marcelino menedez pelayoMarcelino Menéndez y Pelayo

Cultura Española, Madrid, 1941

  1. El siglo XIII y San Fernando

La Edad Media en general y muy en particular el siglo XIII, que es su cumbre, desde la cual ya se adivina el próximo descenso, estuvo penetrada y saturada de espíritus, y el espíritu la salvó, y la hizo pasar desde las torpezas de la barbarie hasta las suaves efusiones místicas; desde la desmembración anárquica, hasta el concepto del imperio cristiano; desde el balbuceo infantil de las jergas informes que se repartieron los despojos de la lengua clásica, hasta los resplandores de la inspiración épica de Francia y de Castilla, de Ia inspiración lírica de Provenza y del maravilloso poema simbólico de Italia, en que pusieron mano cielo y tierra; desde las sutilezas de una dialéctica formal y de un peripatetismo degenerado, hasta las grandes constituciones sintéticas del Ángel de las Escuelas y del mártir de Mallorca; desde los rudos y macizos pilares de la iglesia románica que parece que busca las entrañas de la tierra, hasta la aérea ojiva, calada, afiligranada y roseteada, pasmo de los ojos y símbolo de toda esbeltez y gentileza.

Aquella edad fue completa, aunque no fuese perfecta; logró encontrar su arte propio, su peculiar filosofía, los organismos sociales adecuados a sus funciones con la independencia necesaria a cada uno para su cabal desarrollo; pero en íntima relación y trabazón unos con otros. La vida exterior se desarrolló próspera y fecunda, por lo mismo que la vida interior y espiritual era tan intensa. A quien busca el reino de Dios, todo lo demás le será dado por añadidura. No hay medio tan seguro de caminar por la tierra como llevar puestos los ojos en el cielo. Los santos nos dan la clave de los sabios y de los héroes; en la vida oculta del asceta que parece ocupado tan sólo en el gran negocio de purificar y embellecer su alma para hacerla templo vivo del espíritu, se esconde a veces la revelación .del gran misterio de la historia, oculto a los ojos de la filosofía carnal y parlera; quitad del mundo a los que rezan y habréis quitado a los que piensan, y a los que pelean por causa justa, y a los que saben morir. ¿Ni cuál será más adecuada preocupación y más viril aprendizaje para las obras de la vida que traer continuamente delante de los ojos el espectáculo de la muerte libertadora y radiante corona, triunfo y palma del generoso esfuerzo con que el varón justo va labrando y desbastando el mármol de su alma, herido por los reflejos de la gracia? Al incrédulo que diga que tal cuidado es egoísta y superfluo, y que el hábito de vivir en las intimidades de la conciencia torna a los hombres inhábiles y los incapacita para la acción dejándolos a merced de las alucinaciones místicas, contesta victoriosamente la historia del siglo XIII, presentando a un tiempo en los vecinos trozos de Francia y de Castilla dos tipos de monarcas perfectos, que son a la vez tipos de santidad, levantados por la Iglesia a los altares: Grande administrador y organizador el uno, gran conquistador el otro; infelicísimo el primero en sus empresas bélicas porque así lo quisieron altos juicios de Dios, cuanto afortunado el segundo en todo aquello en que, puso la mano: héroe San Luis de paciencia y resignación en el infortunio, lo cual no es pequeño grado de heroísmo: héroe San Fernando de humildad y mansedumbre en la victoria, lo cual es quizá un grado de heroísmo más raro…