Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (40)

España entera, llevada por su celo misionero, se propuso principalmente, al lanzarse a los mares, la conquista para Dios de nuevos pueblos

Nuestra Señora del Santo Rosario, en FilipinasSírvanos este preámbulo para introducir los hermosos textos de Pío XII que aluden a este espíritu misionero colectivo del pueblo español, inspirador preeminente de su obra colonizadora. En frases llenas de lirismo, el santo Pontífice deja bien sentado este aliento apostólico, sin el cual quedarían sin explicación satisfactoria no pocos capítulos de gloria en la historia americana.

Unas veces, el Papa califica de celo aquella “epopeya gigante”. Es dirigiéndose a los españoles en el centenario del Apostolado de la Oración en España: Este apostolado de la Oración—dice el Papa—cuya única fuente es el celo, arraigado tan bien “en la entraña generosa del rico terruño español, dispuesto siempre para todo lo bueno y todo lo grande”, porque esta nación ha sido siempre arrastrada por el celo religioso en sus grandes gestas, y particularmente en la mayor de ellas: la generación espiritual de una cuarta parte del orbe católico.

“Porque había sido ya celo la defensa de la integridad de vuestra fe en los siglos primeros, y celo después la Cruzada multisecular durante la dominación árabe, y celó, finalmente, la epopeya gigante con que España rompió los viejos límites del mundo conocido, descubrió un continente nuevo y le evangelizó para Cristo…”

(Radiomensaje a España en el centenario del Apostolado de la Oración, 18-XI-1945)

Ahora habla Pío XII a Venezuela. En una encantadora evocación descubre, asociadas en la persona de uno de los conquistadores, las “ansias expansivas y apostólicas” de España y Portugal, los dos pueblos a quien la Divina Providencia encargó la singular misión de rodear al mundo, y de ser medio—como dice el Cardenal Gomá—para que se realizara pieriamente la profecía de Malaquías: “Que desde el Oriente al Occidente es grande mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se sacrifica y se ofrece al nombre mío una ofrenda pura (Malaquías I, 11) (238).

(238) Julio II, como hemos visto, declaraba ya en vías de cumplirse, con el descubrimiento de América, aquella otra profecía bíblica: “ln omnem terrean exivit sonus eorum”, “Su voz llegó a toda la tierra, y sus palabras hasta los confines de ella” (Salmos, XVIII, 5).

“Estamos en los primeros capítulos de la colonización, segunda mitad del siglo XVI. Juan Fernández de León -una recia personalidad donde una vez más se hermanan las ansias expansivas y apostólicas de España y Portugal—funda la Ciudad del Espíritu Santo, del Valle de San Juan de Guaguanare… (239).

(239) El Capitán Fernández de León, mandado por el Gobernador Diego Osorio, funda a orillas del Guaguanare, la Ciudad del Espíritu Santo, que había de servir de puente entre otras dos poblaciones ya establecidas (1593). El resto de la historia lo sabéis perfectamente…: una Venezuela idólatra transformada en un país cristiano por la intervención maternal de María Santísima…”

(Radiomensaje a Venezuela en la coronación de la Virgen de Coromoto 12-IX-1952).

Semejante recuerdo de las dos naciones misioneras viene de nuevo a los labios del Papa cuando se dirige a aquellas islas Filipinas, donde se dieron la mano, llegados por opuestos caminos, españoles y portugueses (240).

(240) Ponemos a la misma altura, nótese, bien, la colonización española y -la portuguesa, en estas líneas introductoras a un delicioso texto de Pío XII en, que se recuerdan, pon estima pareja, el ideal misionero de las dos naciones ibéricas. Aunque el objeto del presente estudio ha sido exclusivamente la colonización española, la mayor parte de lo que decimos alcanza pleno valor en la obra portuguesa realizada en Brasil y en otros parajes.

Con este avance de la cristiandad en el Oriente quedó abierta el Asia a las misiones católicas, pues no se ha de olvidar que las Filipinas fueron durante muchos siglos, y aún lo son hoy día, un centro de misioneros para la conquista espiritual del Japón y del continente asiático (241).

(241) Así, por ejemplo, encontramos entre los veinticinco mártires de Nagasaki (Japón), canonizados por Pío XI, a seis franciscanos provenientes de Filipinas. Y entre los veinticinco mártires de Tonkín, beatificados por Pío XII en 1951, se hallaban, junto con veintitrés naturales, dos obispos dominicos de Filipinas. Igualmente los cinco mártires de China, beatificados por León XIII en 1893, provenían de Manila. Sería larga la lista…

El “ímpetu misional” de ambas naciones colonizadoras fue, al sentir de Pío XII el que preparó aquel apostólico encuentro en las antípodas de su propio territorio. He aquí las palabras del Papa, dirigidas al primer embajador filipino, en el Vaticano (242).

(242) El embajador filipino, al entregar sus cartas credenciales a Su Santidad, pronunció su discurso en castellano, y en la misma lengua le respondió el Santo Padre.

“Vuestro catolicismo, señor embajador; no es precisamente de ayer, puesto que, sin contar la visita a algunas de vuestras islas del gran apóstol de Oriente, San Francisco Javier, bastaría recordar el 1521 como fecha de la primera Misa celebrada en vuestro territorio (243)

(243) Esta primera bajada de Jesucristo al archipiélago filipino tuvo lugar al ser descubiertas las islas por Fernando de Magallanes. Era el 7 de abril de 1521. Días más tarde, Magallanes y seis de sus compañeros encontraron la muerte por una villana traición de los indígenas. Elcano abandonó el archipiélago en la nao “Victoria” con los menguados restos de la expedición (17 hombres), acabando la primera vuelta al mundo.

Y el 1565 como data de la llegada de los primeros misioneros estables capitaneados por el gran fray Andrés de Urdaneta. A sus esfuerzos apostólicos, en un territorio donde el ímpetu misional de las dos naciones ibéricas parecía unirse de nuevo para abrazar la tierra, los hijos de vuestro suelo supieron corresponder de modo admirable y sois hoy en el Extremo Oriente una nación predominantemente católica”.

(Discurso a D. Manuel Morán, primer embajador de Filipinas ante la Santa Sede, 4-VI-1951).