Padre Manuel Martínez Cano mCR.

San Agustín - escribiendoLa palabra fin significa el término de una cosa, y así decimos que la muerte es el fin o término de la vida terrena.

Los animales ignoran su fin y se dirigen a él impulsados por el instinto que Dios ha dejado impreso en su naturaleza. La araña construye su tela, el ave su nido, las abejas el panal, etc., ignorando en absoluto cuál es la finalidad de lo que hacen.

Las personas tienden a su fin dándose cuenta, con su entendimiento, y realizándolo libremente con su voluntad.

Todo acto humano supone el conocimiento y la intención de alcanzar algún fin determinado y, a la consecución de ese fin, se ordena la actividad humana; el hombre sería un autómata si no se moviera por una determinada finalidad.

La persona humana tiene como fin último de su vida la glorificación de Dios. Si voluntariamente se aparta de este fin, comete un grave desorden, que es el pecado, y se pone en peligro de eterna condenación, porque antepone sus pecados a su último fin.

Dios ha querido que las personas encuentren su plena felicidad glorificándole a Él. El que renuncia a dar gloria a Dios voluntariamente, renuncia por lo mismo a ser feliz.

No hemos nacido para otra cosa, ni nuestra vida tiene otra razón de ser que alcanzar la felicidad eterna del Cielo. “No tenemos aquí ciudad permanente, antes buscamos la futura” (Heb. 9, 14).

San Ignacio de Loyola recogió esta idea fundamental en la primera meditación de sus Ejercicios Espirituales, dándonos a la vez la norma simplificadora de nuestra conducta en la tierra: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre y para que le ayuden a la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar dellas (de las cosas), quanto le ayuden para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden.

Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que le es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; de tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados”.

“Et creavit Deus homínem” (Gén 1, 27)

Dice San Ignacio que los hombres hemos sido creados para alabar, hacer reverencia y servir a Dios.

La alabanza nace espontáneamente del conocimiento de la bondad infinita de Dios, experimentada por nosotros en los beneficios que hemos recibido de Él.

Por la alabanza reconocemos a Dios como bienhechor magnánimo y como nuestro bien supremo: “¡Dios me creó, luego soy de Dios; me creó todo, luego todo cuanto soy, de Dios soy!” (San Agustín).

La reverencia es el homenaje de compostura y modestia exterior e interior con que reconocemos nuestra inferioridad ante Dios creador.

¡Qué grandeza, qué poder, qué realeza la de nuestro Dios! Cómo deberíamos sentirnos abrumados, anonadados ante su presencia!

Servir a Dios es sujetar nuestra voluntad a la suya, hacer lo que Dios quiere y como Dios quiere: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (San Agustín).

Servimos a Dios orando, trabajando, estudiando, comiendo, descansando, divirtiéndonos honestamente, pues es el mismo Dios quien nos manda orar, trabajar y descansar. Servir a Dios es reinar.