confesionMª Pilar Frigola

No hace mucho, una amiga se encontró en una situación un poco rocambolesca, y se explayó conmigo. Había pedido confesión a un sacerdote antes de la Santa Misa, y el sacerdote se la negó. Acabada la liturgia mi amiga insistió, y entonces el sacerdote la escuchó en confesión, alegando para su negativa anterior que era hora de empezar la celebración y no había tiempo de confesar. Pero cuál sería su sorpresa cuando el sacerdote le dijo que hoy día casi nadie comete pecados mortales y le preguntó que quién le había dicho que tenía que confesar los pecados que estaba confesando (evidentemente no me dijo cuáles eran, ni pregunté). Mi amiga me decía que no se sentía muy tranquila con la absolución recibida, que no era la de la fórmula tradicional que le dan otros sacerdotes, sino un simple “yo te perdono tus pecados”, y que estaba considerando volver a confesarse con otro sacerdote.

La confesión sacramental es un sacramento que se ha banalizado en muchos lugares, y que por desgracia muchos sacerdotes aconsejan poco, o no aconsejan, o no confiesan a los penitentes. En muchos lugares se da una absolución colectiva, o bien se absuelve individualmente a los que asisten a celebraciones comunitarias de la penitencia, pero sin escuchar los pecados de nadie, ni amonestar, ni imponer penitencia alguna, en un acto que constituye un auténtico sacrilegio. Pero la confesión sacramental privada, con las cinco condiciones que nos enseñaban en el catecismo (examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia) es la forma ordinaria instituida por Dios para que se nos perdonen nuestros pecados y podamos salvar nuestra alma. Entiendo que un ignorante enseñe otra cosa. No entiendo que un sacerdote menosprecie o minusvalore un sacramento.

Porque la confesión sacramental nos es muy necesaria. Es cierto que en condiciones extraordinarias, Dios también perdona aunque no medie absolución, por ejemplo en peligro de muerte y si no es posible hacer una confesión bien hecha. Pero en condiciones ordinarias, si no nos confesamos como Dios manda, si no cumplimos las cinco condiciones para confesar bien, no solo no se nos perdonan los pecados, sino que encima cometemos un gravísimo pecado de sacrilegio. Esta sola es una razón grave para que cualquier cristiano frecuente la confesión, y también para que cualquier sacerdote sea muy escrupuloso en la administración del Sacramento. ¡Qué grave responsabilidad adquieren los sacerdotes que lo administran mal! Pero es que hay otras razones que hacen aconsejable confesarnos con frecuencia.

En primer lugar, no es posible adelantar en santidad sin confesar con frecuencia. Todos los maestros de vida interior han recomendado no solo la confesión frecuente, sino confesar los pecados veniales además de todos los pecados mortales que pudiéramos cometer. Porque aunque un alma con pecados veniales no es un alma muerta, sí es un alma enferma. Y los combates de la vida espiritual contra el mundo, el demonio y la carne, se vencen más fácilmente si el alma está sana, en Gracia de Dios, que si está enferma de pecados veniales e imperfecciones. Sin el auxilio de la Gracia no podemos vencer. Y la Gracia se alcanza con la confesión, cuanto más frecuente, mejor.

En segundo lugar porque es una escuela de humildad. No sólo por arrodillarse ante un hombre tan pecador como nosotros mismos, sino por decirle sin tapujos todas la veces y en qué forma hemos ofendido a Dios venciendo la vergüenza y la humillación. Además, si uno intenta hacer bien su confesión, debe examinar sus moradas interiores, aprender a reconocer sus defectos, y a la larga conoce sus debilidades, sus vicios y también sus virtudes. Y puede aprender a pedir ayuda en aquello en que es más débil. Nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos.

En tercer lugar, el sacerdote que nos escucha y absuelve, puede aconsejarnos de forma muy sabia y eficaz. Sabia porque en el confesionario se escucha de todo, y en la experiencia ajena se puede aprender muchísimo. Eficaz, porque a esa sabiduría se une la Gracia Sacramental que le otorga el sacerdocio. ¿Cuántos penitentes han hallado no sólo la paz que da el saberse perdonados por Dios, sino el conseja sabio que les ha ayudado a resolver una situación difícil, les ha dado ánimos para confiar en Dios, fortaleza para perdonar, o alguna otra de forma de ayuda eficaz?. Porque en definitiva es Cristo quien escucha, perdona y aconseja a través de su sacerdote.

En cuarto lugar, nos puede ayudar a ser más precavidos. Si conocemos nuestros defectos, nuestras debilidades, porque estamos hartos de confesar siempre los mismos pecados, también aprendemos de qué pie cojeamos, y si realmente queremos enmendarnos, acabamos reconociendo qué situaciones de peligro pueden hacernos tropezar más fácilmente, para así evitar las ocasiones de pecado.

En quinto lugar, puede hacernos más indulgentes con los demás. Si nos reconocemos pecadores, si sabemos que Dios nos ha perdonado no setenta veces siete, sino setecientas veces siete, si sabemos que a pesar de nuestros esfuerzos -pocos o muchos- caemos siempre cada vez que volvemos a levantarnos y hacemos el propósito de no volver a pecar, ¿cómo vamos a ser severos con nuestros hermanos, si somos tan débiles como ellos?

Finalmente nos ayuda a reconocer que, aunque nos creemos que somos nosotros los que avanzamos en virtud, en realidad es Dios quien vence por nosotros. A través de la oración y la confesión advertimos que avanzamos en virtud en tanto que somos fieles a la misma oración y a los sacramentos. Y que si nos relajamos y perdemos la constancia, tropezamos con más frecuencia, pecamos más, y pecamos en cosas cada vez más graves. Por tanto, necesitamos frecuentar la oración y los sacramentos para perseverar y avanzar en virtud y en santidad.

Que Dios y su Santísima Madre nos protejan y ayuden.