Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (27)

La Virgen, clave de América cristiana y testigo amoroso de la piedad y espíritu misionero de los civilizadores del Nuevo Mundo

María Reina de HispanoaméricaMaría es la Emperatriz de América. Veámosla, “como un escuadrón en orden de batalla” luchando las batallas del Señor en los puntos estratégicos del continente. Algunos ejemplos al azar: Chile, Venezuela, Méjico.

Chile—afirma Pío XII en una de aquellas imágenes armoniosas que son el sello de su estilo—“nació a la luz de la fe con el amable nombre de María en los balbucientes labios, gracias a la vieja y fecunda madre de pueblos”.

“Porque Chile—gracias a la profunda piedad mariana de la vieja y fecunda madre de pueblos, de la católica España—puede decirse que nació a la luz de la fe con el amable nombre de María en los balbucientes labios. ¿Qué ciudad o qué aldea, qué remota montaña o qué valle escondido existirá en su dilatado territorio que no esté santificado con la magnífica catedral, el severo templo o la humilde ermita, dedicada a una advocación cualquiera de la Madre de Dios?”.

(Radiomensaje al I Congreso Mariano Nacional de Chile, celebrado en la ciudad de Concepción, 31-X1I-1950).

A los venezolanos, no teme decir Pío XII que María: fue el principal instrumento de que se valió el Señor para atraer a sus antepasados al redil seguro de la Iglesia.

“¡Aclamadla, sí, (a María) aclamadla, amadísimos venezolanos, como medio principal de que la divina Providencia se valió para llevaros el beneficio inestimable de la fe! Pero quienes ya la poseéis, los que os decís hijos de una nación católica, corred ante su trono de amor y de gracia, pidiéndole que os la conserve y os la consolide, libre de las influencias malsanas que buscan ponerla en peligro”.

(Radiomensaje a Venezuela, en la coronación de la Virgen de Coromoto, 12-IX-1952.)

¿Y de Méjico? ¿Qué dirá Su Santidad del país de Nuestra Señora de Guadalupe, tierra santificada por las plantas de la Reina de los Ángeles y centro espiritual de toda América? Si es verdad que América lo debe todo a Nuestra Señora y que la Madre de Dios es la clave de su historia cristiana, no lo es menos que ninguna nación ha sido agraciada por María como la Nueva España, primogénita entre sus hermanas en la fe y en la civilización. Méjico, que recibió a las plantas de Nuestra Señora aquella arraigada fe que le diera ánimo para ofrecer, en tiempos recientes, millares de sus hijos en testimonio de su fe, mártires de Cristo; Méjico, prolongación espiritual de la Madre Patria, es, como ella, la “tierra de María Santísima”.

“Y, finalmente, se realizó vuestro deseo. Hace hoy cincuenta años—recuerdan las crónicas—la basílica recién restaurada era un ascua de oro. Decenas de millares de peregrinos abarrotaban sus espaciosas naves y se desparramaban por los alrededores. Casi cuarenta mitras se inclinaban reverentes en el presbiterio. Los vivas, los himnos y las plegarias llegaban al Cielo, y cuando sobre aquella frente angelical resplandeció la áurea corona, en todos los corazones y en todas las bocas acabó de estallar un grito hasta entonces mal contenido: ¡Viva la Virgen de Guadalupe, Emperatriz de América y Reina de Méjico! El espectáculo era tan hermoso, que parecía un dulce sueño. En realidad no era más que el triunfo consciente y sereno de vuestro amor y de vuestra fe. Justísimo homenaje. Porque, ¿quién sería capaz de ignorar lo que aquel pueblo debía a aquella Señora? ¿Quién podía recordar la parte principalísima que Ella había tenido en su vocación a la verdadera Iglesia y su conservación dentro de la práctica y pureza de una fe que había sido como el crisol en que su joven y potente nacionalidad se había fundido?

La Virgen Santísima fue el providencial instrumento elegido por los designios del Padre celestial para dar y presentaros a su precioso Hijo al mundo, para ser Madre y Reina de los Apóstoles, que por todas partes habían de propagar sus doctrinas; para conculcar siempre las herejías, y hasta para intervenir prodigiosamente en todos los tiempos, donde quiera que fuera necesario, para la implantación, la consolidación y defensa de la santa fe católica”.

(Radiomensaje a Méjico, en el 50 aniversario de la coronación de Nuestra Señora de Guadalupe, 12-X-1945.)