La gran Reina Isabel la Católica, en su lecho de muerte, cuando dictaba al escribano real su testamento: “Atraer los pueblos de Indias y convertirlos a la Santa Fe Católica”

Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

( I )

AMÉRICA ES LA OBRA CLASICA DE ESPAÑA (1)

América es de ayer: pero ayer es, para la historia, el lapso de cuatro siglos y medio que nos separan de su descubrimiento. Y, no obstante, la emoción histórica de este momento en que un continente vastísimo surge de entre mares inmensos, cabeza y pies adentrados en los polos opuestos de la tierra, poblado por razas desconocidas, con sus mil lenguas y sus dioses incontables, con climas que corren desde la zona tórrida a los hielos polares; esta emoción, digo, y el ideal que de ella pudo nacer, ya no hace vibrar el alma del mundo. Es que el mundo, egoísta, ha preferido echarse sobre las Américas con ansia de mercader—iba a decir con hambre de Sancho—y no a sopesar y encauzar, con alma hidalga, los valores espirituales del magno acontecimiento.

Este es el fondo único de todos los problemas del americanismo: el concepto materialista o espiritualista de la vida y de la historia. Tal vez la humanidad hubiese cantado con mejor plectro el hecho inmortal, si no hubiera sido España, la entonces envidiada y temida, hoy la cenicienta de Europa, la que arrancó al Atlántico sus seculares secretos. Quizá hubiera sido mayor la gloria, para las Américas y para la historia, si no se hubiese torcido el movimiento inicial de la conquista, espiritualista, ante todo.

Y, no obstante, el hecho está ahí, el más trascendental de la historia; y ésta pide una interpretación y una aplicación legítima del hecho. Porque “la mayor cosa después de la creación del mundo—le decía Gómara a Carlos V—, sacando la encarnación y muerte del que lo crio, es el descubrimiento de las Indias”. Colón, descubriendo las de Occidente, y Vasco de Gama, las de Oriente, son los dos brazos que tendió Iberia sobre el mar, con los que ciñó toda la redondez del globo. “El mundo es mío, pudo decir el hombre, con todas sus tierras, sus tesoros y sus misterios; y este mundo que Dios crio y redimió, yo lo he de devolver a Dios”. Este fue el hecho, y éste debió ser el ideal. La grandeza del hecho la cantaba Camones, cuando decía:

Del Tajo a China el portugués impera,

De un polo a otro el castellano, boga,

Y ambos extremos de la terrestre esfera

Dependen de Sevilla o de Lisboa.

El ideal lo proclamaba la gran Isabel la Católica, en su lecho de muerte, cuando dictaba al escribano real su testamento: “Atraer los pueblos de Indias y convertirlos a la Santa Fe Católica”. Nuestro gran Lope pondrá más tarde este doble ideal en boca del conquistador de Méjico:

Al Rey, infinitas tierras;

A Dios, infinitas almas.