Javier Barraycoa

Apología de la HispanidadGomá tampoco se priva de elogios a la gesta española: “Porque “la mayor cosa después de la creación del mundo -le decía Gómara a Carlos V- sacando la encarnación y muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias”. Colón descubriendo las de Occidente y Vasco de Gama las del Oriente, son los dos brazos que tendió Iberia sobre el mar, con los que ciñó (199) toda la redondez del globo”. Despreciando la leyenda negra (6).

(6). La obra de España en América está hoy por encima de las exageraciones domésticas de Las Casas y de las cicaterías de la envidia extranjera. Es inútil, ni cabe en un discurso, reducir a estadísticas lo que acá se hizo, en poco más de un siglo, en todos los órdenes de la civilización.

E intentando transmitir al auditorio la magnificencia, aún en lo meramente humano de la obra de España en el Globo: “Al esfuerzo español surgieron, como por ensalmo, las ciudades, desde Méjico a Tierra del Fuego, con la típica plaza española y el templo, rematado en Cruz, que dominaba los poblados. Fundáronse universidades que llegaron a ser famosas, en Méjico y Perú, en Santa Fe de Bogotá, en Lima y en Córdoba de Tucumán, que atraía a la juventud del Río de la Plata. Con la ciencia florecían las artes; la arquitectura reproduce la forma meridional de nuestras construcciones, pero recibe la impresión del genio de la raza nueva” (7).

(7). Y continúa: “y el gótico, el mudéjar, el plateresco y el barroco de Castilla, León y Extremadura, logran un aire indígena al trasplantarse a las florecientes ciudades del Nuevo Mundo. La pintura y la escultura florecen en Méjico y Quito, formando escuela; trabajan los pintores españoles para las iglesias de América, y particulares opulentos legan sus colecciones de cuadros a las ciudades americanas. Fomentan la expansión de la cultura la sabia administración de Virreyes y Obispos, las Audiencias, castillo roquero de la justicia cristiana, los Cabildos y encomiendas, que forman paulatinamente un pueblo que es un trasunto del pueblo colonizador”.

El arte hispano en América no fue un mero trasplante y copia del español, sino que creó sus propias escuelas y estilos reavivando el genio artístico español en nuevos frutos. Por eso se puede hablar de fusión, no de conquista o asimilación: “Porque la obra de España ha sido, más que de plasmación, como el artista lo hace con su obra, de verdadera fusión, para que ni España pudiese ya vivir en lo futuro sin sus Américas, ni las naciones americanas pudiesen, aun queriendo, arrancar la huella profunda que la madre las dejó al besarlas, porque fue un beso de tres siglos, con el que la transfundió su propia alma”. Esta fusión se da en los siguientes ámbitos:

-“Fusión de sangre, porque España hizo con los aborígenes lo que ninguna nación del mundo hiciera con los pueblos conquistados” (8).

(8). Cohibir el embarque de españolas solteras para que el español casara con mujeres indígenas, naciendo así la raza criolla, en la que, como en Garcilaso de la Vega, tipo representativo del nuevo pueblo que surgía en estos países vírgenes, la robustez del alma española levantaba a su nivel a la débil raza india. Y el español, que en su propio solar negó a judíos y árabes la púrpura brillante de su sangre, no tuvo empacho de amasarla con la sangre india, para que la vida nueva de América fuera, con toda la fuerza de la palabra, vida hispanoamericana. Ved la distancia que separa a España de los sajones, y a los indios de Sudamérica de los pieles rojas”.

-“Fusión de lengua en esta labor pacientísima con los que misioneros ponían en el alma y en los labios de los indígenas el habla castellana, y absorbían al mismo tiempo -sobre todo de labios de los niños de las Doctrinas- el abstruso vocabulario de cerca de doscientas, no lenguas, sino ramas de lenguas que se hablaban en el vastísimo continente”.

-“Con la fusión de lengua vino la fusión, mejor, la transfusión de la religión. Porque el español, hasta el aventurero, llevaba a Jesucristo en el fondo de su alma y en la médula de su vida, y era por naturaleza un apóstol de su fe” (9).

(9). Se ha dicho que el conquistador español, mostrando al indio con la izquierda un Crucifijo y blandiendo en su diestra una espada, le decía: “Cree o mueres”. ¡Mentira! Esto puede denunciar un abuso, no un sistema. La palabra cálida de los misioneros, su celo encendido y sus trazas divinas, su amor inexhausto a los pobres indios fueron, por la gracia, los que arrancaron al alma india de sus supersticiones horribles y la pusieron a los pies del Dios Crucificado.