Jesús enseñando a los doctores de la ley

Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

El autor principal de la Biblia es Dios, y el autor secundario el hombre.

Inspiración, en sentido bíblico estricto, es una acción divina o influjo sobrenatural por el cual Dios ilumina el entendimiento del autor sagrado para escribir un libro, y mueve eficazmente su voluntad para que exprese la verdad que Él mismo quiere expresar.

La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, y por lo mismo, libre de todo error. La palabra de Dios, que no puede engañarse ni engañar a otros, excluye todo error y contradicción.

Dios, suma verdad, no puede ser autor del error. “La Sagrada Escritura no puede mentir” (San Jerónimo).

En la Sagrada Escritura encuentra la Iglesia su alimento y su fuerza porque en ella recibe la palabra de Dios en toda su pureza. El Padre que está en los cielos sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos por medio de su Palabra.

El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia Católica, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo.

“El desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo” (San Jerónimo).

Dios al inspirar al autor sagrado respeta las cualidades personales y literarias de cada hombre y se acomoda a las circunstancias y ambientes de su época, pero hace que el autor conciba rectamente lo que debe expresar y lo exprese fácilmente.

En la Biblia hay distintos géneros literarios, como hemos visto en la clasificación de sus libros en históricos, didácticos y proféticos; y en cada caso hay que precisar lo que ha querido decir el autor sagrado.

Pero no puede admitirse de ningún modo la libre interpretación de los hechos bíblicos, basándose en unos supuestos géneros literarios, como hacen algunos, como si el autor sagrado, al explicarnos los hechos, pretendiera engañarnos o contarnos fábulas.

La intención del autor es explicarnos la verdad revelada por Dios objetivamente. Por tanto, si algunos hechos de la Biblia se encuentran en tradiciones populares o en alguna narración mitológica de algunos pueblos de la antigüedad, no se puede concluir que hay cosas en la Sagrada Escritura que son un mero ornato poético y simbólico (los árboles del Paraíso, la serpiente tentadora, etc…) como si fueran sólo puras imágenes bíblicas, sin verdadera realidad objetiva. Los autores sagrados narran y explican la realidad.

No se puede admitir, sin ninguna razón sólida, ningún género literario que se aparte del sentido literal histórico de los libros inspirados por Dios.

La Sagrada Escritura goza de una autoridad singular y única entre todos los libros del mundo. No hay libro de la Antigüedad que ofrezca las garantías de historicidad y autenticidad que ofrece la Sagrada Escritura. El autor clásico de quien se conservan mejores documentos es Virgilio. Y de Virgilio sólo conocemos tres códigos unciales. En cambio del Evangelio tenemos doscientos diez. ¡Superioridad aplastante!

De Aristóteles, que vivió trescientos años antes de Cristo, cuyo Tratado de Lógica sigue siendo la base de todo el razonamiento filosófico, el manuscrito más antiguo que conservamos de sus obras es de 1.400 años posterior a él. En cambio, de los Evangelios, existen manuscritos muy próximos a su redacción. El Evangelio de San Juan se escribió en el año 95. Pues bien, el papiro Reylnad que se conserva en Manchester, es una copia del Evangelio de San Juan que, según los científicos, se escribió en el año 130, tan sólo treinta y cinco años después.

De los tres siglos posteriores a Jesucristo han llegado hasta nosotros treinta papiros evangélicos. Es un caso único en toda la Historiografía grecorromana.

El crítico inglés de Literatura Clásica B.H. Streeter ha manifestado que los Evangelios en cuanto a su autenticidad tienen la posición más privilegiada que existe entre todas las obras de la Antigüedad.

Quien no admita lo que dicen los Evangelios, no puede admitir nada de la Historia Antigua, pues los hechos que narran los Evangelios constan con mucho más rigor histórico que todos los demás acontecimientos antiguos que la Historia reconoce como auténticos.