Francisco Elías de Tejada

Sagrado Corazón de MaríaLa expansión imperial catalana, servida poderosamente por la unión con el reino hermano de Aragón, chocó con tres encarnizados enemigos: la casa real francesa, el Papado y las repúblicas itálicas, sobre todo las de Pisa y Génova. Pero nada fue bastante a evitar el triunfo gloriosísimo de los condes del Casal de Barcelona y poco a poco el Mediterráneo fue transformándose en lago catalán. Mallorca, Menorca y Sicilia en el siglo XIII, Cerdeña y extensas comarcas bizantinas en el XIV, sintieron sobre su piel geográfica la alegría incitadora de los gritos de “¡Aragó! ¡Aragó!”, colofón de cien batallas aureoladas de victorias. Como manifestara Jaime II a su heredero Alfonso en la despedida de la armada que ocuparía Cerdeña, la bandera real de las barras jamás volvió la espalda en los combates. Jaime I, Pedro II, Jaime III, Alfonso III y Pedro III suben los peldaños ascendentes de la grandeza catalana.

La Casa de Trastamara, inaugurada por Fernando I, prosiguió la marcha expansiva de Cataluña. Lejos de suponer la muerte de la Cataluña grande, cual arbitrariamente ha sostenido Lluis María Domenech i Muntaner en su libro La iniquitat de Casp i la fi del Comtat d ‘Urgell, los nietos de Pedro III el del Punyalet van a ser los mejores continuadores de la política dilatadora de su abuelo, desde luego muy superiores al deplorable hijo que fue Juan I el Cazador. Las palabras juiciosas escritas por Jaime Vicens Vives en Els Trastamares sobre el Compromiso de Caspe han de ser suscritas sin reservas. Que Fernando I, contra lo que sin pruebas mantuvo Domenech, no vio nunca en Cataluña “un domini d’estrangera civilització”, ni nunca trazó por programa de gobierno “fer-lo produir i assimilar-se’l, destruint el seu pensament i personalitat”; antes al contrario, de Caspe salió el hombre que continuó la manera catalana en sus dos lados más sensibles: la expansión imperial hacia afuera y el afianzamiento de las libertades concretas forales hacia dentro, en la línea democratizante popular que jamás hubiera concebido Jaime de Urgell, exponente de aquella nobleza abusiva rehabilitada por el funesto Juan I.

Tan cierto es ello que Alfonso IV el Magnánimo fue quien completó la dilatación imperial de Cataluña, testamentario de los sueños de Martín el Humano en las Cortes del hoy irredento Perpiñán del 26 de enero de 1406, y su acción en Nápoles es el mejor colofón para aquella encendida apología “de la gloria del Principat de Catalunya”. Quema el dolor mi lengua al recordar tanta grandeza y como es en tierra hoy hollada por planta extranjera, no catalana y por tanto no española, donde fueron cantados semejantes hechos. “E primerament -decía el rey Martín I- si guardam a Tramuntana, ¿no fo la gran fama e lo renom que lo comte de Barcelona e los catalans lleixaren en Alemanya delliurant la emperandriu d’aquell crim de que era estada falsament difamada?… ¿E non fon gran l’acte que feren los catalans en Llevant, segons que trobam en alcúnes históries, quan Godefré de Billó aná conquestar en la Terra Santa, gran renom e fama les altres actes que en Llevant hauets fets? Les illes de Sicilia, de Sardenya e de Córsega ne fan testimoni; les quals eren nodrisses de l’imperi de Roma, car lo poder deis romans e dels africans tan fortment combateren aquelles que nunca les pogueren retenir. Les quals vui en dia, per grácia de Deu, jus lo senyal e renom nos tres son retengudes… Si guardam de Migjorn, los actes virtuosos que els catalans han fet en conquistar les illes de Mallorca, de Menorca e d’Eivissa e los insults que han fets en Berbería, veurem clarament que hi han lleixat gran renom e fama… Si guardam vers les parts de Ponent, lo gran servies que vosatres fes al sent rei. En Jacme en conquistant los regnes de Valéncia e de Murcia, certes podem dir aquella paraula que Teodosi emperador dix als seus: que no podía donar millors dons als seus qui li ha vien defés son emperi contra los tirans, sinó estendre a manifestar llur virtut e fama per tot lo món”.

(VERBO)