión. John Harvey, uno de los fundadores, declaró: «La meta más práctica para los homosexuales católicos es dar sentido sobrenatural a la castidad».

La actitud de los Pastores de la Iglesia hacia las personas que padecen una desviación homosexual, es la de animarles a luchar, haciéndoles comprender que, en la misma lucha, conducida con los medios humanos y con el concurso de la gracia divina que no falta nunca, hallarán una ocasión de perfeccionarse humanamente y de lograr la madurez cristiana, la santidad. Tan sólo si luchan podrán vivir de manera libre y feliz, y podrán ayudar a muchos otros que se encuentran con su mismo problema.

«OH MARÍA, SI PONGO CONFIANZA EN VOS ME SALVARÉ», dice San Juan Damasceno. Y esta confianza se demuestra también rezando cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS por nuestra eterna salvación.