familiaMª Pilar Frigola

A todos los padres nos preocupan nuestros hijos, e intentamos educarles como mejor sabemos. Pero ciertamente el hecho de que “te salgan bien” a veces parece una lotería. Conozco bastantes padres que han procurado educar a sus hijos en la Fe, que han estado vigilantes, que han hecho siempre lo que han creído mejor para ellos, y cuando han sido adolescentes y/o adultos, los niños que hicieron la Primera Comunión con devoción e iban cada domingo a misa con sus padres, han dejado de ir a Misa. A veces parece ser debido a malas compañías, malas influencias o debilidad de carácter de algún joven. Otras veces, hay padres que se preguntan qué han hecho mal, porque no entienden que sus hijos se aparten de Dios y de la religión. Algunas veces, alguno me ha preguntado si mis hijos todavía iban a Misa, y no habían dejado de ir como los suyos.

No pretendo erigirme en maestra, pero hasta la fecha mis hijos no han dejado de vivir en la Fe en que hemos intentado educarles, y por si es útil a alguien, voy a exponer cuál ha sido nuestra forma de actuar al respecto.

En primer lugar, a los niños se les educa con el ejemplo más que con las palabras. Ellos hacen lo que hacen sus padres, y nosotros debemos evitar hacer aquello que les prohibimos, y hacer aquello que les recomendamos. Y si lo hacemos con ellos, mejor. Si un espectáculos del tipo que sea es malo para ellos, porque es un mal ejemplo, también es malo para nosotros. No hacemos nada, ni vamos a ningún sitio al que no podamos ir con nuestros hijos con total libertad. Y si no vamos, se lo decimos claramente. No vamos porque no es bueno, ni para vosotros, ni para nosotros. Y lo que no es bueno, no se hace.  Y si vamos a Misa, si hacemos alguna obra buena, lo hacemos ante nuestros hijos y, si es posible, con su colaboración. Así ellos aprenden que la Misa y la oración son importantes, porque nosotros somos los primeros en hacerlo, y en anteponerlo a otras cosas. Lo ven en nosotros, y lo hacen con nosotros. Hemos de ser coherentes y vivir lo que les enseñamos.

En segundo lugar, siempre hemos procurado que entendieran, en la medida de su mentalidad tanto si eran más pequeños, como si ya son más adultos, por qué hacemos, o buscamos, o permitimos ciertas cosas, y porque otras las evitamos y las prohibimos. No elegimos por capricho. Elegimos en virtud de lo que es bueno, necesario o conveniente. Y siempre podemos explicarlo de forma que lo entiendan. Ellos obedecen mejor y aceptan más la autoridad, si la autoridad se ejerce de forma responsable. Si les parece que una orden o una indicación es arbitraria o caprichosa se rebelarán. Si la ven fundamentada en un recto criterio, aunque consideren que el criterio es equivocado, pueden aceptarla, o al menos respetarla, y agradecer que nos preocupemos de lo que creemos que es mejor para ellos.

En tercer lugar, sólida catequesis. Nuestra santa religión no solo es la verdadera. Además es perfectamente lógica y razonable. Cuando son pequeños, procuramos que aprendan el catecismo. El de toda la vida. El que nosotros aprendimos. Que conozcan a Dios y al diablo, los sacramentos, los mandamientos, las obras de misericordia, y todo lo que la Iglesia nos enseña. Cuando son pequeños hay cosas que no entenderán, pero a medida que van creciendo se van explicando. Y aprenden y descubren que las Leyes de Dios tampoco son arbitrarias, sino lógicas, razonables, y encaminadas a nuestro bien. Y si llegan a entender que lo que Dios manda es lo que nos hace felices, y lo que Dios prohíbe es lo que nos inquieta y hace desgraciados, es mucho más fácil que lleguen a aceptarlo y a vivirlo. En casa no perdemos ocasión de repetir esto, por activa y por pasiva, para que cale bien en sus cerebros. DIOS MANDA LO QUE NOS HACE FELICES. DIOS PROHÍBE LO QUE NOS HACE INFELICES.  Así de simple.

Y lo fundamental: CADA DIA REZAMOS POR ELLOS, Y CON ELLOS. Sin este último punto, todo lo demás es agua de borrajas, porque el fin la Fe es un don, y para que nuestros hijos lo reciban, nosotros hemos de pedirlo para ellos. Hemos de pedir a Nuestro Señor que se lo conceda, pero también hemos de pedirle que mueva su corazón para que ellos le acepten como a su Dios, y se entreguen a su servicio, para su bien y su felicidad en esta vida y en la eternidad. Rezamos por ellos desde antes de su nacimiento. Cuando nos casamos, rezaba por los hijos que Dios pudiera darnos. Cuando estaba embarazada, rezaba por el hijo que había de nacer, y por sus hermanos que pudieran venir en un futuro. Cuando nacieron, rezaba por el niño que tenía en brazos. Y hoy rezamos cada día por los hijos que intentamos educar en la Fe. Para que Dios y su Santa Madre nos los cuiden, nos los protejan, que hagan por ellos lo que nosotros no podemos hacer. Pedimos a Dios que les dé el don de la Fe, y que ellos se enamoren de Él y le sigan allí donde El quiera llevarlos, sea donde sea. Y rezamos con ellos, porque todas las personas que han perdido la fe, estoy segura de ello, en algún momento de su vida dejaron de rezar. Rezamos con ellos para enseñarles con el ejemplo, y rezamos con ellos para que así adquieran un hábito de oración a través de la oración familiar. La Misa dominical y el rosario en familia son innegociables. Y si se puede más, como misa diaria o al menos frecuente, peregrinaciones, procesiones, retiros, charlas de formación de índole diversa, visitas al Santísimo, a ermitas, santuarios, etc… todo lo hacemos para que ellos vean que lo primero es Dios, y después las cosas de la vida diaria.

Y estoy convencida de que si nuestros hijos tienen Fe, siguen yendo a Misa, tienen anhelos de santidad, es mucho más por la oración personal y familiar que por lo que hayamos podido decir o hacer sus padres en su beneficio.

Dios nos ayude a todos a educar santamente a nuestros hijos, porque con El todo es posible.