Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Dios coronado creador del UniversoDesde el inicio de la historia hasta el día de hoy los hombres han expresado su relación con Dios por medio de sus creencias y costumbres religiosas (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). De tal manera que el hombre aparece en la historia como un ser esencialmente religioso.

La relación con Dios exige de la persona el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, la humildad de corazón y el testimonio de otros hombres y mujeres que le enseñen a buscar a Dios.

La persona que sinceramente busca a Dios “descubre ciertas vías o caminos” para llegar al conocimiento de Dios. Son argumentos de razón convincentes que partiendo de la creación permiten llegar a la certeza de la existencia de Dios.

Los más famosos argumentos de razón, para demostrar la existencia de Dios, son las llamadas “cinco vías” de Santo Tomás de Aquino. Por los argumentos del doctor Angélico y el sentido común el hombre llega al conocimiento de la existencia de Dios.

Werner Heisemberg, el físico que ha revolucionado la ciencia del siglo XX, Premio Nobel, ha dicho: “Es posible establecer contacto entre el alma y Dios, de la misma manera que un ser humano puede establecer contactos con otros seres humanos. Lo que sí creo cierto es en Dios y que de Él viene todo. Las partículas atómicas tienen un orden y una armonía que tienen que haber sido impuestas por alguien”.

Una de las cinco vías de Santo Tomás es la del Ser necesario.

Alguien ha tenido que existir eternamente. Porque, si en un momento determinado no hubiese existido algo, en dicho momento no existiría nada; y como de la nada no puede salir cosa alguna, tampoco existiríamos nosotros ahora. Pero como estamos seguros de que nosotros existimos, necesariamente hemos de reconocer que algo, o alguien, ha existido siempre. A este Ser eterno le damos el nombre de Dios.

Junto a nosotros hay otros seres. La existencia del mundo visible también es evidente. Alguien ha tenido que hacer las maravillas de nuestro entorno. Hay quienes afirman que ese alguien es la naturaleza o la materia. A esta objeción responde la ciencia afirmando que la materia no es eterna, que empezó a existir.

El universo, la naturaleza, no se ha hecho a sí misma, porque ha empezado a existir. Necesariamente, pues, tiene que existir una causa fuera de la naturaleza que lo ha creado todo. Esta causa es sobrenatural. Y a esta causa sobrenatural es a la que damos el nombre de Dios.

Alfredo Kastler, Premio Nobel de Física, ha dicho: “La idea de que el mundo, el universo material, se ha creado a sí mismo, me parece absurda. Yo no concibo el mundo sino con un Creador, por consiguiente, Dios. Para un físico un sólo átomo es tan complicado, supone tal inteligencia, que un universo materialista carece de sentido”.

Observemos ahora al mundo creado. ¿Qué vemos en su conjunto? En el campo microscópico vemos el mundo fascinante de los átomos, las moléculas, los electrones, etc., con unas leyes y reglas que dan la sensación de una inteligente ordenación de todos estos elementos simples.

Si contemplamos la naturaleza, nos encontramos con uno de los fenómenos más sorprendentes de la creación: la vida, con una complejidad y unas realizaciones muchísimo más admirables que el cerebro electrónico más perfecto construido por el hombre.

Si de los seres vivientes observamos al hombre, el asombro crece ante la diversidad de sus órganos y de sus funciones. Porque además de todas las características de los seres vivos, tiene la particularidad de sus facultades espirituales, la inteligencia y la voluntad, que le hacen ser considerado como el rey de la creación.

Si dejamos la tierra y observamos el universo, nuestro asombro seguirá aumentando ante los enormes astros que se desplazan a velocidades fantásticas, con un orden matemáticamente calculado.

Esta armonía, este orden que observamos en todas las cosas, presupone una sabia organización y una poderosa inteligencia ordenadora. A esta inteligencia ordenadora damos el nombre de Dios.

Copérnico, eminentísimo astrónomo, dijo: “Si existe una ciencia que eleve el alma del hombre y la remonte a lo alto en medio de la pequeñez de la Tierra, es la Astronomía, pues no se puede contemplar el orden magnífico que gobierna el Universo sin mirar ante sí y en todas las cosas al Creador mismo, fuente de todo bien”.

La materia está sujeta al principio de inercia, no puede moverse por sí sola. Sin embargo, todos admiramos la prodigiosa maravilla del variadísimo y ordenadísimo movimiento del universo. Millones de estrellas, bolas gigantescas de masas impresionantes van a enormes velocidades por el espacio. La Tierra va a 10.000 Km. por hora, y el Sol a 300 Km. por segundo.

Este movimiento de las estrellas es tan exacto que se puede hacer el almanaque con muchísima anticipación, anunciando el día que ocurrirá un eclipse, la hora, cuánto durará, qué parte de la Luna o del Sol se ocultará, desde que punto de la Tierra será visible, etc…

Ahora bien, si un coche no se pone en marcha por sí solo, ¿quién ha puesto en movimiento esos millones de estrellas de masas tan impresionantes? Es el motor inmóvil que ha puesto la fuerza motriz en todas las cosas. Ese motor inmóvil, origen de todo movimiento, es Dios.

James B. Irwin, que tomó parte en el primer vuelo espacial lunar del 26 de Julio de 1.971, confiesa que su descenso y su paseo por la Luna fueron más que una empresa científica; le devolvieron la fe perdida: “Mientras nuestros cuerpos subían hasta los cielos, nuestros espíritus también se elevaban. Cuando entramos en el espacio, tuvimos una visión nueva de nosotros mismos, de la Tierra y de la proximidad de Dios… el sentido de la presencia de Dios y el sentimiento aplastante de que Él estaba con nosotros es algo que solamente he podido comprobar algún tiempo después del vuelo”.