franco y familiaFranco y la Iglesia Católica
José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Separata de la obra “El legado de Franco”

La Carta Colectiva de 1937 fue firmada por todos los Obispos y Ordinarios diocesanos residentes en España, cuando ya habían fallecido 12 Prelados mártires. No firmaron dos ausentes de España: Múgica, Obispo de Vitoria, y Vidal y Barraquer, Arzobispo de Tarragona. Y no por motivos “de conciencia”, como ha escrito alguien. Múgica, porque no le pareció oportuno estando entonces fuera de España, exiliado; pero él mismo, en unión con el Obispo de Pamplona, en agosto y septiembre de 1936 había sido el primero en condenar la colaboración de los nacionalistas vascos con un gobierno enemigo de la Religión, yen reclamar el apoyo a los combatientes nacionales, entre los que había miles de vascos. Vidal estaba de acuerdo con el contenido de la Carta, y desde su refugio en Italia había transmitido su saludo a Franco; pero creía inoportuna la publicación, preocupado por la reacción anticlerical de los anarquistas, en cuyas manos quedaba Cataluña cuando él huyó con ayuda de la Generalitat para salvarse de la muerte, y a cuyas manos sucumbieron asesinados poco después su Obispo Auxiliar y centenares de sacerdotes. En 1938, alarmado porque arreciaba la presión bélica en la zona portuaria de Cataluña, escribe al Cardenal Pacelli: “Los últimos momentos de desespero de los anarquistas me espantan. Por ello no dejo de pedir a Dios… que nos depare un arreglo cristiano, a base de Franco“.

Los que posteriormente pretenden juzgar si aquello fue Cruzada o no, o hacen distinciones entre guerra civil y cruzada, están fuera de la historia real. Lo que aquello fue lo determinan los que así lo vivieron, no lo que otros opinen acerca de la bondad o la pureza de tal actitud. Papas, Obispos y fieles -los que la vivían-pensaban que la guerra era Cruzada religiosa o lucha por la Fe, sin que dejasen de usar también la denominación “guerra civil”. Así la vivieron los combatientes más lúcidos. “Millares de españoles han dado la sangre al grito de: ¡Viva España!, ¡Viva Cristo Rey!”. El resto, con mayor o menor asimilación, se situaban en esa órbita; si no todos los combatientes practicaban las formas de piedad de los requetés, los jóvenes de Acción Católica y tantos grupos en todas las unidades, todos se sentían dentro de la tonalidad religiosa general. El pueblo en retaguardia respira el mismo aire y conmemora a sus muertos como caídos “por Dios y por España”. Un escritor y conferenciante muy popular, cuando se le murió en combate su propio hijo, publicó un opúsculo que -contra corriente del precavido refrán “Más vale pájaro en mano que ciento volando”-intituló: “Más vale volando”.

Por otra parte, los que ahora repudian el “espíritu” de Cruzada, o el apoyo de la Iglesia a los defensores en armas del ideal cristiano, son con frecuencia los mismos que postulan el apoyo a las guerrillas armadas y movimientos que se cubren con la Teología de la Liberación en América. Y el Arzobispo de El Salvador, Oscar Romero, aducía por televisión poco antes de morir los mismos argumentos del Alzamiento español.

Frente a las caricaturas o deformaciones del “espíritu de Cruzada”, la Jerarquía no fomentó el triunfalismo; cultivó el sentido penitencial de la guerra. Entre los combatientes se fomentó lo más posible una espiritualidad cristiana. De modo especial, entre los jóvenes más ligados orgánicamente a la Jerarquía: las Juventudes de Acción Católica, con su periódico “Signo” y los Centros de vanguardia. Muchos combatientes se sintieron tocados sinceramente por la llamada al amor a los enemigos y se emocionaron con el lema del joven Antonio Rivera en el asedio del Alcázar: “tirad, pero tirad sin odio”. Algunos capellanes fueron admirados por su eficaz evangelización en unidades de choque de las más belicosas. Y no pocos profesionales de la milicia aspiraron desde entonces a realizar la síntesis de lo militar y lo evangélico, como sus antecesores alabados por Jesús.

Si fue un estímulo exigente el ejemplo de los Mártires, también lo fue la memoria de los muertos en combate por Dios y por la Patria. Pío XII en su mensaje al final de la guerra no omitió expresar su gratitud a los heroicos muertos en batalla “en defensa de los derechos inalienables de Dios y de la religión”.

En la Carta Colectiva (1937) los Obispos habían dicho: “Con nuestros votos de paz juntamos nuestro perdón generoso para nuestros perseguidores y nuestros sentimientos de caridad para todos. Y decimos sobre los campos de batalla y a nuestros hijos de uno y otro bando la palabra del Apóstol: “El Señor sabe cuánto os amamos a todos en las entrañas de Jesucristo”.