Cataluña en la España tradicional (1)

Francisco Canals

Beato Papa Inocencio XILa Cataluña del siglo XVII debería, al parecer, estar muy presente en la memoria histórica del pueblo catalán. A ella se refieren símbolos como Els segadors, que evoca el alzamiento de 1640, el 11 de septiembre, recuerdo del fin heroico de la guerra antiborbónica de 1705-1714, y también el Cant dels aucells, que sugiere con su melodía el canto con que los barceloneses celebraban la llegada de su rey, el pretendiente austríaco, y expresaban su deseo de ver fuera de España a los franceses.

Pero Els segadors se canta dejando en el olvido la letra del canto popular de entonces. El Cant dels aucells es para casi todos una melodía sin letra como no sea la del villancico navideño. En cuanto al 11 de septiembre de 1714 y a sus hombres, primero románticamente mitificados, quedaron después silenciados y ocultos.

Algo misterioso habrá en aquella combativa Cataluña, para que el mismo Prat de la Riba, en tiempos de entusiasmo y euforia, aconsejase honrar, pero no imitar “a los hombres que presidieron la decadencia de Cataluña”. El historiador Vicens Vives, para quien el catalanismo ha sido el reencuentro con Europa después de cuatro siglos de ausencia, interpretó la Nueva Planta como la supresión de un anquilosado sistema de fueros y privilegios, con lo que los catalanes, liberados de las trabas de un mecanismo legislativo inactual, se vieron obligados a mirar hacia el porvenir. Parece que desde esta perspectiva habría que conmemorar el 11 de septiembre, pero como un homenaje a los ejércitos vencedores.

Creo que habría que volver siempre la atención a aquella Cataluña del siglo XVII, momentáneamente derrotada en 1714. Recientemente ha sonado el nombre de Narciso Feliu de la Peña, que en 1683 en el Fénix de Cataluña, dedicado al rey Carlos II, exponía un proyecto de fomento de la industria y el comercio en el Principado. En 1709 publicó también en Barcelona los tres tomos de sus Anales de Cataluña, destruida por mano del verdugo después de la victoria de Felipe V.

Los tres tomos de los Anales están dedicados respectivamente “a Jesús Nuestro Señor crucificado”, “al rey nuestro señor” -el archiduque Carlos, naturalmente, nombrado como Carlos III- y a la Patria, esto es, a Cataluña. En sus páginas hallamos narrado como el más importante acontecimiento de 1683 la publicación del Jubileo promulgado por el Papa Inocencio XI “para suplicar al Señor defendiese a su pueblo afligido de sus enemigos en el asedio de Viena”; “Dios Señor de los ejércitos dio la victoria a los suyos el día 12 de septiembre”, es la célebre victoria del rey polaco Sobieski, y el historiador refiere en seguida las procesiones, y luminarias con que durante tres días celebró Barcelona la liberación de Viena del asalto otomano.

Algunos años después, un grupo de catalanes, “la mayor parte gente humilde, siendo de diferentes oficios mecánicos, pero generosos en la intención y fervorosos en los intereses de nuestra sagrada religión”, luchaban por la reconquista de Budapest en 1686, “sacrificando los más gloriosamente su vida en defensa y testimonio de la constancia de la fe catalana”. El historiador incluye la lista de los catalanes que sirvieron al emperador Leopoldo en aquellos años en Hungría, y añade otros catálogos referentes a las guerras de los tiempos del emperador Carlos, en 1531, y de los que habían combatido también en Hungría en los tiempos del rey Fernando.

La lectura de Feliu de la Peña nos pone en contacto con una Cataluña que vive en las concepciones de la cristiandad, y de la que puede decirse que está alejada de las ideas de la política europea secularizada y regida por el sistema de equilibrio de poder. Luis XIV en efecto prestó su apoyo al imperio otomano en aquella guerra, predicada como “cruzada” por “el santo Pontífice Inocencio XI”.