“Todos lo tenemos quebradizo, con la ventaja, por nuestra parte, de que no es nuestro el adagio inglés que dice que “no hay indio bueno sino el indio muerto”, y que nosotros encontramos una América idólatra y bárbara y se la entregamos, entre dolores de alumbramiento, a la civilización y a Dios”.

Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

IV

FORMAS MAS EFICACES DE HACER RAZA Y TRABAJAR POR LA HISPANIDAD (2)

No hace mucho que en un libro publicado en una nación hermana para promover la más grande obra de civilización, que es la acción misional católica, se nos marcaba a los españoles, al fuego, con esta afirmación, tremenda: “Acaso jamás llevó nadie el nombre de cristiano y de católico más indignamente que los conquistadores de la Península Ibérica, que fueron los usurpadores y perseguidores despiadados, hasta exterminarlos, de los pobres indios. La mancha de sus nefandas empresas no se lavará nunca”. ¿Que no se lavará? ¿Que no la ha lavado toda esta literatura abrumadora de historia, de política, de psicología, con que hombres como Humboldt, Pereyra, André, Bayle y otros cien han pulverizado las mentiras de los adversarios del nombre español que, al decir de Nuix, coinciden todos en su animadversión contra el catolicismo? Este libro era denunciado por un eximio Prelado español el jesuita y gran americanista Padre Bayle, y al disparo desafortunado de pobre arcabuz, ha respondido el insigne escritor con el libro que acaba de salir de prensas, España en Indias, en que dispone, en serie, todas las baterías de la verdadera historia, logrando no sólo restaurar la vieja justicia, sino que, valiéndome de sus palabras mismas, anula los nuevos ataques con las nuevas defensas.

Vale, contra las negras imputaciones, hasta el recurso del “Más eres tú”. Porque no basta descubrir en la historia de nuestra gestión en América el garbanzo negro, hablando en vulgar, de unos hechos que somos los primeros en condenar, sino que hay que atender a la naturaleza de la conquista, en que no pocas veces nos tocó la peor parte; al principio general de que no hay guerra sin sangre, como no hay parto sin dolor; al principio más profundo de derecho, sostenido por nuestro gran Vitoria, que es lícito guerrear contra el que se opone al precepto divino de predicar el Evangelio a toda criatura, y, sobre todo, hay que comparar nuestra acción colonizadora con la de otros Estados y de otras razas.

¡Que España llevó a las Américas la violencia y el fanatismo, e Inglaterra exportó acá la libertad! ¡Que nuestras colonias americanas vivieron entecas y pobres y las inglesas son vigorosas, basta aventajar a la madre que las dio luz! La historia tiene sus revueltas, y hay que esperar que diga la última palabra en cuanto al éxito definitiva de las civilizaciones del Norte y del Sur de América. Cuanto a procedimientos, que es lo que aquí interesa, nos remitimos a la historia de los Pieles Rojas y a la trama de La Cabaña del Tío Tom, al Memorial, del Padre Vermeersch, que con mejor juicio que nuestro Las Casas, denuncia los abusos del Congo Belga, y a lo que nos cuentan las historias de Virginia, California y el Canadá. Y, como trabajo de síntesis, nos remitimos al capítulo XIV de la obra del Padre Bayle, titulado El tejado de vidrio. Todos lo tenemos quebradizo, con la ventaja, por nuestra parte, de que no es nuestro el adagio inglés que dice que “no hay indio bueno sino el indio muerto”, y que nosotros encontramos una América idólatra y bárbara y se la entregamos, entre dolores de alumbramiento, a la civilización y a Dios.