Cataluña en la España tradicional (2)

Francisco Canals

María con Jesús muerto en sus brazosEl siglo XVII ha sido calificado con frecuencia como época de muerte cultural para Cataluña por pensadores catalanistas. Pero cuando Torras y Bages fue recibido en la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, en 1898, escogió como tema de su discurso de recepción, en el que habló por primera vez en lengua catalana en aquella Corporación barcelonesa, a una figura representativa de la Cataluña del siglo XVII: Fray Juan Romás de Rocabertí (1620-1699), de la familia de los vizcondes de Rocabertí y los condes de Perelada, que fue general de la orden dominicana y después arzobispo de Valencia. Adversario de las doctrinas galicanas proclamadas por la asamblea del clero francés en 1682, publicó en latín su obra en tres volúmenes De la autoridad del Romano Pontífice (Valencia 1692-1694) y la Bibliotheca Máxima Pontificia (Roma 1697-1699), que consiste en una vasta enciclopedia de 21 volúmenes. Su tratado sobre la autoridad pontificia fue prohibido por el Parlamento de París en 1695, y contra las obras de Rocabertí escribió Bossuet con el título de Gallia orthodoxa su redacción definitiva de la Defensa de la Declaración del clero galicano.

Bossuet vio en Rocabertí al menos moderado y más extremoso de sus adversarios. Rocabertí califica de herética la negación de la infalibilidad del Papa, en lo que en definitiva, nota Torras y Bages, le daría la razón el Concilio Vaticano I. Pero además, frente a la negación por el galicanismo de la potestad de los papas sobre lo temporal, afirma Rocabertí las posiciones más radicales, y propugna el poder directo del pontificado sobre los reyes.

Torras y Bages, que en el discurso aludido constata «el sufragio de la teología española» en apoyo de Rocabertí, toma hacia este una actitud comprensiva y simpática; advierte que su polémica se movía en el contexto histórico del régimen de la sociedad cristiana, y que lo que pretendía en el fondo el galicanismo era emancipar la autoridad de la monarquía absoluta de cualquier juicio moral emanado de la Iglesia. Esto explica el silencio que se hizo sobre él en la España del siglo XVIII: “A los ojos de la corte afrancesada el nombre del que había sido condenado por el Parlamento de París debía parecer abominable”.

Entiende Torras y Bages que Rocabertí ha de ser visto como un “vindicador de la libertad de la conciencia cristiana”, precisamente porque proclamaba la unidad del linaje humano, junto con la fe en el “Maestro infalible de todas las naciones”. Se oponía con ello al sistema político iniciado por la monarquía absoluta, llevado a su paroxismo por el “absolutismo revolucionario” y que tiene en el socialismo su última evolución. Para Torras y Bages este sistema entrega al Estado la vida religiosa, la familia y la propiedad.

Ante los juicios de valor emitidos por el gran definidor de la tradición de Cataluña, resulta sugestivo advertir la conexión de sentido y vivencia entre las guerras catalanas antiabsolutistas con las que la Cataluña tradicional emprendería un siglo más tarde contra la Francia revolucionaria y el imperio napoleónico. Conexión afirmada por Rovira y Virgili al decir que “los herederos de 1640 y 1714 son los carlistas de la montaña catalana”. Resulta sorprendente pensar que la tenacidad tradicional de Cataluña se expresa también, además de en muchas dimensiones de su vida colectiva, en el hecho de que entre 1794 y 1875 se diesen en nuestro pueblo siete guerras contrarrevolucionarias: la Guerra gran, la de la Independencia, la de “la Regencia de Urgel”, la de los agraviados, la de los “siete años”, la de “los matiners”, y la “segunda guerra carlista”.

Esta asombrosa tenacidad de la Cataluña tradicional se mueve evidentemente dentro de la España tradicional, aunque con el hecho diferencial de una mayor insistencia en la actitud guerrera contra el Estado liberal.

Sería urgente examinar por qué motivaciones, y a través de qué caminos los cambios culturales impuestos por el catalanismo en sus diversas etapas han llevado a “censurar”, en la conciencia colectiva, la memoria histórica de Cataluña; y por qué en nuestro pueblo el talante intransigente ha quedado ahora reservado para las corrientes hostiles a la Cataluña tradicional, mientras que hoy, incluso quiénes llevan en su sangre y herencia familiar los atavismos tradicionales, actúan ya como “modernizadores”, e incluso entienden como modernidad la legalización del aborto o la “secularización” de la cultura y de la educación en Cataluña.

(VERBO)