Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Jesús y la Bienaventuranzas

Salvar el alma es terminar esta vida en gracia de Dios, para gozar de la eterna bienaventuranza del Cielo.

Nada nos interesa tanto como saber qué debemos hacer para salvarnos. La respuesta la tenemos en las palabras que el Señor le dijo a un joven rico: “Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los Mandamientos” (Mt. 19, 16-17).

El Señor le dice al joven, “si quieres”, porque ni aquel joven, ni nosotros, podemos salvamos si no queremos: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (San Agustín).

Pero hay que querer de veras, no valen las veleidades del perezoso, como dice la Sagrada Escritura: “Quiere y no quiere a un tiempo el perezoso” (Prov. 13, 4). Querer de veras es poner nuestra voluntad de acuerdo con la voluntad de Dios en todo.

Cuando queremos de veras estamos dispuestos a trabajar, a sacrificamos y a no detenernos ante ninguna dificultad.

Trabajar con confianza, no en nuestras pobres fuerzas, sino en el Señor, que le dijo a San Pablo: “Te basta mi gracia” (2ª Cor. 12, 9).

Trabajar con generosidad, como lo merece la importancia de la vida eterna, como lo merece Nuestro Dios y Señor a quien servimos.

Trabajar con perseverancia, sin desalentamos jamás, teniendo presente la advertencia del Señor: “Seréis aborrecidos de todos por mi nombre; el que persevere hasta el fin, se salvará” (Mt. 10, 22).

Nuestra breve existencia sobre la tierra tiene importancia decisiva y valor trascendental, porque la vida eterna depende de la vida terrena.

La salvación eterna es un asunto personal que no podemos encargar a otro, sino que necesariamente lo debemos resolver nosotros mismos.

Es absolutamente cierto que mi salvación depende sólo de dos voluntades: la de Dios y la mía. Y Dios quiere salvarnos: “Dios nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven” (1ª Tim. 2, 3-4). Si tú quieres salvarte, te salvarás.

El joven español Francisco Javier vivía en París lleno de sueños de grandeza y vanidad. Todo le iba bien, querido de todos, profesor de uno de los colegios de la Sorbona, pero olvidado del gran negocio de su vida. La divina Providencia quiso que otro español – Ignacio de Loyola- marchara a París donde conoció al joven navarro y se hicieron amigos. San Ignacio le recordaba siempre las palabras del Señor: “Qué aprovecha al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mt. 16, 26).

San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier salvaron sus almas y las de miles y miles de hombres.

“Si descuidamos el alma no podremos salvar ni el cuerpo, porque no ha sido hecha el alma para el cuerpo, sino el cuerpo para el alma” (San Juan Crisóstomo).

No digas: “He pecado, y ¿qué me ha pasado?”, porque el Señor sabe esperar. Del perdón no te sientas tan seguro, mientras acumulas pecado tras pecado. Y no digas: “Es grande su compasión, me perdonará mis muchos pecados”, porque Él tiene compasión y cólera, y su ira recae sobre los malvados. No tardes en convertirte al Señor, ni lo dejes de un día para otro, porque de repente la ira del Señor se enciende, y el día del castigo perecerás. (Eclesiásticos 5, 4-7).

“No endurezcáis vuestro corazón hoy que oyes su voz, ábrele tú corazón, y pues que tienes tiempo trabaja en tu salvación” (Salmo 95, 8).

“Misterio verdaderamente tremendo y que jamás se meditara bastante: que la salvación de muchos depende de las oraciones y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo destinada a este objeto y de la colaboración de los pastores y fieles (…) con lo que vienen a ser colaboradores de nuestro Divino Salvador” (Mystici Corporis) (Papa Pío XII). Colaboremos con Cristo en la salvación de las almas.

¡Combatamos los nobles combates de la fe!