san bricioSan Bricio el seminarista

Todo el mundo conoce a San Martín de Tours, quien siendo aún catecúmeno, partió en dos partes su capa para dar la mitad a un pobre que, casi desnudo, temblaba de frío.

Pero lo que saben muy pocos es el milagro de la conversión que obró su caridad misericordiosa, para con uno de sus clérigos, llamado Bricio, que había osado burlarse de él y hasta insultarle.

Ante semejante conducta, todos los que rodeaban al Santo unánimemente condenaron al joven rebelde.

Era necesario, pues, cortarle el camino del altar e infligirle un ejemplar castigo.

El Santo, apoyándose en esta reflexión: «Si Cristo toleró a Judas, ¿por qué yo no sufriré a Bricio?», resolvió tomar la defensa del culpable. Lo mandó llamar y le habló con tanta amabilidad, dulzura y paternal afecto, que el joven clérigo, con su espíritu agitado tanto como confortado por aquella grande e inesperada bondad de su Superior, sintió al instante que el arrepentimiento invadía su alma y con el rostro arrasado por las lágrimas se postró a los pies de su bienhechor implorando humildemente perdón.

El pródigo se levantó, no sólo absuelto, sino firmemente decidido a reparar su pasado con una vida irreprochable.

Bricio mantuvo de tal modo su palabra, que no solamente fue sacerdote, sino Obispo, y en el año 400, a la muerte de San Martín, le sucedió en la sede de Tours y por fin, consecuencia maravillosa de la tierna caridad del Santo, alcanzó él también, después de su muerte, los grandes pero difíciles honores de la Canonización.