1 de marzo de 1977

Padre Pío - ConfesandoLlevo cuatro días totalmente inundada de gozo, un gozo tal que no cabe en palabras, tan intenso que solamente con un verdadero esfuerzo puedo ocuparme en otras cosas. Es un gozo totalmente sobrenatural. ¿La causa? La confesión, una vez más, de todos mis pecados; el experimentar, una vez más, cómo desciende hasta el fondo de mi alma el perdón de Dios, su infinita misericordia conmigo, su excesivo amor.

Pero si desciende sobre mí, es a través y por medio del sacerdocio ministerial. Si me inunda este gozo inmenso, esta paz que no cabe en palabras, es a través de aquel que es ministro de Cristo y dispensador de los misterios de Dios. ¡Qué grande, incomparablemente grande, me aparece el sacerdocio! Todo esto me impulsa más todavía a la oración y la inmolación por ellos, los sacerdotes. Son ellos quienes, como ministros de Cristo, me llenan de vida divina. ¡Cómo quisiera que todos ellos, sin ninguna excepción, supiesen valorar hasta lo sumo la incomparable grandeza de su sacerdocio!

Otra cosa que me impresiona profundamente: este inmenso gozo mío, esta paz sobrehumana, brota como de su fuente de la Pasión de Cristo, de su inmolación redentora. Y ante este hecho, mi alma se llena de dolor, de amor, de gratitud, de ansias inmensas de ser toda de Cristo, de corresponderle hasta el sacrificio total de mí misma. Que El, Cristo, lo obre en mí, ya que nada puedo sin Él… que Él produzca en mí “el querer y el obrar”.