Una vida entregada

Jesucristo herida en el costadoLa experiencia personal de la M. María Félix puede ayudarnos a vivir el Año de la Misericordia convocado por el Papa Francisco. Ella recibió la gracia de experimentar con gran profundidad el misterio del pecado como ofensa personal al Corazón del Señor, y el misterio aún mayor de su infinita misericordia para con el pecador. Ella misma se sentía una gran pecadora, cualquier pequeña imperfección le parecía una inmensa ingratitud: ¡Cuánto he ofendido a Dios y cuánto me ha amado y me ama Dios! Estos dos extremos son el gran misterio de la vida, misterio que me sobrecoge, que me confunde, que me paraliza estática ante su grandeza, que me lanza ardiente a Él, que me ha perdonado y que me ha conquistado con la grandeza de su misericordia. Toda su experiencia vital, recogida en los escritos autobiográficos, resume esta misma idea. Por eso, en el momento de su redacción, el 7 de enero de 1953, escribe:

La antevíspera de Reyes, cogí este cuaderno y otros de apuntes espirituales con propósito de continuar escribiendo estas notas en las que no he puesto las manos desde hace casi un año y medio, a pesar de haber sentido más de una vez algún cosquilleo de remordimiento, porque la obediencia ha de ser pronta y en mí esta de escribir es apática y remolona y la conciencia me acusaba de no ser fiel.

Leí este cuaderno y algo de los otros y me quedé asustada: soy un verdadero monstruo de ingratitud y de iniquidad. Dios es un océano inmenso, infinito, de paciencia y de misericordia. He aquí la gran carrera entre Dios y yo: Él a amarme; yo a ofenderle. Él a perdonarme; yo a abusar de sus gracias. Él a atraerme incesantemente a Sí; yo a separarme constantemente de Él. Él a moverme, a iluminarme, a encenderme con sus inspiraciones, con sus amores; yo a paralizarme, a dormitar en las tinieblas, a , en la red de mis imperfecciones, bajo la losa de mis pecados.

Ésta es la historia. Y sin embargo no quisiera que fuese así. No quiero que sea así. (…)

Del libro de mi vida quisiera arrancar todas aquellas páginas negras de ingratitudes para con Dios, de fealdades, de deformaciones, de pecados; quisiera aun arrancar aquellas grises de inconsciencias, de fragilidades involuntarias. Tan sólo dejaría aquellas que registran la acción de Dios en mí, aquellas que cuentan mi acción bajo la fascinación de Él; las empapadas por las lágrimas de la gratitud y del amor; las divinizadas por mi perderme en Él. Pero ni una sola negra o gris puedo arrancar, y ni una sola luminosa puedo añadir. Y este libro de mi vida pasada y presente, escrito ya en el Cielo y en el fondo de mi conciencia, remueve mis entrañas en la divina presencia y me arranca otras páginas impregnadas de contrición, de confusión, de humildad, de propósitos firmes y decididos de no defraudar los planes de Dios sobre mi alma; impregnadas de aquel amor y gratitud y confianza que rezuman los sentimientos del hijo pródigo y los del publicano y los de todos los grandes pecadores que deben a Jesucristo no una vez, sino millares de veces, su salvación.

El plano espiritual del camino recorrido por mi alma quisiera describirlo todo sin que un solo contraste de luz y de sombra se perdiese para que el Señor fuese muy glorificado por su gran misericordia, por su infinita bondad, por su amor enorme, de dimensiones divinas a nosotros los pobres humanos. (…)

En ese claroscuro de su bondad y de mi iniquidad me gozo, por la gloria que para Él redunda, y quisiera que se gozasen todos; y movida de este deseo quisiera contar todas las misericordias de Él y todas las iniquidades mías; aunque confieso sinceramente que, puesta a contar, la mayor parte de las veces siento o un rubor santo o una torpeza humana al hablar de Él, y un asco y una vergüenza invencible al hablar de mí.