Francesc Mª Manresa i Lamarca

Jesús en el huerto de los olivosEn una intervención en el Sínodo de los jóvenes, monseñor Chaput ha advertido sobre el uso del lenguaje “LGTBI” -el lenguaje de la ideología de género- en los documentos de la Iglesia porque sugiere realidades que no existen y desvirtúa tanto la identidad de las personas como la enseñanza de la Iglesia.

La advertencia es seria y no solamente válida para los documentos de la Iglesia, sino para nuestra propia vida, porque ya no sólo se trata de quienes son los jóvenes sino de predicar a Cristo, porque, añadía el obispo Chaput que “la respuesta (a quienes somos) no se encontrará en las ideologías ni en las ciencias sociales, sino sólo en la persona de Jesucristo, redentor del hombre”. Como también hallaremos en Cristo la fuerza para superar las trampas y adversidades de esta ideología funesta según sus propias palabras: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33)

A menudo nos hace falta que nos recuerden aquello que ya sabemos, que manifestemos en voz alta aquello de lo que estamos convencidos, que oigamos de nuestra propia voz aquello que creemos… porque convencidos lo manifestemos y manifestándolo nos reafirmemos en aquello que es nuestro convencimiento.

La verdadera y primigenia revolución en este mundo es el pecado. No hay revolución mayor que ésa y no hay revolución sin ella. El pecado es una afrenta a Dios por el desorden de las acciones que obra; es un revolcón al orden creado, una sacudida a la misma creación, dentro y fuera de nosotros mismos.

Deberíamos decir: Dios mío, perdónanos porque somos revolucionarios… pero en este mundo ¿quién se uniría a nuestra oración? Se dice de tantas cosas buenas que son revolucionarias que se ha pervertido el mismo concepto: “lo revolucionario es amar”, “San Francisco era un revolucionario”, etc. ¡Ay, el lenguaje! Si san Jaime decía que por la palabra nos ha sido dada la vida (Jm 1, 18), ahora podríamos decir que por la “palabra” estamos siendo apartados de ella. No en vano la normalización de tanta anormalidad se ha hecho y se está haciendo por el lenguaje: libertad, tolerancia, democracia, diversidad, género, identidad… He ahí un vastísimo vocabulario en este mundo inundado de medios, atrapado en redes de palabras y más palabras, cuyo nuevo significado nos ha sido impuesto para inocular esa mentira rebelde intencionada e insidiosamente: ya nada significa lo que es… y por su significado somos señalados.

Tal es la insidia que decía el padre Orlandis que cuando leyesen en el futuro sus artículos, hallarían en ellos contagios naturalistas que a él le pasaron inadvertidos; si fuéramos tan humildes como el padre Orlandis podríamos decir lo mismo de los nuestros y de los males de nuestros días.

Este lenguaje es una manifestación más de esa perversión de la realidad en la que vivimos, de esa rebeldía contra la maravillosa y pertinaz dictadura de lo creado, de lo dado, de lo entregado por un Dios que nos ama hasta enviar a su hijo nada menos que a la muerte, y una muerte de cruz, por nosotros.

Escribió Petit que más que en hacer real lo posible, la política debería hacer posible lo real. Y lo real es el matrimonio entre un hombre y una mujer para toda la vida, lo real es el hijo en el seno de una madre, la donación sin reservas de los esposos, la familia como el lugar único, fundamental y trascendental para la sociedad, el matrimonio como manifestación del amor de Dios… Legislar contra ello es hacer real lo posible, esto es, persistir en negar la realidad, y no hay más que ver esa voluntad humana desatada y arrastrada diabólicamente hacia el abismo más negro de todo lo “posible”: cualquier combinación, perversión o transgresión contra la misma naturaleza es aplaudida, ensalzada y legislada. Hay una obstinación demoníaca en todo ello que se alza contra el mismo Dios en la más maravillosa de sus obras, que somos nosotros mismos. Se libra hoy un combate a muerte, en los cielos… y en las almas de cada uno de nosotros; una guerra pavorosa que nos haría morir de miedo… si no fuera por aquellas palabras de Cristo: “confiad, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

(CRISTIANDAD)