Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Jesús calma la tempestadHace años, me encargaron confeccionar unas lecciones de religión para uso interno. Coloqué sobre mi mesa varios manuales de Teología Dogmática moral, ascética, historia de la Iglesia y el Magisterio de la Iglesia, de Enrique Denzinger.

Como en nuestros días pocos conocen la verdadera doctrina de la Iglesia Católica he publicado y seguiré publicando, Dios mediante, parte de algunos temas. He olvidado los auténticos autores. Firmo yo. Es doctrina católica.

La Iglesia Católica es el proyecto visible del amor de Dios a la humanidad que quiere que todo el género humano forme un único Pueblo de Dios, se una en el único Cuerpo Místico de Cristo y se realice en un único Templo del Espíritu Santo.

La Iglesia es el Pueblo de Dios adquirido para Él mismo como raza elegida, sacerdocio real, nación santa. La identidad de este Pueblo Elegido es la dignidad y libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo; su ley es el Nuevo mandamiento de Jesús de amarse unos a otros como Él nos amó; su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo para la salvación eterna del género humano; su destino es el Reino de Dios que Él mismo comenzó en este mundo y que ha de ser extendido por todos los fieles, por todas las naciones.

Es en la Iglesia donde se realiza la unión de los hombres con Dios por medio de la caridad. La estructura de la Iglesia está totalmente organizada y ordenada para que los fieles amen a Dios y al prójimo.

La Iglesia es signo e instrumento de la unión íntima de los hombres con Dios y de la unidad de todo el género humano como hijos de Dios. Esta unidad humana ya ha comenzado, porque son miembros de la Iglesia hombres de toda raza, lengua y nación.

Son miembros de la Iglesia todos los bautizados y los catecúmenos que desean ser bautizados.

El Concilio Vaticano II, en su Constitución dogmática sobre la Iglesia dice: “Los hombres entran en la Iglesia por el bautismo como puerta obligada (…) Los catecúmenos que, por la moción del Espíritu Santo, solicitan con voluntad expresa ser incorporados a la Iglesia, se unen a ella por este mismo deseo; y la Madre Iglesia los abraza ya amorosa y solícitamente como a hijos”.

Los pecadores son miembros de la Iglesia de Cristo. A tales pecadores les recuerda el Concilio Vaticano II que “no alcanza la salvación, aunque estén incorporados a la Iglesia, quienes no perseverando en la caridad, permanecen en el seno de la Iglesia en “cuerpo”, pero no en “corazón” “no podrán salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia Católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, desdeñaran entrar o no quisieran pertenecer a ella” (Constitución dogmática, Lumen Gentium, 14).