Francisco Elías de Tejada

Arcángel San Miguel, Virgen María y Niño JesúsCon tales ímpetus fue Cataluña el Imperio español del Oriente. Con el Magnánimo supo de la entrega de Nápoles, de la protección de Chipre y Rodas, de relaciones con la remota China, del amparo al serbio Brancovich, de la guarnición del castillo de Croia, del nombramiento de Ramón de Ortafá para virrey de Albania, de la escuadra de Bernat de Vilaragut paseándose por la desembocadura del Nilo; edad gloriosa si las hubo en la historia catalana, en la cual, como ha escrito con pujos de orgullo Ferrán Soldevila, Alfonso el Magnánimo y Calixto III eran las cimas eclesiástica y política del mundo.

Hora imperial de Cataluña que evocamos aquí con añoranzas españolas, aun a trueque de que esos profesionales del pacifismo marxistoide y del conciliarismo que es la quinta columna de Moscú, nos tachen de militaristas y violentos. ¡Como si la violencia al servicio de la justicia no fuese una de las pocas cosas necesarias para los pueblos! ¡Como si renegar de la historia patria no fuera algo peor que un acto de traición, ni fuese la antesala del suicidio colectivo! ¡Como si los carlistas cayésemos en la necedad de sacrificar nuestras Españas adoradas al señuelo de la propaganda enemiga, simplemente porque está de moda la estupidez de renegar de España en tantas formas que van desde la frase ingeniosa del que se juzga inteligente a las hojillas pagadas con dinero de nuestros enemigos extranjeros!

Nosotros levantamos la memoria de la Cataluña que fue el Imperio español mediterráneo, cuando en los días humanísticos del siglo XV Dios regaló estos destinos a este ramal de nuestra estirpe, mientras nuestro brazal portugués recorría las rutas misteriosas del Indico pasmoso, y tocaba a Castilla la común ambición secular de arrojar a la morisma de sus postreros reductos peninsulares. Cuando todas nuestras gentes aunadas en el albor de la unidad que en Cristo acaba, sin mimetismos extranjeros, viviendo de la sustancia propia, cumplían la providencial misión española de defender y propagar la Cristiandad que fenecía frente a la Europa que ya asomaba en las dudas de Lutero, en las argucias de Maquiavelo, en las tiranías de Bodino y en la secularización de la vida, las grandes “locuras” que apuntó el hidalgo de Algezares. Si algún mal nacido se avergüenza de este Imperio catalán españolísimo, nosotros no renegamos de tanta historia y la revivimos en la nostalgia del recuerdo como en la ilusión de la esperanza renacida.

(VERBO)