vida religiosaPadre Jesús González-Quevedo, S.I.
Salamanca, 1971

  1. Lo inmutable y lo mudable en los institutos religiosos.

Los Institutos religiosos, como la Iglesia, como Nuestro Señor Jesucristo, autor de ésta y de aquéllos, constan de una parte divina e inmutable y de otra humana y mudable. La parte inmutable de los Institutos Religiosos, que proviene de Dios a través de sus respectivos fundadores, de la Iglesia y del Evangelio, se ha de conservar «indemne» (Magno Gaudio). Los elementos contingentes, se han de acomodar y renovar según las circunstancias de tiempos, lugares y personas.

Son elementos inmutables de todo Instituto Religioso de vida mixta: 1º, su fin, la gloria de Dios (fin último), mediante la salvación y perfección de las almas de sus miembros y de las almas en sus prójimos (fin próximo); y 2º , los medios esenciales al estado religioso en general y a cada uno de los Institutos religiosos en particular: la fiel observancia de los votos y de las Constituciones del propio Instituto, no todas, sino las que expresan el espíritu del Fundador y la índole propia del respectivo Instituto, ya que unos difieren de otros, como difieren entre sí las estrellas (1 Cor. 15, 41). Las restantes Constituciones y las diversas ordenaciones y costumbres, que regulan la vida y el orden de las diversas Comunidades, son elementos mudables.

  1. Conservación de lo inmutable.

Los últimos documentos de la Iglesia «sobre la adecuada renovación de la vida religiosa» (1) insisten constantemente en la necesidad de:

«conservar íntegras a través del tiempos las normas establecidas por el respectivo fundador»,

«evitar cualquier relajación de la disciplina, no aconsejada por una verdadera necesidad»,

«rechazar lo que no responda perfectamente al principal cometido de vuestro Instituto y a la mente del Fundador»,

«dar la parte principal a la vida espiritual de vuestros religiosos» y «que en manera alguna prevalezca aquella falsa opinión de que a las obras externas se han de dedicar los cuidados principales, dejando el segundo lugar al empeño por la perfección propia» (Magno Gaudio), Las mismas rescripciones en el Perfectae Caritatis (2) y en el Ecclesiae Sanctae (3).

Pero insisten también constantemente en la «acomodada renovación de la vida religiosa», como pregona el titulo del Perfectae Caritatis, y como exige la urgencia misma de esta renovación para acomodarnos: a la de toda la Iglesia promovida por el Vaticano II (4) «a los cambios en las condiciones de los tiempos» (PC), y

«a las ingentes necesidades de los tiempos actuales» (M.G.).

  1. Cf. Alocución de Pablo VI a algunos Superiores Generales, Magno Gaudio del 23-V-1964. Decreto Perfectae Caritatis del Vaticano II, 28-X-1965. Motu Proprio Ecclesiae Sanctae sobre la aplicación de algunos documentos conciliares 6-VIII-1966. Instrucción sobre la renovación acomodada para la vida religiosa, 6-1-1969.
  2. Cf. nn.2, b) e), 5, 6, 8, 20.
  3. Cf. n, 6, 12 a).
  4. Cf. Optatam totius, introducción y conclusión. Lumen gentium, 4 y 5. Unitatis redintegratio, 6. Gaudium et spes, 43.