padre canoP. Manuel Martínez Cano, mCR

Hemos oído muchas veces la paganización imperante de las relaciones sociales, laborales, deportivas… No se encuentran muchos católicos que den testimonio de su fe cristiana en los ambientes donde desarrollan sus vidas. Y el apostolado es un deber sagrado: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio”, nos dice Cristo.

Hoy como nunca, es necesario el apostolado del buen ejemplo, el testimonio cristiano. Aprovechar el tiempo para santificarnos y ayudar a santificase al prójimo. Unir oración y acción apostólica. Sí; el alma de todo apostolado es la oración, Santa Misa, meditación, rosario, examen de conciencia, visita a Jesús… fortalecen la vida espiritual. Nos dan las fuerzas sobrenaturales que necesitamos para ser “pescadores de hombres”. Medios de los que se vale el Señor para salvar almas.

Los párrocos necesitan seglares. Catequistas de Primera Comunión, de Confirmación, de Cursillos prematrimoniales, visitadores de enfermos, asistentes sociales, difusores de revistas y hojas católicas, etc. La Iglesia necesita testigos de su fe en el trabajo, en la universidad, en las diversiones. Las palabras mueven. Los ejemplos arrastran.

San Juan Bosco decía: “Recuerda que todo cristiano tiene la obligación de ayudar a los demás, y que no hay predicación más eficaz que la del buen ejemplo. Jesús “pasó haciendo el bien”. Nosotros, con su ayuda y la de la Virgen Santísima, hagamos siempre el bien. El bien sobrenatural para llevar las almas a Cristo. A la eterna felicidad del Cielo.

Don Bosco decía también que para hacer el bien hay que tener un poco de valor. “No tengáis miedo”, dijo Jesús varias veces a los Apóstoles. No tengamos miedo, Cristo está con nosotros. Y estará hasta el fin del mundo. Todos los regímenes políticos antinaturales y anticristianos han metido miedo y meten miedo a todos los ciudadanos. No dudemos nunca que nuestra verdadera patria es el Cielo. La vida eternamente feliz. Combatamos los nobles combates de la fe con nuestro testimonio en todas partes. Cada católico debe vivir intrépidamente su fe y su testimonio cristiano en todos los ambientes.

Dicen que el santo más alegre de la historia ha sido san Francisco de Asís. Su testimonio de alegría, convirtió a muchos pecadores y despertó muchas vocaciones. Él decía: “La tristeza sienta bien al diablo y a sus miembros, a nosotros nos cuadra la alegría en el Señor”. Fue el santo de la alegría y de la mortificación.

Cristo está vivo en el Cielo y en la Eucaristía. ¡Siempre alegres! “De penas que se acaban, no hagáis caso de ellas” (Santa Teresa de Jesús). “Es con alegría como hay que tocar bajo la capa de la miseria, pues la alegría es amor” (Beata Teresa de Calcuta). San Juan Pablo II clamaba con entusiasmo: “Alegraos porque Jesús ha vencido al mundo. Alegraos porque Jesús ha muerto en la cruz. Alegraos porque resucitó de entre los muertos. Alegraos porque ha venido a liberarnos. Alegraos porque es el dueño de nuestra vida”.

¡Viva Jesús Sacramentado! ¡Viva y de todo sea amado!

“El mundo necesita vuestra fe, pureza, alegría, ayuda y sonrisa” (San Juan Pablo II). Y es que el Evangelio de Cristo es el mensaje de la alegría, de la eterna alegría. Y Dios hecho niño por nuestro amor, muerto para redimirnos del pecado, y resucitado para darnos la felicidad eterna. Él nos dice: “estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el Cielo” (Luc. 10,20).