Publicado por manuelmartinezcano | Filed under Artículos, Imagén - Contracorriente
IMAGEN
07 martes Sep 2021
07 martes Sep 2021
Publicado por manuelmartinezcano | Filed under Artículos, Imagén - Contracorriente
07 martes Sep 2021
Posted in Guerra Campos
El Papa nos ha advertido sobre una infiltración extraordinaria del demonio en la hora presente de la Iglesia: es un ataque, desde el interior, a las raíces del ser mismo de la Iglesia y de la religión.
¿Cuál es el sentido de ese ataque radical, según las continuas enseñanzas del Papa? El día de San Ignacio (1) lo resumíamos en tres pretensiones descaradas (sin olvidar que les preparan el camino otras más disimuladas y ambiguas): la primera, vaciar la fe de su contenido revelado y confundirla con una corriente de opiniones y deseos de este tiempo; la segunda, prescindir de la constitución divina de la Iglesia, para reinventar una nueva; la tercera, reducir la misión de la Iglesia a una acción temporal, de carácter político revolucionario.
Anunciamos que otro día procuraríamos explicar un poco estas formas de la tentación diabólica. Comencemos hoy por la primera, con la ayuda de la Virgen María, vencedora de la serpiente.
El vaciamiento del contenido o de las verdades de la fe es un efecto del desinterés por aquellas realidades vivas, anteriores y superiores a nosotros, de las cuales se alimenta nuestra vida personal. La fe se empobrece, hasta reducirse a pensamiento humano, como simple creador de nuestros planes de acción.
Suele empezar todo por una desgana misionera en relación con los demás. Y suele cubrirse con una apariencia de bien, por deformación de una verdad. ¿Qué verdad es ésta? Que la revelación predicada por la Iglesia no cae en un vacío: Dios prepara el corazón de los hombres sembrando en ellos valores espirituales. La Iglesia se goza porque estos valores, que vienen de Dios, conducen a Dios, y por lo mismo disponen al hombre para recibir la palabra divina. Los que sin resistencia culpable ignoran la revelación pueden salvarse, si siguen de buena fe la voz de Dios que resuena en su interior; pero no por ello la Iglesia se siente menos urgida a proponer el mensaje de Cristo, luminoso y alegre, que confiere todo su sentido a los valores del corazón sincero, los hace conscientes, los purifica y los eleva. Como dijimos en otra ocasión (2), la buena fe del no creyente apunta hacia la fe, y la Iglesia le sale al paso con su acción misionera.
Notas:
(1) Ver capítulo 16.
(2) Idem 10.
07 martes Sep 2021
Posted in Semillicas

* La democracia es irracional.
* El liberalismo es la revolución de Satanás.
* «No explotarás al jornalero, pobre y necesitado, sea hermano tuyo o emigrante» (Dt 23, 14).
* Se necesita ser un ignorante universal para tragarse que la Iglesia Católica la fundó Carlomagno.
* En esto consiste el arte a la que Jesucristo os ha llamado. «Arte de las artes es la guía de las almas» escribía San Gregorio Magno.
* Es conocido que hacer el bien da alegría. Alegría que se comunica a las almas. Escasea en nuestros tiempos. Amar a Dios da alegría. Amar al prójimo da alegría. Amemos como nos manda Dios.
* Cristo está en el Cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar. Cristo está en mi parroquia, es mi vecino. Me pregunto ¿por qué hay tanta tristeza en el mundo? porque no hablan con Cristo vivo.
06 lunes Sep 2021
Posted in Artículos
06 lunes Sep 2021
Posted in Hispanoamérica. La verdad
La raza, dice Maeztu, no se define ni por el color de la piel ni por la estatura ni por los caracteres anatómicos del cuerpo. Ni se contiene en unos límites geográficos o en un nivel determinado sobre el mar. La raza no es la nación, que expresa una comunidad regida por una forma de gobierno y por unas leyes; ni es la patria, que dice una especie de paternidad, de sangre, de lugar, de instituciones, de historia. La raza, decimos apuntando al ídolo del racismo moderno, no es un tipo biológico definidos por la soberbia propia y por el desdén a las otras razas, depurado por la selección y la higiene, con destinos trascendentales sobre todas las demás razas.
La raza, la hispanidad, es algo espiritual que trasciende sobre las diferencias biológicas y psicológicas y los conceptos de nación y patria. Si la noción de catolicidad pudiese reducirse en su ámbito y aplicarse sin peligro a una institución histórica que no fuera el catolicismo, diríamos que la hispanidad importa cierta catolicidad dentro de los grandes límites de una agrupación de naciones y de raza. Es algo espiritual, de orden divino y humano a la vez, porque comprende el factor religioso, el catolicismo en nuestro caso, por el que entroncamos con el catolicismo “católico”, si así puede decirse, y los otros factores meramente humanos, la tradición, la cultura, el temperamento colectivo, la historia, calificados y matizados por el elemento religioso como factor principal; de donde resulta una civilización específica, con un origen, una forma histórica y unas tendencias que la clasifican dentro de la Historia Universal.
Entendida así la hispanidad, diríamos que es la proyección de la fisonomía de España fuera de sí y sobre los pueblos que integran la hispanidad. Es el temperamento español, no el temperamento fisiológico, sino el moral e histórico, que se ha transfundido a otras razas y a otras naciones y a otras tierras y las ha marcado con el sello del alma española, de la vida y de la acción española. Es el genio de España que ha incubado el genio de otras tierras y razas, y, sin desnaturalizarlo, lo ha elevado y depurado y lo ha hecho semejante a sí. Así entendemos la raza y la hispanidad.
En el Cielo, dice el Apocalipsis, gentes de toda nación y raza bendicen a Dios con esté himno: “Nos redimiste, Señor, con tu sangre, de toda nación, y has hecho de todos un solo reino”. Alejando toda profanidad en la aplicación, ¿por qué todas las gentes de Hispanoamérica no podrían bendecir a la Madre España y decirle: “Señora, nos sacaste un día de la idolatría y la barbarie y nos imprimiste una semejanza tuya, que aún perdura después de más de cuatro siglos? Somos la hispanidad, Señora, porque si no formamos un reino único de orden político, pero tenemos idéntico espíritu, y ese espíritu es el que nos une y nos señala una ruta a seguir en la Historia”.
Así queda definido el problema de la hispanidad en su fórmula espiritual, y queda al mismo tiempo resuelta la dificultad que podría ofrecerse por la enorme diferencia de tipos biológicos, de cultura, de lengua, que nos ofrecen estas Américas, hasta reduciéndolas al tipo latino o hispano.
Y así definida la hispanidad, yo digo que es una tentación y un deber, para los españoles y americanos, acometer la hispanización de la América latina. Tentación en el buen sentido, porque todo ser apetece su engrandecimiento, y América y España se brindan mutuamente, más que otros países del mundo, anchos horizontes hacia donde expansionarse. Deber, porque lo hemos contraído ante nuestra propia Historia, que nos impone la obligación moral de la continuidad, so pena de errar la ruta de nuestros destinos. Hemos hecho lo más; nos queda por hacer lo menos. Hemos conquistado y colonizado y convivido en español; hemos de reconquistar nuestro propio espíritu, que va desvaneciéndose en América.