Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (26)

La Virgen, clave de América cristiana y testigo amoroso de la piedad y espíritu misionero de los civilizadores del Nuevo Mundo

Virgen de Guadalupe y Juan DiegoLos conquistadores españoles llevaron a América la devoción a las Vírgenes de sus patrias chicas, y en la tierra de Colón surgían abundantes los Pilares, Regonas, Covadongas, Guadalupes y “Morenetas”. Pero la Virgen quiso hacer más por la joven América. En 1531, diez años después que Hernán Cortés se posesionara de la ciudad de Méjico, apenas llegado a ella su primer Obispo, el franciscano Fray Juan de Zumárraga, la Virgen se dignó aparecer a un nativo americano, un indito azteca recién convertido, llamado Juan Diego.

“Yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive”, le dijo la Virgen. Y le mandó acudir al Obispo para pedirle que se alzara un templo en el lugar de la aparición. Presentóse Juan Diego a Zumárraga. El santo Prelado no le defraudó en su sencillo deseo, pero quiso tener una prueba de la veracidad de su relato. Indicó al azteca que pidiera a la Señora un signo como prueba de su mensaje. Obtuvo Juan Diego el milagro pedido: unas rosas, que florecieron en pleno invierno en la cumbre estéril de la colina de Tepeyac. Y la Virgen de Guadalupe hizo un segundo y hermoso milagro. Al abrir Juan Diego su tilma o capa, para mostrar al Obispo las rosas milagrosas, una preciosísima y fina imagen policromada apareció pintada por mano de ángeles en los pliegues de la tosca prenda de algodón.

El conocido escritor católico mejicano Alfonso Junco—de quien tomamos estos datos—comenta así el delicioso regalo de la Virgen a Hispanoamérica, en los albores de la conquista:

“Ella (la Virgen de Guadalupe) que—contra lo comúnmente repetido—no muestra fisonomía ni color de india, sino de mestiza, anunció el beso de las razas que fundaría, la nacionalidad que estaba amaneciendo. Y así como juntó plásticamente en el milagro al español Zumárraga y a Juan Diego el aborigen, y así como con rosas de Castilla se estampó para siempre en el ayate sublimado del indio, quiso en todo ser nuncio, ejemplo y símbolo de la fusión amorosa que forjaría a toda la Hispanoamérica y traería al mundo éste coro magnífico de pueblos que hoy llamamos la Hispanidad… Porque Juan Diego no era sólo Juan Diego, sino la desvalida encarnación de todas las razas aborígenes. Zumárraga no era sólo Zumárraga, sino la ardiente personificación de todos los evangelizadores hispanos. Y las rosas de Castilla exprimieron la policromía de sus jugos, símbolo de la savia toda de España, para embeberse en el ayate del indio, fundirse en él y estampar en sus fibras, transfiguradas y extasiadas para siempre, la imagen celeste de María.

Y por eso el milagro de Santa María de Guadalupe maravillosamente simboliza, resume y señorea este humano milagro de la Hispanidad”.

Como María quiso estar presente al nacimiento espiritual de España a las orillas del Ebro, también quiso acudir al bautismo de América. El monte Tepeyac es el Pilar de América, y Méjico su Zaragoza. Aquí dejó como prenda y recuerdo una columna; allí, una graciosa pintura, Por eso el Pilar y Guadalupe patrocinan los dos ramales de la estirpe, el de Europa y el de América, y son los símbolos espirituales de la Hispanidad, así como los baluartes de su fe y de su piedad.

Su Santidad Pío XII ha sabido captar y expresar deliciosamente la importancia que tuvo la visita de la Virgen a tierras americanas, para la rápida conversión a la fe de tantos pueblos, y para preservarlos después, a lo largo de los siglos, contra los embates del enemigo.

“Y así sucedió, al sonar la hora de Dios para las dilatadas regiones del Anáhuac. Acaban apenas de abrirse al mundo, cuando a las orillas del lago Texcoco floreció el milagro. En la tilma del pobrecito Juan Diego—como refiere la tradición—, pinceles que no eran de acá abajo dejaban pintada una imagen dulcísima, que la labor corrosiva de los siglos maravillosamente respetaría. La amable doncellita pedía una sede para desde ella “mostrar y dar todo su amor y compasión, auxilio y defensa… a todos los moradores de aquella tierra y a los demás que la invocasen y en Ella confiasen”. Desde aquel momento histórico la total evangelización fue cosa hecha. Y, lo que es más, quedaba izada una bandera, alzada una fortaleza, contra la que se romperían las iras de todas las tempestades; estaba firmemente asentado uno de los pilares fundamentales de la fe, en Méjico y en toda América. Como si la Cruz, que, tal día como hoy, a través de las ondas procelosas, habían llevado al continente nuevo las frágiles carabelas hispánicas, hubiera sido confiada a las manos débiles de aquella jovencita, a fin de que Ella se pasease triunfalmente por todas aquellas tierras, la plantase por doquier y se retirase luego a su castillo roquero, dominando la antigua Tenochtitlán, para desde allí reinar en todo el Nuevo Mundo y velar por su fe; “porque—usando las felices expresiones de uno de vuestros vates—sabe que tal hija,—como Reina,—la proclama,—y fiel conserva el depósito—de la fe, que al mundo salva”.

(Radiomensaje a Méjico, en el 50 aniversario de la coronación de Nuestra Señora de Guadalupe, 12-X-1945.)