natividad mariaIldefonso Rodríguez Villar
Puntos breves de meditación
sobre la vida, virtudes y advocaciones litúrgica
de la Santísima Virgen María
26ª edición, Valladolid, 1965

¿Qué es?… Una virtud moral que nos manda dar a cada uno lo suyo… Todos queremos que nos den lo que nos pertenece… o que respeten lo que es nuestro…, nuestra fama… nuestra honra…, nuestros intereses… Pero ¿nos gusta igualmente dárselo así a los demás?… ¡Cómo nos gusta exigir derechos más o menos ciertos o verdaderos que tenemos!… Pero, en cambio, ¡qué fáciles somos en quebrantar esos derechos de los demás!… Eso es la injusticia…, atropellar el derecho ajeno…, pisotear nuestros deberes. -Advierte que todo derecho supone un deber…, Por tanto, si los demás tienen derecho a lo suyo, tú tienes el deber de dárselo o de respetárselo. -Eso es la Justicia… y esa la obligación que nos impone. -Es decir, que esta  virtud no es una virtud de consejo que sirve para adornar nuestra alma…, sino una virtud necesaria y obligatoria que a todos los hombres, y en todo momento,  nos obliga… y nos exige su más exacto  cumplimiento.  

Ahora bien, podemos distinguir tres clases de obligaciones que nos impone la justicia: para con

Dios…, para con el prójimo…, para con nosotros mismos… A todos hemos de dar lo suyo…; así nos lo dice Cristo, en aquella expresión: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios… Esto es, dad a cada uno lo que le corresponde y eso es obrar con rectitud…, con sentido de justicia.- La Santísima Virgen tuvo que ser necesariamente modelo acabado en esto, ya que no sin, razón, en la Sagrada Escritura, se confunde la justicia con la santidad… y se llama varón justo al que es santo… ¿Cuál sería, pues, la justicia que brilló en todos los actos de Ma­ría, si fue tal su santidad?… La Iglesia no duda en llamarla Espejo de justicia donde se refleja la justicia… y a donde hemos de mirar para cumplir exactamente con ella. -Veamos, pues, esta justicia de la Santísima Virgen en sus diversas obligaciones… y aprendamos sus enseñanzas.

2.° Justicia para con Dios. -Esta justicia se reduce a conocer a Dios como Señor nuestro… y a nosotros, como hechura de sus manos… Por tanto, Él tiene un derecho completo…, total…, absoluto… inalienable sobre nosotros y sobre todas nuestras cosas…, y nosotros, la obligación de reconocerlo así y de vivir así como algo que no nos pertenece a nosotros mismos…, sino que nos pertenecemos siempre, y en todo momento, a Él.

Tenemos el deber de creer sus palabras…, porque es la Verdad infalible… y obedecer sus mandatos y seguir sus inspiraciones con docilidad, porque es infinita su omnipotencia… Debemos darle todo nuestro Corazón sin reserva alguna…, porque es la Bondad inefable y fuente de todo bien. -Es, en una palabra, obligación nuestra vivir para Él no para nosotros…; darnos totalmente a Él y a su divino servicio…; buscar en todo su gloria…, nunca la nuestra…, en fin, alabarle, servirle y amarle, sin limitación alguna.

Por tanto, cuando así lo hacemos…, cuando nos consagramos a Él en cuerpo y alma y nos ofrecemos a su servicio… no hacemos nada de extraordinario…, estamos cumpliendo sencillamente con los deberes de la más estricta Justicia…, y al contrario, siempre que de una o de otra manera vivimos para nosotros mismos…, o nos buscamos a nosotros… o nos glorificamos a nosotros…, estamos abusando de Dios…, conculcando sus derechos…, faltando a nuestros deberes… y obrando con notoria injusticia.

