
Estimados Hermanos, Presidentes de las Conferencias Episcopales:
¡Nos dirigimos a vosotros con profunda aflicción!
El mundo católico está desorientado y se plantea una pregunta llena de angustia: ¿hacia dónde está yendo la Iglesia? Ante la deriva que está en marcha, parece que el problema esté reducido al de los abusos de menores, un crimen horrible, sobre todo cuando quien lo perpetra es un sacerdote, pero que, sin embargo, es sólo parte de una crisis mucho más amplia. La plaga de la agenda homosexual se ha extendido dentro de la Iglesia, fomentada por redes organizadas y protegida por un clima de complicidad y silencio. Las raíces de este fenómeno se encuentran, es evidente, en esa atmósfera de materialismo, relativismo y hedonismo en la que la existencia de una ley moral absoluta, es decir, sin excepciones, es puesta en discusión abiertamente.
Se acusa al clericalismo por los abusos sexuales, pero la responsabilidad primera y principal del clero no es el abuso de poder, sino el haberse alejado de la verdad del Evangelio. La negación, también pública, con palabras y hechos, de la ley divina y natural, es la raíz del mal que corrompe determinados ambientes de la Iglesia.
Ante esta situación, hay cardenales y obispos que permanecen en silencio. ¿También vosotros permaneceréis en silencio con ocasión de la reunión convocada en el Vaticano el próximo 21 de febrero?
Formamos parte de quienes, en 2016, interpelaron al Santo Padre sobre los «dubia» que dividían a la Iglesia tras las conclusiones del Sínodo sobre la familia. Hoy, esos «dubia» no sólo no han recibido aún respuesta, sino que son también parte de una crisis de fe más general. Por tanto, os animamos a elevar vuestra voz para salvaguardar y proclamar la integridad de la doctrina de la Iglesia.
Rezamos al Espíritu Santo para que ayude a la Iglesia e ilumine a los pastores que la guían. Es urgente y necesario un acto resolutorio. Confiamos en el Señor, que prometió: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20).
Cardenal Raymond Leo Burke
Todo lo relativo al matrimonio puede y debe ser regulado por la autoridad civil en virtud de su obligación de velar por el bien de la sociedad. No debe ocultarse, por razones estratégicas, que las leyes, además de regular la conducta de los ciudadanos, modulan la mentalidad, las actitudes y sentimientos de los mismos; crean estados de opinión, provocan la elevación o el descenso del voltaje espiritual de los pueblos. Una ley que de modo directo e ineludible contribuirá en corto plazo a banalizar la idea de la unión conyugal afecta a todas las vertientes de la vida humana: la social, la ética, la religiosa. (Alfonso López Quintás – Manipulación del hombre en la defensa del divorcio)
«Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón». Sí, aprendamos de Él. Aprendamos de Jesús en su vida oculta, en su vida pública, en su vida dolorosa, en su vida eucarística. Durante nueve meses se encerró en las purísimas entrañas de María Santísima. Nació en un pesebre, sobre un poco de paja y aquel Niño era el Hijo de Dios, igual al Padre y la Espíritu Santo, la Sabiduría increada. Fue circuncidado, huyó a Egipto, vivió escondido en una aldea de Galilea (Nazaret), aprendiz y obrero, pasó treinta años obedeciendo, Él que era el Amo del mundo.
“Conservad, pues, esposos, un tierno, constante y cordial amor a vuestras esposas… Si queréis que os sean fieles vuestras esposas, enseñadles la lección con vuestro ejemplo. ¿Con qué cara queréis, decía S. Gregorio Nacianceno, pedir honestidad a vuestras mujeres, viviendo en deshonestidad vosotros?” – “Mas vosotras, mujeres, cuya honra está inseparablemente unida con la pureza y honestidad, conservad celosamente vuestra gloria, y no permitáis que disolución alguna, sea la que fuere, amancille la blancura de vuestra reputación. Temed cualquiera invasión, por pequeña que sea; nunca permitáis que os anden alrededor los galanteos; tened por sospechoso a cualquiera que entre alabando vuestra belleza y vuestra gracia…; pero, si a estas alabanzas añade algunos desprecios de vuestro marido, ése os ofende mucho, pues claro está que, no solamente quiere perderos, sino que os juzga ya medio perdida, y que ya está medio hecho el trato con el segundo comprador cuando se está disgustado con el primero”.
Una de las dificultades más frecuentes en la vida espiritual es la tentación de desesperanza ante nuestras propias caídas y limitaciones. La M. María Félix, que tenía una experiencia profundísima del amor y la misericordia del Señor, procuraba siempre, con la palabra y con el ejemplo, dirigir la mirada al Corazón de Cristo para experimentar su misericordia infinita. Así lo hace en esta carta dirigida a una joven religiosa el 7 de noviembre de 1961.