Vida universitaria

sin título 1María Félix disfrutó mucho durante sus años universitarios. Los estudios y diversión con sus compañeros, propios de la edad, se unían en ella a una intensa vida espiritual y apostólica. Sus preferidos eran los pobres. En Zaragoza, donde estudió Ciencias Químicas, promovió entre sus amigos el apostolado con los más necesitados y respondió vigorosamente a los ataques contra la fe que recibía de algunos de sus compañeros.

Con las chicas de la escuela, con las familias de aquel barrio y con cuantas pobrecitas podía establecer contacto, gozaba mucho. Se lo daba todo. Mis padres me mandaban dinero para reponer mi ropa, para gastos y libros. Apartaba el importe de la pensión y el de algún libro más necesario y todo lo demás iba a pasar al tesoro de Dios.

Para mayor comodidad, abriéronme mis padres una cuenta corriente, creo que en el Banco de Aragón. Hiciéronme una transferencia, en una ocasión, de bastante dinero para comprarme una serie de trapos y vanidades, porque pensaban ir a pasar las vacaciones de Semana Santa a un pueblo de la provincia de Logroño, invitados por unos amigos, y querían que les acompañase y querían que luciese.

Llegaron mis padres a Zaragoza. Quisieron examinar mis galas y sólo pude mostrarles algún vestido y algún sombrero ajadísimo y los zapatos rotos. También un bolso desvencijado y nada más, porque ni guantes tenía… Se disgustaron mucho. A gran velocidad me encargaron lo necesario y, como vieron que en la cuenta corriente no quedaba ni una peseta, la cerraron y en paz. Fuimos a aquel pueblo, lo pasé muy bien…

En la Universidad también era muy feliz. Mis compañeros de curso eran todos congregantes menos dos, un pobre ateo, cojo de cuerpo y de alma, y un tentado con misantropía. En las clases de prácticas nos lo pasábamos muy bien. Mientras se separaban los líquidos por destilación, o se filtraba un precipitado, o en el crisol fundía un metal, o en operaciones similares, nos juntábamos a charlar los de unas secciones con los de otras…

“Y ¿por qué es pecado comer carne en días de abstinencia y no lo es en los otros? -me lanzaba el ateo en el ruedo que formaban los compañeros-. ¿Por qué un niño pequeño, sin haber hecho nada de bueno, ni meritorio, si muere va al cielo? ¿Por qué…?”, etc.

Lo más vivo, lo que más ensanchaba el círculo en nuestra sección, eran los “embates de Luzbel contra el Arcángel”. Así llamaban mis compañeros a aquel alud de porqués que me arrojaba el inquieto y pobre lisiado.

Pero aquellos laboratorios no sólo presenciaron competiciones apologéticas. Los chicos organizaban partidos de fútbol con corchos y bolas de trapos, y también corridas de toros en las que el toro y el torero eran de la misma especie y por eso se turnaban. Las tres chicas (en toda la Facultad sólo había tres mujeres) siempre presidíamos el partido, o la corrida, sentadas sobre una mesa.

El otro compañero no congregante, el misántropo, siempre quería acompañarme a solas para repetirme por milésima vez sus tentaciones contra la fe, sus angustias religiosas, sus depresiones, etc. Le ayudaba cuanto podía y quería que buscase Director espiritual. Pero pronto el que vino como enfermo quiso ser médico y pretendió curarme de mis “demasías” religiosas. Me leía poesías filosóficas, novelas como El Obispo Leproso de Miró, cantares de Machado, trozos de otros autores que no recuerdo, pero que dejaban pesimismo y amargura en el alma y querían sustituir el rutilante y vivificador sol de la convicción religiosa por la mortecina, vacilante y fría luz del candil astroso del materialismo alimentado por un racionalismo inexistente en sí.

Claro está que esa luz tenía cambiantes como fuego de bengala, ofrecía fuegos como de pirotecnia, y observé que placenteramente atraía mi atención. Algunas cosas eran bellas en la forma; otras tenían una intención aguda y hacían sonreír como una chispa de ingenio. En aquel campo, el pensamiento no profundizaba en la verdad; pirueteaba sobre ella como danzante con patines sobre pista de hielo, grácil, ligero, bello tal vez, pero inconsistente, huero, incapaz de un análisis serio; tan pobre de contenido como los porqués del infeliz ateo. Luché contra la falaz atracción y cerré los oídos a aquel canto de sirena…

Mis compañeros me acompañaban casi a diario a las Esclavas y al dejarme en la puerta me decían: “Prenderemos fuego al convento, para que se acaben las monjas”. “Avisadme -replicaba en el mismo tono- para que entre antes y pueda quemarme en él como víctima por vuestros pecados; porque os quiero a todos, y quiero que Dios os perdone”.