Francisco Elías de Tejada

Sagrado Corazón de Jesús - oreolaDe esta suerte para nosotros hablar de España equivale a hablar de las Españas. Son dos facetas de la misma realidad histórica, dos puntos de mira para definir a un hecho único. Por fidelidad a la exactitud histórica, porque no somos arbitristas del pasado, porque pretendemos ser investigadores de la verdad oculta en el ayer, nuestra concepción de España y de las Españas es sólida, serena y clara; ayunta su unidad en la variedad, con mengua de mezquinas contraposiciones absurdas; recoge el legado de lo que fue, con certezas del presente y posibilidades de futuro; define a nuestras gentes en la unidad que las ató y en la diversidad en que participaron en los mismos ideales unidores.

Y ello es así porque arrancamos del hombre concreto y, de acuerdo con las más novedosas concepciones del pensamiento que tras siglos han venido a reconocer nuestras razones, colocamos el toque de las instituciones políticas en la anchura de las dimensiones históricas. Los teóricos del liberalismo o del absolutismo no podían entender a las Españas en su efectiva verdad de ser unas y varias, dado que obraban con suicida menosprecio de la historia; porque andaban empecinados en la quimera de definir a los pueblos echando mano de criterios físicos, con medidas de etnología o con catalogaciones geográficas de provincias calcadas de los departamentos de la Revolución francesa; porque para ellos era todo la lengua o el albedrío, sin tener en cuenta para nada las herencias de los padres; porque creían que el hombre es un ser abstracto, animal que come y se ayunta con la hembra, el “homo oecomicus” de las falsas teorizaciones revolucionarias.

Nosotros sí somos consecuentes, sí tomamos a la historia por criterio para la política. Por eso nosotros sabemos que lo catalán es una de las maneras de lo español; manera peculiar por lo que posee Cataluña de historia propia, de instituciones libres, de lengua primogénita entre las latinas para los quehaceres del pensamiento, de derecho que expresó por vez primera las fórmulas más excelsas de la libertad humana; manera española porque tantos logros propios fueron armas al servicio de los comunes ideales de las Españas, fueron decires católicos en polémicas de misión luliana contra el paganismo o la herejía, fueron naves imperiales españolas capaces de sellar con cuatro barras a los peces del mar latino; fueron capitanías de Luis de Requeséns en Flandes y tambores sonando a somatén en las escabrosidades del Bruch; fueron sensateces del “!seny” de Jaime Balmes en medio de la descalabrada Europa decimonónica y fueron tristeza de Narciso Feliú de la Peña y Farell en las horas amargas de la implantación del absolutismo dieciochesco. No cabe hablar, hermanos míos, de contradicción entre lo catalán y lo español sin incurrir en pecados de blasfemia contra las certezas de la historia. Cataluña es española precisamente por lo que de catalana tiene; por su idioma, por sus leyes, por sus instituciones, por el estilo catalán de la existencia. Tanto reniegan de la historia los liberales y absolutistas empeñados en desconocer la personalidad de Cataluña, como los falsificadores nuevos que pretenden ver en Cataluña algo que no sea español. ¡Como si la historia catalana, tan rica, tan eficaz en sus sistemas, tan acabada de perfecciones doctrinales, no fuera la más granada temática de fórmulas políticas, entre tantas fórmulas políticas cuantas enriquecen la total Tradición de las Españas!

(VERBO)