Una Epopeya misionera
Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R
Sentido misionero de la conquista y colonización de América (29)
La Virgen, clave de América cristiana y testigo amoroso de la piedad y espíritu misionero de los civilizadores del Nuevo Mundo
¡Templos americanos dedicados a María! Basílicas magníficas, devotos santuarios y piadosas ermitas, cuya construcción fue ejecutada ya, en muchos casos, en el siglo XVI.
¡Bellísimas y luminosas estrellas todos ellos, que—desparramadas en el inmenso firmamento americano—son por sí solas un fehaciente testimonio de la maciza piedad de unos hombres y del sentido de una conquista y de una civilización!
¿Qué nación de América no cuenta por docenas estos fecundos centros de devoción mariana? Venezuela, Colombia, Perú…, la lista es interminable. Pío XII nos habla de algunas de ellas. Empecemos por el país del Orinoco.
“Esta es, venezolanos queridísimos, una de vuestras más fúlgidas glorias (la devoción a María). Canten unos las bellezas de vuestras gigantes cimas, desde donde se despeñan abundantes y caudalosos ríos que, atravesando ora las interminables llanuras de suaves y sabrosos pastos, ora las tupidas florestas, ricas en toda clase de maderas preciosas, van a desembocar en las feraces tierras del próspero litoral o mezclar sus aguas con las del imponente Orinoco; celebren otros la suavidad perenne de vuestro cielo, lo templado de su clima o la buena y amable condición de vuestra gente; pondérese justamente la riqueza que el Señor ha escondido en vuestro suelo o el alto ingenio de vuestros hijos, que tan ilustres nombres—un Mariano de Talavera, un Andrés Bello—han dado a la Iglesia y a la cultura de toda la América hispánica (211).
(211) Andrés Bello (1781-1865), pensador, jurista y poeta notable. Sus trabajas sobre ortología, métrica y gramática son de lo más original que se ha realizado en nuestro idioma.
Para Nos, especialmente en estos momentos, Venezuela será siempre la tierra de la Virgen, y al recorrerla con la imaginación, lo que nos vendrá al recuerdo será la Maracaibo de Nuestra Señora de Chiquinquirá; más al Sur, la Tariba de Nuestra Señora de la Consolación; hacia el centro, la Valencia de la Virgen del Socorro; todavía más allá, Nueva Barcelona con su Virgen del Tucumo, y como capital, Caracas, con sus santuarios de La Merced, de Altagracia y de la Soledad, para citar solamente los primeros que se Nos vienen a las mientes. Y todavía, si del continente quisiéramos, pasar a las islas, nos saldrían a esperar, en la isla Margarita, las torres del templo de Nuestra Señora del Valle…”.
(Radiomensaje a Venezuela, en la coronación de la Virgen de Coromoto, 12-IX-1952).
¿Y Colombia? Pío XII compara esta nación, tan devota de Nuestra Señora, a un bello manto tachonado de piedras preciosas, símbolo de sus innumerables santuarios marianos, que por el brillo y resplandor de su piedad subyugan la mirada y el corazón de todo un pueblo.
“No os sufría el corazón más aplazamiento, porque, Colombia, entre sus muchos títulos de gloria y nobleza —que no en balde fue un día puerta para la fe y la civilización—, cuenta como uno de los primeros el ser un pueblo ardientemente mariano. Su suelo rico y hermoso, lo mismo en las cimas imponentes de sus cordilleras que en las risueñas y fecundas tierras bajas, se nos presenta como un manto precioso, donde fingen perlas y rubíes los incontables santuarios de la Madre de Dios; desde Nuestra Señora de la Peña, en Bogotá, hasta la Virgen de la Popa, en Cartagena; desde la del Rosario, en Tunja, o la del Mangüi, o la de la Candelaria, de Medellín, hasta la devotísima Nuestra Señora de las Lajas, dominando sobre todas estas invocaciones, como el sol entre las estrellas, Nuestra Señora de Chiquinquirá, solemnemente coronada en vuestro primer Congreso Mariano Nacional de 1.919”.
(Radiomensaje al Congreso Nacional Mariano de Colombia, 16-VII-1946.)

Estoy tan convencido, Dios mío, de que velas sobre los que esperan en ti, y de que nada puede faltar a quien espera de ti todas las cosas, que he determinado vivir en adelante, sin ningún cuidado y descargarme en ti de todas mis solicitudes: en paz dormiré y descansaré en tus promesas, porque tú, Señor, me has afirmado singularmente en la esperanza. Pueden los hombres despojarme de los bienes y de la honra; pueden las enfermedades quitarme las fuerzas y los medios de servirte; puedo yo perder hasta tu gracia por el pecado; pero jamás perderé mi esperanza: la conservaré hasta el último instante de mi vida y vanos serán los esfuerzos que todos los demonios del infierno hagan, en aquel momento, para arrancármela. En paz dormiré y reposaré. Que otros esperen su dicha de sus riquezas o de sus talentos; que descansen otros en la inocencia de su vida, o en el rigor de sus penitencias, o en la multitud de sus limosnas, o sobre el fervor de sus oraciones. Tú, Señor, a mí me has afirmado singularmente en la esperanza. En cuanto a mí, toda mi confianza está en mi confianza misma. Tal confianza nunca jamás a nadie salió fallida. 
La preparación de la predicación es una tarea tan importante que conviene dedicarle un tiempo prolongado de estudio, oración, reflexión y creatividad pastoral, y “El primer paso, después de invocar al Espíritu Santo, es prestar toda la atención al texto bíblico, que debe ser el fundamento de la predicación. Cuando uno se detiene a tratar de comprender cuál es el mensaje de un texto, ejercita el culto a la verdad”.