La modestia, virtud

María fiatEl origen de las palabras ayuda a precisar el significado de ellas. Esto sucede con la modestia. Tiene su origen en la lengua latina; en la palabra modus, que significa modo, moderación. Y eso es la modestia. Una virtud que pone moderación. ¿Qué modera?

La modestia es una virtud adjunta a la templanza. Una y otra tienen el mismo fin: moderar, reprimir el apetito desordenado de goces y deleites carnales. La templanza como virtud principal modera ese apetito en las cosas más difíciles, como son los deleites del gusto y del tacto. La modestia, como virtud secundaria, modera ese deseo en cosas menos difíciles. Tres clases de actos ordena, regulariza la virtud de la modestia. Los movimientos exteriores del cuerpo: el andar, el mirar, el reír, el hablar, los gestos, las posturas, las acciones. Ordena también los juegos. Y pone moderación en los vestidos y en todo lo que se refiere al adorno corporal.

Porque la modestia regule y ordene los actos exteriores, nadie piense que es una virtud superficial, puramente exterior. Es una planta que hunde sus raíces en el alma, que se nutre del corazón humano; y que brota al exterior y despliega los pétalos de sus flores a la vista de los hombres. La explicación es clara. No puede existir moderación en los actos exteriores del cuerpo, si no la hay en los movimientos interiores del corazón. Cuando las pasiones no están dominadas, cuando rugen en el interior las tormentas desencadenadas por la soberbia, la ira, la lujuria… el oleaje de esas tormentas se desborda del corazón y llega a los sentidos exteriores.

Y al revés: cuando las pasiones están ordenadas, sometidas a la razón, la paz y el sosiego interior, necesariamente se manifiestan en el exterior de la persona. Cuando la ira se desencadena en el corazón ¡qué miradas, qué gestos, qué actitudes las del iracundo! Infunde miedo. Cuando la soberbia encrespa las olas del corazón ¡qué arrogancia, qué altanería, qué menosprecio de los demás! Cuando la sensualidad se enseñorea del hombre, se asoma al exterior por todos los sentidos: miradas, gestos, vestidos… Todas las pasiones no dominadas tienen manifestaciones exteriores. Y las tienen sobre todo en las palabras. Cada uno habla de lo que tiene en el corazón.

Con la conducta exterior se va diciendo a todos lo que cada uno es interiormente. Es verdad que abunda la hipocresía: aparentar exteriormente lo que no existe en el interior. Pero la ficción no pasa desapercibido a las personas perspicaces. El soberbio, que quiere parecer humilde, hace mal la comedia: inclina o tuerce la cabeza; dice palabras de menosprecio propio… Ficción, actitud postiza. Una frase que hiera el amor propio deshace todo el tinglado de cartón. Sin raíces verdes no puede haber flores naturales. Ahora se entenderá el oficio de la modestia. Primero modera el interior, sosiega las pasiones alborotadas; y restablecido el equilibrio interno, necesariamente, se manifestará al exterior. Con razón se dice que la modestia es como la voz del alma. Es el pregonero que va gritando: esta persona tiene o no tiene las pasiones dominadas.