Obra Cultural

DISCURSO DEL SANTO PADRE EN EL VIII CONGRESO MUNDIAL DE LAS COMUNIDADES TERAPÉUTICAS

Queridos señores:

2013-2-11-Virgen de LourdesEs muy grato para mí este encuentro con vosotros al concluir el VIII Congreso Mundial de las Comunidades Terapéuticas. Os doy las gracias por vuestra visita y os doy la bienvenida, en la que estoy seguro que reconoceréis en seguida mi estima por la benemérita obra que vuestras instituciones estén desarrollando para la solución de un problema tan complicado y apremiante de nuestro tiempo.

He recibido ya varias veces, en esta residencia veraniega, a grupos de jóvenes -internados, trabajadores y animadores- de comunidades terapéuticas, y he entablado con ellos coloquios espontáneos, de los que guardo muy buenos recuerdos en el corazón. Ahora me siento feliz al recibiros a vosotros, distinguidos señores, que, habiendo optado por una vocación, casi siempre voluntaria, sois protagonistas y testigos del compromiso de redención del dramático fenómeno de la droga, que ha llegado, por desgracia, a manifestaciones agudas de su implacable devastación, tanto en los individuos como en la sociedad.

El congreso mundial que acabéis de celebrar adquiere un notable significado, bosquejado ya en el tema general: «La comunidad terapéutica que cambia en un mundo que cambia.»

El alto grado de profesionalidad, la larga experiencia madurada y la incesante vivacidad del impulso animador, os han servido ciertamente para enriquecer la base científica, a fin de apoyar en ella vuestras intervenciones diversificadas.

El valor del hombre y su libertad

Mirando y teniendo incansablemente fijo el objetivo sobre el «valor del hombre», las comunidades terapéuticas, aun dentro de la variedad de sus fisonomías, han demostrado ser una fórmula buena. Efectivamente, se han manifestado como una experiencia vital, rica de frutos, mucho mayores si se comparan con las siempre amenazadoras y graves dificultades.

Para afrontar la droga no sirve ni el estéril alarmismo ni el apresurado simplismo. En cambio, vale el esfuerzo de conocer al individuo y comprender su mundo interior; llevarlo al descubrimiento, o al nuevo descubrimiento, de la propia dignidad de hombre; ayudarle a que haga resucitar y crecer como sujeto activo, los recursos personales que la droga había sepultado, mediante una confiada reactivación de los mecanismos de la voluntad, orientada hacia ideales seguros y nobles.

Con esta fórmula, además de restituir a muchos sujetos a la plenitud de su libertad, se ha acumulado un patrimonio de gran valor. Se ha podido tener una idea más adherente a la auténtica identidad del drogado y se ha comprobado lo infundado de numerosos prejuicios, y no es el último de éstos la equiparación generalizada con el delincuente. Sobre todo, se ha probado concretamente la posibilidad de recuperación y redención de la pasada esclavitud, y es significativo que esto se haya conseguido con métodos que excluyen rigurosamente cualquier concesión de drogas, legales o ilegales, con carácter sustitutivo.

Un terrible peligro para jóvenes y adolescentes

Hoy el flagelo de la droga hace estragos de formas crueles y en dimensiones impresionantes, superiores a muchas previsiones. Trágicos episodios indican que la asoladora epidemia conoce las ramificaciones más amplias, alimentada por un nefasto mercado, que sobrepasa confines de naciones y de continentes. De este modo, continúa creciendo el peligro para los jóvenes y los adolescentes. Pero las implicaciones venenosas del río subterráneo y sus conexiones con la delincuencia y la mala vida son tales y tantas, que constituyen uno de los factores principales de la decadencia general.

Ante un mal que anega tanto, siento la necesidad de manifestar mi profundo dolor y mi más honda preocupación.

Dolor: por la frustración de víctimas, a veces sólo en parte culpables, de todos modos, dignas de mejor suerte, por el empobrecimiento que deriva al conjunto humano por la pérdida de válidas y sanas energías, por el total oscurecimiento de ideales que, por el contrario, merecerían la más ardiente carga de entusiasmo.

Preocupación: por la juventud, la más vulnerable e inevitablemente la más expuesta a tétricas espirales, por la familia, la escuela, los grupos, las asociaciones convertidas en inconsciente blanco de explotadores carentes de todo sentido de dignidad y honor. Preocupación por el hoy y el mañana de nuestra civilización, la cual, si no se profundizan oportunamente los remedios necesarios, correrá el riesgo de un contagio penoso que pesará largo tiempo sobre las generaciones.

