mariaIsabel

El secreto de María

Para poner en práctica todos estos medios de salvación y santificación, nadie duda que la gracia de Dios es absolutamente necesaria y que, más o menos, a todos se da… Más o menos digo, porque Dios, a pesar de ser infinitamente bueno, no da a todos el mismo grado de gracia, aunque da a cada uno la suficiente. El alma fiel con mucha gracia hace grandes cosas, y con poca gracia pequeñas. Lo que avalora y hace subir de quilates nuestras acciones es la gracia dada por Dios y seguida por el alma. Estos principios son incontestables.

Todo se reduce, pues, a hallar un medio fácil con que consigamos de Dios la gracia necesaria para ser santos, y éste es el que te voy a enseñar. Digo, pues, que para hallar esta gracia de Dios hay que hallar a María. (San Luis Mª Grignion de Montfort)

La mujer

Edith Stein

El juicio de condena sobre la mujer es distinto: “Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Parirás con dolor los hijos y buscarás con ardor a tu marido, que te dominará”. (Gen. 3, 17) No se conoce de qué modo llegaba la prole antes de la caída. Como consecuencia del pecado aparece para la mujer el dolor del parto y para el hombre la pena por la lucha de la vida. A eso se añade como pena, para la mujer, la sumisión al dominio del hombre. Y que él no sería un buen patrón lo demuestra el hecho de querer descargar la culpa sobre ella. La profunda unión de amor desapareció, surgiendo algo que antes no conocían: se dieron cuenta de que estaban desnudos y se avergonzaron. Trataron de cubrir ellos solos su desnudez, pero es Dios el que se encarga de ello: “Hízoles Yavé Dios al hombre y a su mujer túnicas de pieles y los vistió”. (Gen. 3 ,21). Había surgido en ellos la concupiscencia y se hacía necesario el defenderlos de ella.

El hombre nuevo democrático

Debe comenzarse, por su puesto, con el desarraigo espiritual, pues es en su enraizamiento con Dios donde el hombre encuentra explicaciones a su razón de ser en el mundo, a su procedencia y destino final. Una vez logrado este desarraigo espiritual, nada más sencillo que lograr su desarraigo existencial, pues una vida privada de causa y destino es inevitable que acabe pudriéndose, enmarañándose de angustia, entregándose al vacío existencial, flotando en el marasmo del tedio o de la búsqueda desnortada de analgésicos que mitiguen su pudrición, su angustia, su vacío y su tedio. (Juan Manuel de Prada – VERBO)

Vírgenes consagradas a Cristo

¿No sabíais que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? (1 Cor. 6:19)

 El instinto se rebela contra la castidad; se podría decir que, de natural, ella es imposible: se consigue por amor a Dios, como gracia suya.

Los romanos querían tener vírgenes consagradas a sus falsos dioses y era muy difícil como escribe el jesuita P. Eymieu:

“Roma quería tener seis Vestales, seis doncellas que consintiesen permanecer vírgenes, para guardar el fuego sagrado de la diosa Vesta… Después que hubo prodigado Roma sus privilegios y declarado a las vestales superiores a la ley, buscó, entre sus 200 millones de súbditos, seis doncellas que quisieran de buen grado, a precio de tantos honores, conservarse vírgenes, para guardar en el mundo el fuego sagrado. Y nunca encontró Roma seis vestales voluntarias. Tuvo que recurrir a la violencia, y cuando logró reclutar a la fuerza las vestales, las rodeó de centinelas y las amenazó con castigos terribles. El temor era la única salvaguardia de la virginidad. Pero aparece Cristo. También Él llama a vírgenes que guarden aquí abajo la llama sagrada del ideal y las encuentra”.

Enumera el autor las miles de personas: sacerdotes consagrados, los millares de monasterios donde se ha hecho voto de virginidad, para terminar con un dato social. Mientras en Roma no conseguían vestales con todos los honores, en el mundo de hoy los consagrados en castidad virginal son despreciados. (Jaime Solá Grané – La castidad, ayer y hoy)

Responsables de la ciudad terrena

Después de recordar la exigencia de “coherencia entre lo que, creéis y lo que hacéis” añade: “A los laicos os compete de manera específica estructurar la sociedad según el querer de Dios, procurando que haya leyes justas, instituciones adecuadas y que a nadie le falten los medios necesarios para llevar una vida digna y plena, abierta a la dimensión sobrenatural”. (Juan Pablo II – La nueva evan. pág. 153).

La construcción del reino de Dios no es sólo algo propio de nuestra intimidad personal. El “hombre nuevo” de que habla San Pablo, comienza por la conversión del corazón a Dios. Pero no se detiene ahí, va acompañada de su manifestación exterior hacia el resto de los hombres y de la sociedad con el ánimo de convertir todo a Dios. San Juan Pablo II lo dice con claridad cuando indica que los designios de Dios “son construir el orden de la verdad y del bien, renovando la vida de las comunidades y de toda la sociedad humana”. (Estanislao Cantero – Verbo)

 

 

Homosexualidad y esperanza

Cuando un individuo confiesa atracción por el mismo sexo, fantasías o actos homosexuales, el sacerdote debiera saber que ellos son frecuentemente manifestaciones de traumatismos de la infancia o adolescencia, abuso sexual en la niñez, o necesidades infantiles no satisfechas de amor y afirmación, de parte del padre del mismo sexo. A menos que estos problemas subyacentes sean resueltos, el individuo puede encontrar que vuelven las tentaciones, lo que puede hacerlo caer en la desesperación. Aquellos que rechazan las enseñanzas de la Iglesia y estimulan a las personas con atracción por el mismo sexo, a que entren en las así llamadas “uniones homosexuales amorosas estables” no comprenden que tales arreglos no pueden resolver los problemas subyacentes. Al mismo tiempo que se estimule la terapia y el ingreso a los grupos de apoyo, el sacerdote debiera recordar que a través de los sacramentos, puede ayudar a los penitentes no sólo a resolver el pecado, sino también las causas de la atracción por el mismo sexo. (Asociación Médica Católica – AMCA)

La Unicef

Referente a la UNICEF, sin negar posibles actuaciones benéficas en algunos aspectos, se debe tener presente que parte importante de su pretendida protección a la infancia, utiliza medios inmorales y antinaturales. Por ejemplo, leemos en el número 4 del volumen 6, de “ISO-BULLETIN”, de abril de 1975, órgano de la “Organización Internacional de Normalización”, con residencia en Ginebra, esta noticia: “Con la asistencia americana, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y la Federación Internacional del Planning Familiar (FIPF), la SIDA proyecta distribuir 850 millones de dispositivos -contraceptivos- en 1975 y 1.500 millones en 1980”. También las palabras de Mr. Henry Labouisse, director ejecutivo de UNICEF, ante la Conferencia Mundial de la Población de Bucarest, como las de Ernesto Garrido Jiménez, presidente de UNICEF en España, publicadas en “Tribuna Médica”, de 1 de noviembre de 1974, así como en el diario “Arriba”, el 26 de agosto de 1975, no pueden justificarse cristianamente. Bajo banderas de supuesto humanitarismo se esconden monstruosidades incalificables. (Mn. José Ricart Torrens – Catecismo Social)