La Madre María Félix y el Concilio Vaticano II

El 30 de diciembre de 1961, la Madre María Félix escribía a todas las religiosas de la Compañía del Salvador, para invitarlas a vivir desde el amor a la Iglesia el inicio y desarrollo del Concilio Vaticano II.

Sin títuloMuy amadas en Jesús y María:

Nuestra Santa Madre, la Iglesia Católica, está empeñada en una gran empresa: el II Concilio Ecuménico Vaticano. Acaba de hablar el Sumo Pontífice, nuestro Santísimo Papa Juan XXIII, y no seríamos hijas de la Iglesia si la vibración que lanza el Vicario de Cristo no repercutiese intensamente en el alma de cada una de nosotras y de toda la Compañía.

Les copio lo que en un momento de efusión he escrito a nuestras novicias:

Quiero recomendarles mucho la oración por el éxito espiritual del Concilio. Así como un retiro espiritual y una revisión o examen hacen mucho bien al alma, así Dios nuestro Señor pide a la Iglesia de vez en cuando una revisión, un examen, una doctrina, unas consignas, que esto son los Concilios, y de ellos la Iglesia sale más según el Corazón de Dios, más enriquecida de verdad, de caridad y de vida sobrenatural. Y así como por el fruto de los Ejercicios pedimos -pedimos unas por otras y hacemos pedir a otras personas-, así para el fruto del Concilio hemos de pedir todos los cristianos, sobre todo las religiosas, que, vírgenes consagradas al Señor en la oración y el servicio de la Iglesia, tenemos por oficio ser mediadoras entre Dios y las almas e interceder principalmente por las que forman la Iglesia, como la reina Esther tenía por oficio interceder por su pueblo judío ante el rey Asuero.

Cuando se palpan los problemas sociales y la diversidad de corrientes religiosas, y se ven millares de hombres hambrientos, sin techo, embrutecidos por la miseria, engañados por los traficantes del odio, y más millares todavía sin religión y sin Dios, y a los pocos con religión y con Dios, divididos, separados entre sí, brota espontáneamente una sola oración: “Señor, que los frutos de tu Redención no se malogren. Que la Iglesia se reúna en Concilio; que nos muestre al Salvador del mundo, que eres Tú, y que el mundo no cierre los ojos a la Luz y a la Vida, a Ti, que eres su SALVADOR”.

Y una manera de orar nos ha enseñado el Santo Padre en estos tiempos, en que más que nunca es necesario orar sin intermisión: ofrecer el trabajo ordinario que por obligación tengamos que hacer o el que emprendamos por caridad. Y, para que nos demos cuenta del valor santificador e impetratorio del trabajo, hasta ha indulgenciado con gran largueza el trabajo ofrecido.

Yo quisiera que de la Compañía saliese un gran apóstol del Concilio. ¿No dio la incipiente Compañía de Jesús, formada entonces por unos pocos, al gran apóstol de las Indias, a San Francisco Javier, Patrono de las Misiones? Y el pequeño y desconocido Carmelo de Lisieux ¿no ha dado en nuestros tiempos a la Copatrona de las Misiones, a Santa Teresita del Niño Jesús? Es que, en el orden sobrenatural, la medida de la grandeza y de la eficacia la da la medida del amor.

Un santo y feliz año nuevo. Para todas ha de ser un año de fervor extraordinario. Para la Compañía ha de ser el año del Concilio Ecuménico, esto es, año de aportaciones generosas, de trabajo y oración incesantes a favor de nuestra Iglesia para la salvación del mundo, a mayor gloria y amor de Dios nuestro Señor y de la Santísima Virgen María. De todas en Jesús y María,

María Félix, C.S.