Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Dios creador del UniversoEs verdad que Dios creó las cosas para el hombre, pero con una finalidad concreta: “Hemos de usar rectamente de las cosas criadas porque debemos usarlas para lo que fueron hechas por Dios. Y han sido hechas para dos cosas, a saber: para gloria de Dios, porque todo lo hizo para sí; esto es para su gloria, como se dice en los Proverbios, 16; y para nuestra utilidad, es decir, para que usándolas no cometamos pecado” (Santo Tomás de Aquino).

Dios ha creado las cosas para que nos ayuden a conocerle y amarle.

Por la contemplación de las cosas creadas nos podemos elevar a la contemplación de Dios, porque todas ellas son manifestaciones de Dios: “El Cielo y la Tierra y todas las cosas que en ellos hay me dicen que te ame, y no cesan de decirlo a todos, de suerte que soy inexcusable (…) cosa es sorprendente que el hombre no alabe de continuo a Dios, cuando todas las criaturas le invitan a alabarle” (San Agustín).

La naturaleza humana debilitada por el pecado original inclina al hombre a buscar lo agradable, lo dulce, lo honroso; y rehúye y esquiva sibilinamente lo desagradable, lo amargo, lo humillante. Pero nosotros debemos gobernarnos con la razón, iluminada por la fe.

San Ignacio da la regla de oro para usar bien las cosas: “El hombre tanto ha de usar dellas, (las cosas) quanto le ayuden para su fin, y tanto debe apartarse dellas, quanto para ello le impiden”.

Nuestra norma de vida no ha de ser el sentimiento o el gusto, sino la razón iluminada por la fe, porque “el extravío de la vida está en usar y gozar mal de las criaturas” (San Agustín).

Si no usamos las cosas con la razón iluminada por la fe, nos convertiremos en esclavos de las cosas, porque las criaturas no pueden saciar el corazón del hombre: “Mientras el alma desea las criaturas, tiene hambre continua, porque aunque logre lo que de la criatura pretende, permanece vacía, porque nada hay que la llene sino Tú, Señor, a cuya imagen ha sido criada” (San Agustín).

“Mi mayor iniquidad es el dejarme dominar de las cosas que he de usar” (San Agustín).

San Ignacio dice que para usar bien las cosas hay que llegar a la indiferencia: “es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que le es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío y no le está prohibido; en tal manera que no queramos de nuestra parte, más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás”.

La indiferencia que enseña San Ignacio no es el pasotismo, sino la fuerza de la voluntad por la que el hombre, en pleno ejercicio de su libertad, dirige sus afectos y sentimientos de tal manera, que lo desagradable a la naturaleza no sea obstáculo para elegir bien: si la enfermedad me lleva al Cielo, quiero la enfermedad; si la salud me lleva al Cielo, la salud quiero.

El Principio y Fundamento de San Ignacio concluye con estas palabras: “Solamente deseando y eligiendo lo que más conduce para el fin que somos criados”. Admirable regla de vida; cuando veamos qué es lo mejor para salvarnos, se acabó la indiferencia. Lo hacemos y así iremos al Cielo. En todas las cosas debemos proceder por motivos sobrenaturales, usando las cosas solo para la mayor gloria a Dios y salvación del alma.