Movilizar la opinión pública

En las presentes circunstancias es indispensable movilizar la opinión pública por medio de una clara y precisa información sobre la naturaleza de la droga y sobre sus consecuencias verdaderas y mortales contra los equívocos que circulan sobre su presunta inocuidad y sus influjos benéficos.

Todos los organismos de la sociedad están obligados a esta movilización inteligente y clarividente, en el ejercicio de sus responsabilidades y en el ámbito de las propias competencias, incluso con iniciativas específicas. Lo están particularmente los «mass-media», de acuerdo con las finalidades y posibilidades formativas de sus instrumentos.

En este contexto quiero poner de relieve el gran espacio que la delicada materia ofrece a los medios católicos de comunicación social. Y no puedo menos de mencionar el papel que compete a la escuela católica, como expresión de su destacada índole educativa. Se trata de favorecer una nueva mentalidad, que sea esencialmente positiva, inspirada en los grandes valores de la vida y del hombre. Es un objetivo inmenso que hay que alcanzar con el tenaz empeño de cada día, con claridad de ideas y decisión de propósitos.

Un nefando e infame tráfico

¿Qué decir del oscuro frente de la oferta de droga? ¿De los grandes depósitos y de los millones de riachuelos por donde corre el tráfico nefando? ¿De las colosales especulaciones y de sus innobles vínculos con la criminalidad organizada?

Todo serio propósito a largo radio pide intervenciones aptas para cegar las fuentes y frenar los recorridos de esta riada de muerte.

La lucha contra la droga es un grave deber ligado con el ejercicio de las responsabilidades públicas. Es preciso afrontar el problema en las raíces con una amplia acción en los sectores de la prevención y de la cura.

En la esfera de los convenios entre las naciones y de los organismos supranacionales, como en las legislaciones y normativas a nivel nacional, son necesarias disposiciones severas que acobarden ya de partida al infame tráfico, y, a la vez, otras disposiciones destinadas a la recuperación de quien haya quedado envuelto en la dolorosa esclavitud. La distinción entre delincuente y víctima debe ser nítida, capaz de impedir todo equívoco grosero. La droga no se vence con la droga.

La droga es un mal, y al mal no le van bien las cesiones. La legalización de la droga, incluso parcial, además de ser, por lo menos, discutible con relación a la índole de la ley, no produce los efectos que se habían prefijado. Lo confirma una experiencia que es ya común. Prevención, represión, rehabilitación: he aquí los puntos principales de un programa que, concebido y realizado a la luz de la dignidad del hombre, apoyado por la seriedad de relaciones entre los pueblos, recibe la confianza y el apoyo de la Iglesia.

Prevención, represión, rehabilitación

He hablado de una mentalidad nueva, esencialmente positiva. Esto es lo que debe preocupar intensamente a todos los miembros del tejido eclesial y a todas las personas de buena voluntad, realmente preocupadas y sensibles a los valores exquisitamente espirituales. Cultivar estos valores es el secreto para ganar terreno a la escalada de la droga.

El hombre tiene necesidad extrema de saber si merece la pena nacer, vivir, luchar, sufrir y morir; si tiene valor comprometerse por algún ideal superior a los intereses materiales y contingentes; si, en una palabra, hay un «porqué» que justifique su existencia terrena.

Los ideales puramente humanos y terrenos como el amor, la familia, la sociedad, la patria, la ciencia, el arte, etc., aun cuando tienen una importancia fundamental en la formación del hombre, no siempre, por varios motivos contingentes, logran dar un significado completo y definitivo a la existencia. Es necesaria la luz de la trascendencia y de la revelación cristiana. La enseñanza de la Iglesia, apoyada en la palabra indefectible de Cristo, da una respuesta iluminadora y segura a los interrogantes sobre el sentido de la vida, enseñando a construirla sobre la roca de la certeza doctrinal y sobre la fuerza moral que proviene de la oración y de los sacramentos. La convicción serena de la inmortalidad del alma, de la futura resurrección los cuerpos y de la responsabilidad eterna de los propios actos, es el método más seguro también para prevenir el terrible mal de la droga, para curar y rehabilitar a sus pobres víctimas, para fortificar con la perseverancia y firmeza en los caminos del bien.

Recibid, queridos señores, estas reflexiones que os podrán servir de ayuda en vuestra noble fatiga con mi paternal bendición que quiere estimularos.

(7-IX-88)

«¡CUÁNTOS TORTUOSOS CAMINOS HAY QUE RECORRER PARA LLEGAR A LO SIMPLE!», decía el Hno. María Rafael Arnáiz. Y es SIMPLE rezar las TRES AVEMARÍAS cada mañana y cada noche. Pero el que las reza de verdad, salvará su alma.