papaObra Cultural

Aparentemente es incomprensible y trágico encontrarse con un subnormal. ¿Por qué, Señor, por qué?… Pero la verdad es que cuando Dios permite un subnormal hace un acto de confianza a unos padres que sabe se desvivirán por él, a pesar de que carezca de los atractivos naturales. Y como que la vida humana no termina en la tierra, en el plan divino, un subnormal -que no puede pecar-, tendrá el cielo asegurado por la gracia del bautismo, mientras que muchos de grandes dotes de inteligencia y capacidad, quizá abusarán de las mismas para ofender a Dios y quizá perderse para siempre. Ni hay que desesperarse, ni hay que blasfemar, ni hay que dejarse llevar de imaginaciones estúpidas ante un subnormal. Hay que fomentar toda la vida que la ciencia y la caridad cristiana deben inspirar en estos casos, pero con esperanza.

Una madre cristiana, apóstol de los subnormales, ha escrito páginas bellísimas sabiendo encontrar la auténtica verdad y comprensión delicada. Nos referimos a Mercedes Carbó, autora del libro «Sonrisas rotas». Ella nos explica sus reacciones maternales ante este caso. Léalas y medítelas:

«La niña tiene diez años. La edad en que se descubre que, muchas veces no merece la pena preguntar a los padres, porque las respuestas de estos no son demasiado convincentes. Y, sin embargo, la pequeña no sabe preguntar. No entiende y lo más triste es que no sabe qué cosa quiere decir entender. Pero la madre se empeña en que aprenda, la madre quiere que su pequeña se parezca a las demás. Ha descubierto ya, que como las demás no será nunca. Pero, Dios, ¿no se les podrá parecer un poco? Y con esa idea se habla en el hogar -primero con ilusión, luego, sin darse cuenta, con temor-, de cuando la niña haga su Primera Comunión. ¡La Primera Comunión! ¿Podemos ignorar que Dios está muy cerca de los desheredados y de los niños? Y nuestros hijos, además de ser niños, ¿no pertenecen al mundo de los más olvidados? Sí, alguno vez se les como padece, se les acaricia, incluso se les dice ¡pobrecitos! Y con esto la sociedad se queda tan contenta. ¡No! No queremos compasión. ¡No! No queremos caricias de compromiso. ¡No! No queremos que vosotros, los listos, los elegidos consideréis a nuestros hijos sólo como alguien a quien compadecer. También tienen derecho a que se les enseñe la existencia de Dios.

Por todo esto no es de extrañar que una madre lleve a su hija de diez años al convento, donde unas mujeres intentan explicar a unos niños que no entienden el porqué del sol y de la luna, algo tan difícil e impalpable como es la realidad de Dios.  La primera lección es un asombro, de pura sencilla.

-Vosotros, ¿sabéis lo que es una flor?

-«Sí» -«Tí» -«Hum»…

Las respuestas están acordes según el grado de subnormalidad de cada niño.

-Vosotros. ¿Sabéis lo que es un pez?

-Hombre, claro… -Afortunadamente siempre hay un chico más listo que los demás-. Es lo que está en el agua.

-Sí. Y, ahora, ¿sabéis lo que es un pájaro?

-«Sí» -«Tí»-. Y la alegría desbordada de una niña que grita feliz al entender algo. -¡Un pípi!-porque para esta niña los pájaros son «pípis»; los perros «gua-guaus y los gatos miau-miaus». La hermana prosigue.

-Pues bien. Las flores, los peces y los pájaros, los hace Dios.

Es, a no dudar, una lección muy corta, pero, ¿se puede decir más en tan pocas palabras? Una madre podría darnos la respuesta. Es una madre, que al día siguiente de la primera lección de catecismo, cuando acompaña a su hija y mientras se pregunta si merece la pena que su pequeña haga la Primera Comunión, descubre que sí vale la pena. Su hija, camino de la escuela se para de pronto y mirando muy seria, le pregunta. -Mamá, Dios, ¿dónde está?

Y entonces la madre fuerte, la madre que creyó superados llantos y sollozos, siente que algo suave -increíblemente suave-, oprime su corazón. No, no le está permitido llorar, pero tampoco le está permitido decir a su hija todo cuanto, en unos instantes, ha sentido. Dios está en tí hija. Dios me está mirando a través de tus ojillos miopes. Dios está en esta alegría que tú me has dado. Dios, Pitusa, está en tu afán de cariño. Dios, hija, está en tu cuerpo moldeado por el dolor. Y amanece el DÍA. Dios, ¿cómo se comportará nuestra hija? Es la primera oración de los esposos, al amanecer el gran DÍA. Durante la misa, la niña se muestra inquieta. Su voz es la única que resuena en la pequeña iglesia donde otros niños distintos comulgarán.

