Daños de la moda

María, Espíritu Santo y ángel.jpgEs un fin digno del vestido realzar la belleza corporal para agradar. Pero hay que advertir a la mujer: Te está permitido agradar a los jóvenes en general, si aún no tienes novio. Puedes y debes agradar al novio que has elegido. Si estas casada, has de poner empeño en agradar a tu marido. Pero no pretendas agradar a otro hombre distinto, para atraer hacia ti sus miradas y su corazón. No te arregles por pura vanidad y galanteo. Además debes distinguir entre agradar y provocar. Provocar es excitar los instintos bajos de los que te contemplan. La moda que provoca, se convierte en ocasión en pecado. Es escandalosa; y Jesucristo empleó las frases más temibles para condenar los escándalos.

El desorden en el vestido procede de la intención y también de los efectos malos que produce. Algunos de estos daños son de orden económico. Por eso debe condenarse la moda fastuosa. Es mucho el dinero que se gasta superfluamente en seguir los caprichos de la moda. Hay mujeres que amontonan vestidos y zapatos lujosos. Alguna, gastando lo que no tolera el presupuesto familiar, es dinero que se roba a los pobres, y debía emplearse en obra de beneficencia social. El lujo exaspera la justa indignación de las clases necesitadas. Resultan escandalosas las crónicas de sociedad, donde se describen los vestidos y joyas de las asistentes y se calcula el valor fabuloso de vestidos y adornos. La Iglesia recuerda continuamente la parábola del rico Epulón; y no puede menos de condenar lo que merecía la reprobación de Jesucristo.

La inmoralidad de una moda debe medirse también por los daños morales que produce en el que la usa y en los que la ven. En los que la usan, la moda indecorosa ocasiona la pérdida del pudor, defensa de la castidad; disminución gradual de la vergüenza en descubrir lo que puede ocasionar a otro peligro de pecar. Esta pérdida del pudor es de gran trascendencia en las niñas, que cuando lleguen a mayores, no tendrán reparo en exhibir lo que tuvieron descubierto de pequeñas. En los que ven se produce también la disminución del pudor; pues se pierde exhibiendo y contemplando desnudeces.

Daños morales son además, las tentaciones que suscita y las caídas que origina la contemplación de la desnudez. Nadie podrá decir que el desnudo sea inofensivo después de pérdida la inocencia original y desencadena la concupiscencia. Los prelados españoles trazan las directrices generales a que debe ajustarse la moda.

“El traje de la mujer para ser honesto, aún fuera del templo, no deberá tener escotes exagerados ni ser excesivamente corto en faldas y mangas. Determinar cuándo es pecado faltar a estas normas no puede hacerse con carácter general. Es misión de los reverendísimos prelados en sus respectivas diócesis. Debe advertirse que la inmoralidad del traje depende también de la forma provocativa que insinúa o ciñe demasiado lo que ha de velar la modestia. La niña deja de serlo cuando entra en la pubertad, generalmente a los doce años; y debe ir ajustándose a las normas dadas para la mujer. Conviene que desde pequeñas adquieran el sentido del pudor, que en la mayor edad, garantiza su castidad y la ajena. Algo parecido podemos decir del niño”. (Normas de Decencia Cristiana. Nus. 86-88). Esto fuera del templo.

El vestido que se use en las funciones religiosas, en los lugares sagrados además de no ser provocativo, debe ser positivamente modesto, como exige la reverencia debida a los lugares sagrados, a las funciones religiosas y a los misterios que allí se celebran. Téngase también en cuenta que lo desacostumbrado, lo nuevo, excita más. Lo usual, lo ordinario, parece menos peligroso. Estas son las normas generales que la Jerarquía española ha publicado para todas las diócesis. Cada prelado las aplicará a su diócesis, teniendo en cuenta las circunstancias particulares de cada región. A los buenos católicos les toca rendir el juicio y obedecer.