cura

Padre Jesús González-Quevedo, S.I.
Salamanca, 1971

Es preocupación antigua e incesante. Los profetas vaticinaron la renovación espiritual, como característica del Nuevo Testamento (5). San Pablo no se cansaba: de inculcarla (6). Y toda la tradición cristiana la ha venido poniendo en práctica con retiros, triduos y ejercicios de renovación.

El Vaticano II ha seguido, como no podía ser menos, la misma línea: «La adecuada .renovación de la vida religiosa abarca a la vez el continuo retorno a las fuentes de toda vida cristiana y a la primitiva inspiración de los Institutos, y la adaptación de los mismos a las cambiantes condiciones de los tiempos (P.C. 2). «Ordenándose la vida religiosa ante todo a que sus miembros sigan a Cristo, y se unan a Dios…, las mejores acomodaciones a las necesidades de nuestros tiempos, no surtirán efecto si no están animadas por la renovación espiritual, a la que siempre hay que dar el primer lugar, incluso al promover las obras externas» (lb., e). La razón es clara: «El Espíritu es el que vivifica» (In. 6, 63).

Pero sobre la espiritual, ha de venir también la renovación de las llamadas estructuras temporales, no para poner nuestra confianza en ellas, sino para cooperar con la Divina Providencia, que quiere ser servida con los dones naturales y sobrenaturales 7. Una actuación, humanamente más eficiente, se impone si consideramos que la Iglesia es la levadura que ha de transformar al mundo (Mt. 13.33), que cuenta con grandes ejércitos de sacerdotes, religiosos, religiosas, asociaciones apostólicas y fieles innumerables de gran calidad espiritual, humana, cultural y científica, con una historia dos veces milenaria en laque se «hizo posible lo imposible» innumerables veces; y que ahora, ante males y peligros colosales necesita «recuperar la iniciativa» y, oponer «amales colectivos remedios colectivos» para inyectar vida divina al individuo y a la sociedad, y dar nuevamente a la vida privada y pública rumbo y estilo cristianos.

Será necesario salir de marcos estrechos algunas veces: de la propia casa, la propia provincia y aún de la propia Congregación religiosa, y conectar en colaboración fraternal con otros Institutos religiosos y otras asociaciones de la Iglesia, en orden a grandes empresas apostólicas de dimensiones diocesanas, nacionales e internacionales; conservando; claro está, por regla general, las obras propias según las características de cada Instituto; «como se conservan las células para constituir organismos, pero qué deberían ampliarse o complementarse… con la confederación de las distintas o semejantes fuerzas» (8).

Las dificultades saltan a la vista. Si es difícil la dirección y gobierno de una sola casa, provincia o  familia religiosa; si es difícil llevar con eficacia, hondura y visión apostólica una revista, o cualquier obra de carácter espiritual, cultural, social o asistencial, dirigida por miembros de un mismo Instituto, tan homogéneos todos; las dificultades aumentarán en proporción a la cantidad y diversidad de los elementos que intervengan en la realización de estas, macro-organizaciones, cuya dirección no se debería dejar nunca en manos sin experiencia profesional y sobre todo sin espíritu religioso. Aún dentro del propio Instituto, ¿no habrá prácticas y normas en la vida religiosa que con nula o escasa utilidad para la vida espiritual de sus miembros entorpezcan grandemente su eficacia apostólica? ¿No habrá obras que podrían ser reemplazadas por otras más necesarias actualmente y de más rendimiento apostólico? ¿No habrá modos y maneras, distintos de los antiguos, pero más eficaces para conseguir una formación espiritual y profana más amplia, más profunda y más acrisolada en los miembros del propio Instituto y en aquellos con quien se trabaja? ¿No vemos que las fuerzas del mal con valores muy inferiores a los de la Iglesia, los aprovechan sagazmente, y consiguen para sus fines un rendimiento mayor del que conseguimos nosotros con los nuestros? ¿No estaremos nosotros desaprovechando y dejando baldías para el apostolado muchas fuerzas de almas sinceras y humildes, que buscan a Dios y el bien del prójimo con las limitaciones que todos tenemos, juzgándolas durísimamente, y limitando su actividad en favor de otras, en vez de conjugar con visión y corazón grandes los esfuerzos de todas A.M.D.G.?

Estas y otras parecidas preguntas desea la Iglesia que se las hagan los Capítulos Generales, tras una amplia, libre y apta consulta de sus miembros, que les ayude en su trabajo para retener lo inmutable y excluir «las cosas que ya están anticuadas o las que respondan a costumbres mudables», cambiándolas por otras «que respondan a la época actual…, y a las peculiares circunstancias de la realidad» (E.S. 1-4; 12-14).

  1. Ezeq. 11, 19; 36, 26; Jer. 31, 33.
  2. Cf. 2 Cor. 4, 16; 5, 17; Gal. 6, 15; Col. 3, 10; Ef. 4, 23.
  3. IGNACIO DE LOYOLA, Constituciones S. J., Parto 10, n. 3.
  4. Los entrecomillados son de mi trabajo Opción insoslayable: reconquista moral o desbordado libertinaje, pp. 37, 23, 20, 18 respectivamente.