La Virgen no fue así jamás… Claramente sintetizó Ella toda su vida en aquellas palabras: He aquí la esclava del Señor… Vivir siempre como esclava…, entregada al servicio de su Dios y Señor como  una esclava…, hacer en todo la voluntad divina sin libertad ni voluntad propia, como una perfecta esclava… ese fue su ideal…, esa fue su vida… ¡Qué vida más llena de justicia y de rectitud y de santidad, la del que vive así  esclavizado a Dios, como vivió Ma­ría! – Esto es entender y practicar la justicia para con Dios… un cumplimiento exacto de sus deberes…, un rendimiento total de juicio…, una sujeción completa de la voluntad…, un holocausto perfecto y continuo de tu corazón y de tus energías… Esto es lo que te enseña tu Madre…, esto es lo que has de hacer siempre si quieres imitarla.

Para con el prójimo. -Esta justicia nos obliga a dar a cada uno lo que le corresponde…, a no defraudar a nadie en cosa alguna…, a no desear lo que le pertenezca. -Hemos de respetar todo lo que es propiedad legítima del prójimo y ni con palabras…, ni con obras…, ni con deseos, podemos atentar contra ella.

Piensa cuantas veces se falta en esto…, con juicios  temerarios…, con palabras de crítica murmuración…, de ironía…, falsos testimonios con torcidas y maliciosas interpretaciones! -No es contra la caridad tan sólo, ya que la mayor parte de los casos es contra la justicia, la falta que en esto cometemos…

Contempla la conducta de la Santísima Virgen con todos los que la rodeaban y mira cómo se colocaba en el puesto que la correspondía y respetaba el de los demás. –Ella era la Madre de Dios…, pero San José era la cabeza de la casa, el padre de familia… y Ma­ría le rinde la más pronta, sumisa y perfecta obediencia… No discute…, no se rebela contra sus disposiciones… A Ella la toca obedecer, y obedece sin protestar, sea lo que sea: ahora a Belén…, luego a Egipto…, a Nazaret…, a Jerusalén… ¡Cuánto viaje…, cuánta fatiga!… ¿No podía ir él solo? ¿O ir de otra manera?… Ma­ría, calla y obedece; ese es su deber con San José y así lo cumple exactamente.

Y ¿cómo cumplió sus deberes de Madre de Jesús? No le consagró la más constante y tierna solicitud maternal?… ¿No vivió toda para ÉL…, únicamente para Él? -Y así obró con sus parientes y conocidos… Recuerda cómo se portó con Santa Isabel… Admira y pide imitar esta: exactitud  en tus deberes…, en saber vivir en tu puesto… y en respetar los derechos de los demás.

Con nosotros mismos. -Nos debemos a nosotros mismos, un amor bien entendido y bien ordenado…, pues lo triste es que nadie nos ama y nos quiere peor que nosotros mismos. -Debemos tenernos un amor conforme en todo, a los dictámenes de la razón y de la fe… según los cuales, debemos dar, como antes decíamos, al «César lo del César y a Dios lo de Dios»… Pero resulta que entendemos bien lo primero…, ¡ Y ojalá sólo diéramos lo que debemos al César… esto es, a las cosas temporales…, y a Dios, en cambio, ¡qué descuidado y abandonado le tenemos!

Piensa, por ejemplo, si das el mismo valor…, e importancia…, a una enfermedad corporal que a una espiritual…, si lo mismo cuidas del alma, que del cuerpo…, si te importa lo mismo lo temporal que lo eterno, etc…, y verás, con vergüenza, ¡qué diferencia tan notoria!… ¡Qué injusticia la sola comparación entre estas cosas tan distintas!… Pues, ¿qué será la preferencia que das a las bajas y terrenas sobre las cosas espirituales…, las de tu alma y las de Dios?

Mira a la Santísima Virgen amándose con este verdadero amor, con el que dirigía a Dios todos sus actos y hacía que todo contribuyera a mejor servirle Y mejor amarle. -Siempre que te procuras algún bien espiritual…, algún aumento en la virtud, estás amándote de veras y cumpliendo en ti con ia Justicia…, y al contrario, ¡qué injusticia cometes contigo mismo cuando pecas…, cuando desprecias las gracias de Dios, etc…! Pide a la Virgen te lo dé así a conocer.