– ¡Avi! ¡Vaya! ¡Abuelita! ¡Tía! ¡Tío!- y, después, los nombres de los hermanos. Los quiere TODOS JUNTO A SI. No entiende por qué no están junto a ella. ¿Qué pasará cuando Dios se acerque por primera vez a su hija? Mas no pasa nada. Nada espectacular. Todo es normal. Pero la madre, cuando ve que su pequeña tiene dentro de sí a Dios y cuando su Pitusa le dice muy seria, señalándose el pecho. -«Mamá. Dios está aquí», la madre cree que por primera vez, tiene derecho a romper los diques de tantos llantos reprimidos y, por primera vez, al llorar, tranquila y sosegadamente, en la pequeña iglesia de un Colegio de Educación Especial, la madre está, sin ella saberlo, desbordando alegría.

-«¡Dios etá aquí!» Es su hija quien lo ha dicho. ¡Su hija! esa hija que un día le dijeron que nunca serviría para nada. Por eso la madre hoy, está dando gracias a Dios y rezando como nunca lo hiciera. -Dios, hazme buena para que mi hija se sienta feliz como ahora. Dejad que los niños se acerquen a mí. Tú has permitido que esa pequeña, mi Pitusa, fea, desgarbada e indefensa, se sienta más cerca de Ti que nunca lo estuvieran sus padres. Ella no sabe de maldad y está contenta porque Tú, que haces nacer flores, pájaros y peces, estás ahora en su corazón: por eso sus padres la miran con infinito amor. Ella no sabe qué cosa es un corazón, sólo sabe que ese Dios tan bueno está dentro de ella y que ella, lo niña subnormal, la niña que muchas veces causa lástima o risa, alberga dentro de sí ese ser tan poderoso que las monjitas le han dicho que se llama Dios. -«¡Dios etá aquí»- esto es quizá, lo único que la niña, como muchos de sus compañeros comprende, pero la madre, al repetírselo una otra vez, siente que ella, con sus estudios, su preparación y su inteligencia normal, nunca ha sido capaz de sentir algo tan grande, simple y decisivo como el absoluto convencimiento de ése «Dios está aquí»-. Porque la madre, como otros muchos, ha dudado alguna vez.

-¡Gracias Dios! Has disipado mis dudas. Has conseguido, a través de mi pequeña, lo que no consiguieron años y años de amenazas y castigos. Porque Tú, Dios, no eres amenaza ni castigo. Tú, Dios, eres comprensión. Debes serlo. Tú eres lo único en quien apoyarse en esas horas de tremendo desconcierto. Gracias por acercarte a mi hija y haberle permitido descubrir la existencia de alguien que la quería sin acordarse que era distinta a los demás. Gracias, <<Tu hijo no es como los demás». Estas palabras martillean una y otra vez en tus sienes. Y entonces nace en ti la rebeldía y esta rebeldía se encamina hacia Dios. ¿Por qué Dios, por qué? Y ante su silencio crecen tus deseos de preguntar, ¿qué he hecho para merecer este castigo? Mas pronto -quizá no tan pronto como tú hubieras deseado empiezas a darte cuenta de que tu hijo, aun no siendo como los demás, te está proporcionando más alegrías, más ilusiones y, sobre todo más amor. Entonces es cuando por primera vez dejas de preguntar a Dios «¿por qué?» y al rezar, te olvidas ya de recriminaciones y empiezas a mirar con infinito amor y con inesperada alegría a ese pequeñajo que llegó a la vida como un ángel con las alas rotas. Estoy llorando Dios, pero Tú sabes que si lo hago es porque he vencido lágrimas y rebeldías inútiles ¡Por favor, Dios! Hazme lo suficientemente buena e inteligente, para que mi pequeña sepa que en mi corazón, en el de mi esposo y en nuestro hogar, ella ocupa el mismo lugar que los demás: ni mejor, ni peor, el mismo. Gracias, Dios, por las palabras que hoy ha pronunciado mi hija: «Dios está aquí…»

Miremos con amor a todos los subnormales. En cada uno de ellos veamos un hijo de Dios, que completa los padecimientos de la Pasión de Cristo, y está destinado a gozar de Dios por toda la eternidad.

«JESÚS Y MARIA SON LOS FUNDAMENTOS PRIMA-RIOS DE LA RELIGIÓN CRISTIANA. NO ES CRISTIANO GENUINO LA PERSONA QUE NO TIENE DEVOCIÓN A LA MADRE DE JESUCRISTO Y DE TODOS LOS CRISTIANOS», dice San Juan Eudes. Una manera sencilla y filial de este amor a la Virgen María son las TRES AVEMARÍAS bien rezadas cada mañana y cada noche.