PERSECUCIÓN DE LOS CRISTIANOS

Recapitulada por el P. Cano

– PERSECUCIONES DE NERÓN Y DOMICIANO

La Iglesia, que había tenido que enfrentarse y vencer a sus primeros enemigos, tuvo que enfrentarse también contra el Imperio Romano. Las persecuciones romanas duraron más de dos siglos y medio: ciento treinta y cinco años de persecución sangrienta y unos ciento veinte años de relativa tranquilidad.

La primera persecución la promovió Nerón (64-68). Se tomó como pretexto el incendio de Roma, provocado por Nerón el 18 de julio del año 64. Ardieron diez de los catorce barrios de Roma. Se les echó la culpa a los cristianos, a quienes persiguieron y martirizaron arrojándolos a las fieras o al río Tíber; otros cristianos fueron decapitados o quemados vivos. Fueron tres años de gran mortandad. Entre los mártires más ilustres sobresalen San Pedro, San Pablo y la matrona romana Pomponia Graecina.

Muerto Nerón, la Iglesia gozó de relativa paz durante veintisiete años. Los emperadores Galba, Vespasiano y Tito dejaron en paz a los cristianos.

Domiciano (81-96) renovó la persecución. Se empeñó en ser adorado personalmente como dios. La negativa de los cristianos a adorarle fue la causa de la persecución que superó en crueldad a Nerón y derramó mucha sangre en Roma y en otras regiones del Imperio. En Palestina se dio la orden de exterminar a todos ”los parientes del Señor”.

Los mártires más conocidos de la persecución de Domiciano fueron el cónsul M. Acilius Glabrio y Flavio Clemente, cónsul y primo hermano del Emperador y su esposa Flavia Domitila. En esta persecución sufrió San Juan Evangelista el martirio del aceite hirviendo, del que salió ileso milagrosamente.

– PERSECUCIONES ESPORÁDICAS

La posición que tomó Trajano (98-117) frente a los cristianos fue benevolente. Mandó que no se buscase a los cristianos, y que sólo fueran castigados en caso de ser acusados de algún delito que se probase en juicio. No obstante, en su tiempo hubo varios mártires ilustres: San Clemente Romano, San Simeón de Jerusalén, anciano de ciento veinte años, San Ignacio, obispo de Antioquía, famoso por su martirio y por las cartas escritas cuando era conducido a Roma, y los santos Néreo y Aquiles.

Durante el reinado de Adriano (117-138) se siguió la misma política de Trajano.

Antonino Pío (138-161) fue muy benévolo para los cristianos.

Se le atribuyen a Marco Aurelio (161-180) algunas disposiciones favorables a los cristianos; sin embargo, hubo más mártires durante su gobierno que en los reinados de Antonino Pío y Adriano.

El Emperador Cómodo (180-192) no urgió las leyes contra los cristianos.

– PERSECUCIONES MENORES

Al principio de su reinado, Septimio Severo (193-211) mantuvo la paz con los cristianos, pero el año 200 cambió de política de modo radical. Tal vez porque se asustó del gran número de cristianos que había bajo sus dominios. Al terminar el reinado de Severo, cesaron las persecuciones.

El Emperador Caracalla (211-217) continuó con una cierta tolerancia con los cristianos; sin embargo, en África prosiguió la persecución, promovida por el procónsul Scapula.

Severo Alejandro (222-235), influenciado por su madre Julia Mammaea, dejó en paz a los cristianos; el Cristianismo se fue introduciendo en la corte del emperador.

Máximo de Tracia (235-238) orientó su persecución contra las cabezas dirigentes de la Iglesia, obispos y presbíteros.

– PERSECUCIONES DE DECIO Y VALERIANO

La nueva era de persecuciones se caracteriza por ser una batalla constante contra el Cristianismo, con la intención de destruirlo, por creer los Emperadores que era un peligro para el Estado.

Decio intentó en su corto reinado (249-251) devolver al Imperio Romano su antiguo esplendor y trató de restablecer el culto al Emperador como religión de Estado. Como el Cristianismo suponía un obstáculo para sus planes, decidió destruirlo. Para ello publicó un edicto de persecución general contra todos los cristianos.

El Emperador Valeriano (253-260) se mostró favorable al Cristianismo al principio de su reinado, pero en el año 257 publicó un edicto contra los clérigos al que siguió, poco después, otro contra todos los cristianos.

A la derrota de Valeriano el año 260 siguió un largo periodo de paz para la Iglesia, aunque nunca faltaron hostilidades. La Iglesia pudo ir penetrando hasta en los organismos políticos del Imperio Romano.